Santiago mayo 2018

45 tell. cl ¿Qué buscabas? Buscaba energía en la voz. Claramente pare- ce que elegí a alguien con demasiada ener- gía, dice mirando a Pedro con una sonrisa. Pedro tiene un año y está aprendiendo a ca- minar. Se para, da un par de pasos, se cae, se vuelve a parar. Se da vueltas para recoger un juguete. Se sienta. Coge un libro, mira sus dibujos, balbucea. Camina. Y me sonríe con un par de dientes diminutos. A su hermana mayor le mandó todas las fi- chas. “Estos son mis preseleccionados, ayú- dame a descartar”, le dijo. En el proceso de selección, eliminó a todos los que tuvieran antecedentes de cáncer en sus familias, esquizofrenias y depresión. También a quienes sufrieran de problemas de espalda. Durante un año, Bernardita intentó ser mamá. Tuvo cuatro inseminaciones artificiales y dos fer- tilizaciones in vitro y ninguna resultó. “En cada in vitro me implantaron dos embriones, porque mi sueño era tener mellizos para que se acompaña- ran, porque no lo voy a intentar de nuevo. No me da el presupuesto ni la emocionalidad como para pasar por todo el proceso nuevamente”. ¿De cuánto estamos hablando? Entre seis y ocho millones. LA ODISEA DE SER MADRE “Fue inevitable que me preguntara qué había de malo en mí, por qué no podía concebir un hijo. Pero nadie podía contestarme, porque aunque los tratamientos no habían sido exito- sos, mi útero estaba sano, mis ovarios y óvu- los eran normales, tampoco había problema con mi endometrio. Ahí tú te das cuenta de que, en general, la probabilidad de quedar embarazada es baja”. ¿Influye la edad? Más que nada por la calidad y cantidad de óvulos, que después de los treinta y cinco años disminuye. Después del año, Bernardita llegó a una nueva encrucijada. Seguir intentando o no. “Me tomé un descanso. Me fui de viaje a Cuba con una amiga a recuperar energía, a recargarme. Las in vitro son heavy , el bombardeo hormonal es ató- mico. Es un proceso muy agotador. Me acuerdo que tenía que tomar cantidades industriales de progesterona para que el embrión se afirmara. Y cuando no funciona sientes que perdiste una guagüita, porque ese embrión no fue capaz de implantarse en el útero. La sensación es muy fuerte. Hay una gran emocionalidad detrás”. En la segunda etapa, Bernardita pasó por dos inseminaciones y cuatro in vitro . Pero esta vez cambió al donante. “Después que me hice la tercera in vitro y no resultó estaba hecha pebre. Era marzo del 2016. Me quedaban dos embrio- nes y yo ya había decidido dejarlo hasta acá. Había decidido que no iba a pasar nuevamen- te por el proceso, porque ya llevaba dos años intentando ser mamá. En mayo se casaba mi sobrino mayor en Estados Unidos, a quien ado- ro, y le pregunté a mi doctor ¿qué hago?, ¿lo in- tentamos de nuevo o me voy de viaje? Ándate tranquila, me dijo, aprovecha tus vacaciones y recarga energías, sobre todo porque este va a ser tu último intento. Viaje y familia van a contri- buir a que estés en la mejor condición”. A la vuelta, Bernardita hizo el último intento. CATORCE DÍAS Ese es el tiempo de espera para saber si uno está esperando guagua. “A los catorce días, des- pués de que te implantan el embrión, te hacen un examen de sangre que mide los niveles de la gonadotropina coriónica, una hormona cuyos niveles permiten la confirmación del embarazo”. Fue una espera larga. Tensa. “Cuando supe que estaba embarazada no lo podía creer. Por suerte tuve un embarazo súper piola”. ¿No es tema decir que recurriste a un banco de esperma? Siempre dije y siempre he dicho que soy mamá soltera y que es por donante. Nunca me ha importado mucho lo que opine la gen- te, pero siempre tuve susto de que Pedro se

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