santiago marzo 2018

32 tell. cl Lo primero que se le ocurrió fue terminar con el ambiente gris. Así que empezó a imprimir mandalas y a pedirles a sus cercanos que le regalaran lápices de colores. Y se pusieron a pintar. Gracias a su personalidad, que ella misma define como avasalladora e intensa, comenzó a conocer a los ancianos y a invitarlos a pintar. Su propio hijo les enseñó acerca de los co- lores y patrones. “Algunos me decían ‘es que yo no pinto’ y yo les decía ‘no importa, dime qué colores uso y yo pinto por ti…’. Nunca quise relacionarme con ellos desde la lástima”, recuerda. Cuando ya llevaban miles de mandalas pintados y todas las paredes del lugar ocupadas, Maite tuvo que replantearse todo. Mal que mal, sabía que pintar no iba a cambiar su vida y, mucho menos, la de esos viejitos. Hasta que un día, bajando por General Velásquez, se dio cuenta de que en la calle había mucha basura. Basura desechada igual que sus viejos. Y en medio de esa basura, tablas, trozos de madera, puertas… decidió desafiarlos y desafiarse. ¿Cómo llegaste a la fabricación de tablas para la cocina? No sabía nada de carpintería, pero una amiga me pasó un libro de cocina y me di cuenta de que todos los platos estaban preparados un diario y vi una foto de Pablo. Me acerqué a mirar y vi que el título decía “No calles”… era una columna y la leí. Quedé helada, el mensaje eramuy potente porque decía que al Hogar de Cristo no le cabíanmásmuertos y que a Chile no le cabía más indiferencia. Se notaba desesperado. Sólo atiné a llamarlo y preguntarle qué podía hacer… a lo mejor pensé que iba a pedir que juntara frazadas, pero no; me pidió que lo ayudara a sacar gente de la calle. Y partí para allá”. Hasta hoy Maite recuerda ese trayecto, que hizo junto a su hijo de cinco años. Obviamente no era la primera vez que iba a esa zona, pero por primera vez se dio cuenta de que todo era gris, que ya no había árboles ni plazas. Al llegar se encontró con muchos ancianos que realmente daban miedo: uno sin ojos, otros sin una pierna, todos con la mirada perdida, sin querer verse y observando a este niño que, recién llegado, les ofrecía dulces y les preguntaba el porqué de sus “sin”. Pero también se fascinó con sus respuestas, con la in- teracción lúdica y las explicaciones que inventaban para satisfacer la curiosidad. Y simplemente se enamoró de ellos. ¿Había alguna cercanía tuya con la tercera edad antes de ese día? Todo lo contrario, les tenía terror. De hecho, la pri- mera vez que hablé con Pablo le pedí que no me hiciera trabajar con viejos, porque se morían y yo era demasiado sensible como para enfrentarme a eso. Perome enamoré apenas los vi y del desa- fío que implicaba saber que muchos de ellos se iban a morir muy pronto y que no podían irse así, en medio de la nada, sin sonreír… Les tenía terror a los viejos. De hecho, pedí que no me hiciera trabajar con viejos, porque se morían y yo era demasiado sensible como para enfrentarme a eso. Pero me enamoré apenas los vi y del desafío que implicaba saber que muchos de ellos se iban a morir muy pronto y que no podían irse así, en medio de la nada, sin sonreír…”.

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