santiago marzo 2018

33 tell. cl sobre madera muy rústica. Como no tenía plata llevé un par de lijas y empezamos a tra- bajar. Cuando teníamos tres tablas las llevé donde una amiga que tenía una tienda y las vendió en veinte lucas. Y las primeras tres ta- blas se transformaron en tres lijas eléctricas, las siguientes en una caladora y después en un taladro. En un minuto nos vimos con dos millones de pesos, quince viejos trabajando, un voluntario y un espacio en el hogar. Empe- zó a oler a transformación por todos lados y, además de las maderas de la calle, comenza- mos a robarnos a los viejos desechados de la calle. Ellos empezaron a entrar y a cambiar el trago por esto. En ese momento quise co- nocer más de ellos, ya no me servían sus apo- dos, necesitaba sus nombres y apellidos. Ya no era “el correcaminos”, era Francisco Pare- des, y me conseguí delantales para bordarles sus nombres completos. Una forma de darles identidad… Más que identidad, fue vestirlos con dignidad, con su propia historia. Permitir que se reconocie- ran entre ellos y se creara un vínculo, pero tam- bién permitirme a mí robar sus historias, acercar- me a ellos. SU PROPIO CAMBIO “Le debo una disculpa a mi familia. Porque esta era una cosa mía, pero al final arranqué, como un parche curita, todo lo que ataba y me empecé a desprender hasta sentirme lo más liviana posible: cambié a los niños de colegio, me fui de Vitacura a Peñalolén, me deshice de los psicopedagogos y de los happy hour , de los apellidos y de las historias del tipo ‘¿en qué colegio estuviste?’. Y los arrastré a todos en ese cambio”, dice. Un giro tremendo… Sí, porque en el fondo el modelo tradicional siem- pre va a ser más cómodo. Pero yo cambié ir a la playa por ir a la Vega… aunque tampoco quiero parecer Benito Baranda, porque sigo viviendo en un buen barrio, mis niños siguen yendo a un buen colegio y tengo las seguridades necesarias. Pero vivo el día a día. ¿Sientes que todo te pasó de un minuto a otro? O sea, llevo cinco años en esto, pero nunca me he sentado a pensar cuál va a ser el próximo proyecto. Se me aparecen en el camino y los tomo porque ando muy despierta y atenta a las señales de la vida. Trabajar con viejos tiene un tinte fascinante, que se relaciona con la urgen- cia; de aquí a una semana este viejo puede no Además de las maderas de la calle, comenzamos a robarnos a los viejos desechados de la calle. Ellos empezaron a entrar y a cambiar el trago por esto. En ese momento quise conocer más de ellos, ya no me servían sus apodos, necesitaba sus nombres y apellidos. Ya no era “el correcaminos”, era Francisco Paredes, y me conseguí delantales para bordarles sus nombres”. estar. Y en esa misma semana lo voy a endere- zar, voy a lograr que reconquiste sus vínculos y robarle un poco de sus historias. ¿Cómo vives el que ellos se enfermen y se mue- ran? Para eso me dibujé una figura que yo llamo el Epitafio. Mucha gente llega a ser solidario a través de la tragedia, de ver a un señor sin dientes o a un niño con cara de pena. Pero a mí eso no me interesa: mi invitación es la resurrección, a volver a estar vivo. No es que no me interesen sus tragedias, pero más me importa mostrarle al mundo cómo él quiere trascender después de su muerte inminente. Y para eso me robo su historia, pero la histo- ria que él quiere poner en su epitafio, como él quiere ser recordado. Me imagino que hay viejos mucho más difíciles de roer. Sí, pero yo los invito a conquistarse y lo hago de forma divertida, les converso, les invento payas. Máximo, por ejemplo, que murió hace algunas semanas, era cargador de La Vega… pero él quería que la gente lo recordara como cantante. Cantaba fuerte para que todos creyéramos que había sido cantante. Y eso es lo que yo puse en su epitafio.

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