Santiago Febrero 2018
mis logros. Es full apañador, si hay un fin de semana que me toca trabajar él entiende. Soy “un poco” trabajólica (ríe), por eso también me pone freno y esome ayuda. Me gusta saber su opinión, porque él es crítico. Nome dice que todo lo que hago está bien (ríe) y uso parte de su experiencia para aprender, pues es enólogo de Viña Alcohuaz. ALTA GAMA Cuando Viviana habla de Leyda le brillan los ojos y esa pasión la transmite en cómo nos va contando la historia de sus inicios. “Lo bonito del proyecto es que esta viña es pionera en el Valle de Leyda. Hace veinte años aquí no había vinicultura, porque no existía suficiente agua lluvia, pero sí muy buen suelo. Entonces los dueños, con ayuda del gobierno y algunos privados, hicieron una inversión millonaria para sacar agua del río Maipo, el cual bordea el terreno”. ¿Cuál fue la apuesta? Hacer distintos tipos de vino, ya que en Chile lo que más hay es Cabernet Sauvignon y Carmenere. La imagen que tienen de nosotros en el mundo es ser un productor de tintos y Leyda apunta a los vinos más frescos, de costa, donde el foco es el Sauvignon Blanc y el Pinot Noir. Tenemos veintiún vinos que incluyen Chardonnay, Sauvignon Gris (sólo cinco viñas lo hacen en Chile), Riesling, Syrah, entre otros, pero de reserva hacia arriba, pues son de alta gama. tuvo miedo a nada. Me encanta Rafael Urrejola, de la Viña Undurraga, talentoso y con un espíritu generoso y humano. Rodrigo Soto, de Veramon- te, también es un súper enólogo y me gusta mucho el trabajo de Felipe Müller, de Tabalí. A TODO TERRENO Desde que Viviana se hizo cargo de Viña Leyda no ha parado… sus días los reparte entre ven- dimias, la bodega, viajes por Chile y al extranje- ro, promoviendo la marca, recibiendo clientes o negociando con nuevos importadores. Pero aun así se hace el tiempo para la vida familiar. Tiene tres hijos: Jose Domingo (8), Isidora (6) y Emilia (3), y está casada con el también enólo- go Fernando Vargas, a quien conoció en su misma carrera. ¿Cómo compatibilizas tu labor con la familia? Es harto sacrificio. Antes vivía en Santiago, en Los Trapenses, y me tocaba manejar casi cuatro horas todos los días. Trataba de ser la mamá perfecta y la enóloga perfecta, pero me estaba volviendo loca. En época de vendimia son, prác- ticamente, tres meses y medio donde me borro, trabajando de lunes a lunes, y es un costo fami- liar que se paga. Llegaba a las once de la noche a la casa, mis niños estaban durmiendo y no tenía idea de lo que les pasaba en el colegio, por eso me cambié de casa y hoy, por suerte, la bodega me queda a sólo veinte minutos. ¿Tus hijos están interiorizados? Son mis mayores promotores (ríe) y la Isidora ya dice que quiere ser enóloga. Cuando eran más chicos, y se podía, los llevaba a la bodega y cono- cieron todo el proceso del vino. Inconsciente- mente les fui traspasando mi pasión. Hoy corren por los pasillos del supermercado gritando emo- cionados cuando ven un vino Leyda en vez de ir a los chocolates. ¿Tu marido cómo te apoya? ¿Qué dice de tus logros? A él le encanta mi trabajo y se siente orgulloso de
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