Norte junio 2018
33 tell. cl servían sus apodos, necesitaba sus nombres y apellidos. Ya no era “el correcaminos”, era Francisco Paredes, y me conseguí delantales para bordarles sus nombres completos. Una forma de darles identidad… Más que identidad, fue vestirlos con dignidad, con su propia historia. Per- mitir que se reconocieran entre ellos y se creara un vínculo, pero también permitirme a mí robar sus historias, acercarme a ellos. SU PROPIO CAMBIO “Le debo una disculpa a mi familia. Porque esta era una cosa mía, pero al final arranqué, como un parche curita, todo lo que ataba y me empecé a desprender hasta sentirme lo más liviana posible: cambié a los niños de colegio, me fui de Vitacura a Peñalolén, me deshice de los psicopedagogos y de los happy hour , de los apellidos y de las historias del tipo ‘¿en qué colegio estuviste?’. Y los arrastré a todos en ese cambio”, dice. Un giro tremendo… Sí, porque en el fondo el modelo tradicional siempre va a ser más cómodo. Pero yo cambié ir a la playa por ir a la Vega… aunque tampoco quiero pa- recer Benito Baranda, porque sigo viviendo en un buen barrio, mis niños siguen yendo a un buen colegio y tengo las seguridades necesarias. Pero vivo el día a día. ¿Sientes que todo te pasó de un minuto a otro? O sea, llevo cinco años en esto, pero nunca me he sentado a pensar cuál va a ser el próximo proyecto. Se me aparecen en el camino y los tomo porque ando muy despierta y atenta a las señales de la vida. Tra- bajar con viejos tiene un tinte fascinante, que se relaciona con la urgen- cia; de aquí a una semana este viejo puede no estar. Y en esa misma semana lo voy a enderezar, voy a lograr que reconquiste sus vínculos y robarle un poco de sus historias. ¿Cómo vives el que ellos se enfermen y se mueran? Para eso me dibujé una figura que yo llamo el Epitafio. Mucha gente llega a ser solidario a través de la tragedia, de ver a un señor sin dien- tes o a un niño con cara de pena. Pero a mí eso no me interesa: mi invitación es la resurrección, a volver a estar vivo. No es que no me in- teresen sus tragedias, pero más me importa mostrarle al mundo cómo él quiere trascender después de su muerte inminente. Y para eso me robo su historia, pero la historia que él quiere poner en su epitafio, como él quiere ser recordado. Me imagino que hay viejos mucho más difíciles de roer. Sí, pero yo los invito a conquistarse y lo hago de forma divertida, les con- verso, les invento payas. Máximo, por ejemplo, que murió hace algunas se- manas, era cargador de La Vega… pero él quería que la gente lo recordara como cantante. Cantaba fuerte para que todos creyéramos que había sido cantante. Y eso es lo que yo puse en su epitafio.
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