Norte junio 2018

34 tell. cl Maite tuvo que replantearse todo. Mal que mal, sabía que pintar no iba a cambiar su vida y, mucho menos, la de esos viejitos. Hasta que un día, bajando por General Velásquez, se dio cuenta de que en la calle había mucha basura. Basura desechada igual que sus viejos. Y en medio de esa basura, tablas, trozos de madera, puertas… decidió desafiarlos y desafiarse. ¿Cómo llegaste a la fabricación de tablas para la cocina? No sabía nada de carpintería, pero una amiga me pasó un libro de co- cina y me di cuenta de que todos los platos estaban preparados sobre madera muy rústica. Como no tenía plata llevé un par de lijas y em- pezamos a trabajar. Cuando teníamos tres tablas las llevé donde una amiga que tenía una tienda y las vendió en veinte lucas. Y las primeras tres tablas se transformaron en tres lijas eléctricas, las siguientes en una caladora y después en un taladro. En un minuto nos vimos con dos millones de pesos, quince viejos trabajando, un voluntario y un espacio en el hogar. Empezó a oler a transformación por todos lados y, además de las maderas de la calle, comenzamos a robarnos a los viejos desechados de la calle. Ellos empezaron a entrar y a cambiar el trago por esto. En ese momento quise conocer más de ellos, ya no me que realmente daban miedo: uno sin ojos, otros sin una pierna, todos con la mirada perdida, sin querer verse y observando a este niño que, recién llegado, les ofrecía dulces y les preguntaba el porqué de sus “sin”. Pero también se fascinó con sus respuestas, con la in- teracción lúdica y las explicaciones que inventaban para satisfacer la curiosidad. Y simplemente se enamoró de ellos. ¿Había alguna cercanía tuya con la tercera edad antes de ese día? Todo lo contrario, les tenía terror. De hecho, la pri- mera vez que hablé con Pablo le pedí que no me hiciera trabajar con viejos, porque se morían y yo era demasiado sensible como para enfrentarme a eso. Perome enamoré apenas los vi y del desa- fío que implicaba saber que muchos de ellos se iban a morir muy pronto y que no podían irse así, en medio de la nada, sin sonreír… Lo primero que se le ocurrió fue terminar con el ambiente gris. Así que empezó a imprimir manda- las y a pedirles a sus cercanos que le regalaran lápices de colores. Y se pusieron a pintar. Gracias a su personalidad, que ella misma define como avasalladora e intensa, comenzó a conocer a los ancianos y a invitarlos a pintar. Su propio hijo les enseñó acerca de los colores y patrones. “Algu- nos me decían ‘es que yo no pinto’ y yo les decía ‘no importa, dime qué colores uso y yo pinto por ti…’. Nunca quise relacionarme con ellos desde la lástima”, recuerda. Cuando ya llevaban miles de mandalas pinta- dos y todas las paredes del lugar ocupadas, Les tenía terror a los viejos. De hecho, pedí que no me hiciera trabajar con viejos, porque se morían y yo era demasiado sensible como para enfrentarme a eso. Pero me enamoré apenas los vi y del desafío que implicaba saber que muchos de ellos se iban a morir muy pronto y que no podían irse así, en medio de la nada, sin sonreír…”.

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