Norte junio 2018

Maite Zubia creadora de Fundación Expreso 33 tell. cl “ Máximo Lobos, cargador de oficio. Can- tante, amigo y nuestro inigualable “besa- dor”. Hombre dulce, risueño, alegre y tra- bajador. Donde hay una sonrisa, ahí está Máximo. Le fascina estar vivo y sólo con la mirada, regala vida al trabajar. Hombre de poco hablar y de mucho coquetear. Don Máximo es luz y vida en Expreso. Cada una de sus tablas es una pieza única de incalculable valor. ¡Gracias Máximo, gracias por estar!”. Maite llega y nos entrega una pequeña tarjeta con esta reseña y la foto de un dulce viejito con gorro de lana. Máximo era uno de los viejitos de Expreso. Máximo murió hace un par de sema- nas. Máximo representa el día a día de esta insti- tución y de su fundadora. Ella no lo llora. Se emociona, pero desde la ale- gría. Y en sus ojos se nota la satisfacción por la labor cumplida: Máximo, como tantos otros, mu- rió con la sensación de que sus últimos años en la tierra valieron la pena. No se fue en la calle, en medio de la noche y enrollado en alguna esquina, inconsciente por el alcohol. Y eso es justamente lo que ella quería. Pero esta paz no siempre estuvo instalada en su vida. De hecho, hasta hace cinco años, Mai- te Zubia tenía una vida completamente distinta. Risueña, dispersa, divertida. Su libertad resulta inspiradora, tal como la pasión que pone en el trabajo diario con sus “viejos”, a quienes se dedica en cuerpo y alma y por quienes cambió radicalmente su estilo de vida: hoy necesita mucho menos y decidió vivir de manera más consciente, aunque para lograrlo haya tenido que arrastrar a toda su familia. Por Mónica Stipicic H. / Fotos: Andrea Barceló y gentileza Maite Zubia “SUS” viejos Por “Tenía una vida tranquila, como la de cualquier persona. Tres hijos, marido, pega, venía llegando de vivir en Estados Unidos donde mi marido hizo un doctorado. Una vida con muchas oportunida- des que me permitió abrir una microempresa de chocolates y trabajar desde mi casa, cuidando a mis hijos”, recuerda. Todo cambió gracias a Pablo Walker, capellán del Ho- gar de Cristo y el sacerdote que la había casado y bau- tizado a sus hijos. “Yo no leo nada, ni las instrucciones para preparar tallarines, pero ese día el computador estaba abierto en la página de un diario y vi una foto de Pablo. Me acerqué a mirar y vi que el título decía “No calles”… era una columna y la leí. Quedé helada, el mensaje era muy potente porque decía que al Ho- gar de Cristo no le cabían más muertos y que a Chile no le cabía más indiferencia. Se notaba desesperado. Sólo atiné a llamarlo y preguntarle qué podía hacer… a lo mejor pensé que iba a pedir que juntara frazadas, pero no; me pidió que lo ayudara a sacar gente de la calle. Y partí para allá”. Hasta hoy Maite recuerda ese trayecto, que hizo junto a su hijo de cinco años. Obviamente no era la primera vez que iba a esa zona, pero por primera vez se dio cuenta de que todo era gris, que ya no había árboles ni plazas. Al llegar se encontró con muchos ancianos

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