Viña Octubre 2017
64 tell. cl ridades, intendentes, empresarios, senadores, ministros, etc. —de ambos espectros políticos— que me llamaban “el hombre más influyente de Valparaíso” y cosas parecidas. Suena bonito, pero terminé totalmente agobiado. No tenía una gota de energía para la poesía. Sin saberlo había creado un mito sobre mi persona y el peso de ese mito me estaba sofocando. ¿Qué hiciste entonces? En esa época mi papá estaba muriendo y llegué a la conclusión de que tenía que enterrar el mito del “gringo de Valparaíso” para que otro Todd Te- mkin renaciera. Así, dejé de escribir en el diario. Empecé a bajar el perfil de la fundación. En la ca- lle me preguntaban “¿Qué te pasa Todd?” Pero yo sabía lo que estaba haciendo. Me inspiraba la leyenda de George Washington. He walked away from power . Cedió voluntariamente su poder para que otros liderazgos pudieran surgir. Así pasaron varios años, pero Todd sentía un vacío que no lo dejaba tranquilo y de repente le dijo a su esposa Pilar, a quien conoció en el Ins- tituto Chileno Norteamericano de Santiago: “Voy a cumplir cincuenta años y tengo claro lo que quiero regalarme: un pedacito de la Patagonia donde pueda escuchar el sonido de un río salva- je, donde pueda perderme en un bosque de coi- hues. Pilar no dudó y lo apoyó de inmediato. Este pequeño campo, el cual compraron hace un año, se ha vuelto gran obsesión en estos días, a tal nivel que dice que muchos amigos ya no lo soportan. “Cuando me paran en la calle para preguntarme cuándo voy a volver a ‘figurar’, les contesto: estoy feliz con mis abejas, mis cerezos y mis alpacas”. Pero las abejas no están allí al azar, pues Todd, justamente, las escogió porque le recuerdan tres de los días más inolvidables de su vida. Una lloviznosa mañana del año 2000 llegó a la ca- sona patrimonial que tenían el recordado Dou- glas Tompkins y su esposa Kris en Puerto Montt. Recorrieron el Parque Pumalín, salieron a pie y a caballo; conversaron de la vida y la poesía; re- visaron distintos proyectos, desde reforestación Sigo con el deseo de cambiar el mundo, pero desde una perspectiva más mística, más sutil. Mi enfoque hoy es el slow-life. A no confundir la comodidad con la felicidad. Siento que mi etapa de ‘personaje público’ se acabó”. A sus cincuenta y tres años, ha vivido veinticuatro en Valparaíso, su país adoptivo, y cree que no sería la persona que es sin haber llegado aquí. Le apasiona viajar, caminar, leer, escribir y tocar un poco de jazz y blues en su guitarra. “La imagen del hombre extrovertido que el mundo tiene de mí es un bluf. Soy ermitaño, poco asiduo a los asados, feliz con mis libros y con mi familia”. ¿Cómo compararías al Todd que llegó a Chile en los noventa y el que eres hoy? Cuando llegué era un poeta narciso y mesiánico. Quería cambiar el mundo. En el camino me enamoré, me casé, tuve hijos. Perdí a mi padre. Todo eso te cambia. Te hace más humilde frente al universo. Sigo con el deseo de cambiar el mundo, pero desde una perspectiva más mística, más sutil. Mi enfoque hoy es el slow-life. A no confundir la comodidad con la felicidad. Siento que mi etapa de “personaje público” se acabó, gracias a Dios. ¿Sientes que cumpliste esos primeros sueños y expectativas? Mi vida ha superado mis expectativas. No obstante, siento la responsabili- dad de seguir soñando. De escribir poemas nuevos. De agregar belleza al mundo. Recuerdo los años cuando escribía todos los domingos para el dia- rio El Mercurio de Valparaíso. Los porteños me paraban en las calles, los cafés y los ascensores. Si jugaba golf en Granadilla, la gente cruzaba de un hoyo al otro para conversar y opinar. Era loco. De repente aparecían auto-
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