TELL MAGAZINE SEPTIEMBRE 2022

35 tell. cl síndrome de abstinencia. Cuando me mostraron una foto suya sentí que Dios me decía: “Pancha, si quieres ayudar es ahora, este niño te necesita”. No hubo mucho tiempo de preparación. “Nos avisaron un lunes y llegó ese viernes a la casa. Tenemos un video de cuando lo fuimos a conocer. Estaba solo en su cunita tomándose su “papa”. Me acerqué, le saqué el chupete y me sonrió. Sentí que lo quise altiro”, relata. A partir de ese día, nunca más se tomó su mamadera solo; seis pares de brazos dispuestos fueron más que suficiente. “Vivir con Maxito fue una experiencia maravillosa, lo amamos todos. Pasó a ser nuestro quinto hijo. Cuando ya tenía unos ocho meses nos repartíamos las tardes de la semana para cuidarlo y estar con él”. Franciscamemuestra su celular. Tiene guardadas cientos de fotos de Max. Su primera ida a la playa, a las dunas, al campo. Su primera comida, sus primeros pasos, su primer cumpleaños. “Era un niñito tremendamente feliz”. Vivió con ellos durante un año siete meses, mientras arreglaban los papeles para la adopción con otra familia. “El tiempo que estuvo con nosotros fue lo máximo y nos marcó para siempre. Fue un regalo y un aprendizaje inmenso. Nos unimos mucho como familia”. Pero todo tiene una fecha de término y llegó la hora de dejarlo partir. “Ese día escribiste algo precioso, María Jesús”, le dicen a la hija mayor del matrimonio. María Jesús lo busca en Instagram y lee: “El dolor más fuerte. El acto de amor más grande. Mi niño de la risa más contagiosa, la mirada más linda, el cuello más comestible, el olor más rico, los ojitos más brillantes. Con él las mañanas mejor despertadas, el desayuno mejor compartido, el almuerzo más reído, el paseo mejor acompañado. El más regalón y gozador, el que nos deja los recuerdos más lindos, las enseñanzas más grandes, los abrazos más inolvidables y las ganas de retroceder el tiempo más fuertes”. Pasa un ángel, el silencio toma palco. Los momentos vividos siguen ahí. Francisca levanta el antebrazo. Tiene grabada la letra “M” en cursiva. Jaime hace lo propio, mostrando un tatuaje idéntico en el suyo. Y María Jesús, y Francisca y Daniela y Nicolás. La “M” impoluta, rotunda, casi como un recordatorio, está dibujada en sus brazos. “Fue como un rito familiar”, dice Francisca. “Un proceso sanador”, explica Daniela. “Una suerte de cierre”, comentan todos, “como una despedida”. “Nos tatuamos”, cuenta Francisca con voz queda. “Le encontré un sentido muy lindo, porque, aunque no esté físicamente, lo llevamos en el corazón, es parte de nosotros. Me encantaría que supiera que una familia entera se tatuó su nombre por amor a él”. Está comprobada la trascendencia del apego durante los primeros años de vida, por eso la tremenda importancia que tiene una familia de acogida, para evitar o reducir el paso por una residencia del SENAME y así proteger los derechos de los más pequeños”.

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