Santiago Octubre 2017
37 tell. cl LA SOLEDAD DEL PODER Cuando terminó su ciclo como profesora, Alejandra decidió aceptar el ofrecimiento de su padre y trabajar en la empresa familiar. Era un rubro completamente nuevo, el de las telas y la moda, pero quiso aprender. Al mes de instalarse, la multinacional francesa Lainiere de Picardie compró la compañía y, sin darse cuenta, quedó instalada como gerente comercial y al poco tiempo a cargo de la gerencia general. Ahí estuvo durante diez años. A esas alturas, ya se había casado con un músico y tenía tres hijos. En eso estaba cuando se vinculó a una organización, Desafío Humanidad, cuyo objetivo era acompañar en la soledad del mando a los altos ejecutivos de las empresas, y que se transformaría en la primera piedra de la Comunidad de Organizaciones Solidarias. “Ellos organizan una actividad que se llama Encuentros en lo Alto, donde reúnen a estas personas con líderes sociales. En el primero de esos encuentros conocí a la hermana Karoline Mayer, fundadora de Cristo Vive. Una monja revolucionaria, de esas que a mí me habría gustado ser… y ella se transformó en alguien relevante en mi vida; con ella recordé un Chile que había olvidado, porque vivimos en una ciudad que está hecha para olvidar. Cuando terminó el encuentro la fui a dejar a su casa, en una población en El Salto, y me encontré con una pobreza que era aún más dura que cuando yo era niña, porque hoy está al medio de todo la droga. Y la violencia”. De inmediato se ofreció para ser voluntaria de esa fundación. El fin de semana siguiente partió; lo único que tenía claro era que no quería trabajar con niños con dispacidad intelectual. Todo lo demás le gustaba. Por supuesto que apenas llegó al lugar, fueron precisamente esos niños los que corrieron a abrazarla y la reconectaron con su lado más humano. Estuvo los siguientes tres años haciendo voluntariado en ese espacio. Ya estaba separada. Y en ese lugar conoció a Gustavo, su actual marido, quien lideraba el área de formación. “Volví a ser yo, dejé un poco de lado ese mundo en que siempre había que verse y vestirse top , en que dejarse las canas no habría sido una opción. Hasta que, el 2007, me llamó Pedro Arellano para contarme que se estaba armando la Comunidad de Organizaciones Solidarias y que yo era la persona para liderarla. Me preguntó si estaba dispuesta a dejar la empresa por esto… y yo le dije que sí, que obvio que sí. Pero primero tenía que hablar con mis hijos y sacar cuentas…”. ¿Y cómo te fue con eso? Mis cabros eran adolescentes y me acuerdo que mi hijo mayor me preguntó si ibamos a poder mantener nuestro estilo de vida… jajajaja… él, que hoy es hippie y vive en Alemania… pero se atrevió a manifestar sus aprehensiones. Después de asegurarles que no les iba a faltar nada, me senté e hice todos los cálculos. Me di cuenta de que ganaba un cuarenta por ciento más de lo que necesitaba, así que llamé a Pedro y le dije que estaba dispuesta a hacerlo por esa plata mientras mis hijos estuvieran estudiando. Hoy ya no lo están, así que ahora gano harto menos que en ese momento. ¿Cuál fue la reacción en tu empresa? Cuando le dije a mi jefe francés que me quería ir, me dijo: “mire, déjese de estupideces, váyase un año, yo le voy a guardar parte de su sueldo. Tómese un sabático, haga eso que quiere hacer...”. Así que salí para volver, igual que cuando dejé la vida religiosa… me cuesta salir rompiéndolo todo, aunque siempre supe que era sin vuelta. TODOS JUNTOS ¿Por qué es necesaria una comunidad de organizaciones? El Chile de hoy no tiene nada que ver con el de los noventa. Fuimos los primeros en superar la desnutrición en América Latina y el primer país en eliminar niveles extremos de pobreza. El problema es que ese desarrollo no llegó a todos por igual y tenemos un modelo de sociedad basado en la competencia y el individualismo: si usted estudia y trabaja, le va a ir bien. Y educamos desde ahí, desde la competencia. Y eso genera pobreza y exclusión, porque no todos son capaces de subirse a este modelo ni competir en igualdad de condiciones. El tema es que yo como fundación empiezo a competir con otras fundaciones. Compito por los donantes, por la figuración pública, porque me recuerden a mí en lugar de al otro… entonces de qué superación de la pobreza me hablas. ¿Cómo evitas la competencia al estar todos juntos? Tal como lo haces en una familia… en una familia no compites, sino que te ocupas de las cosas, te cuidas y entregas lo que cada uno necesita. Acá dejan de ser competencia y pasan a ser En una familia no compites, sino que te ocupas de las cosas, te cuidas y entregas lo que cada uno necesita. Acá dejan de ser competencia y pasan a ser hermanos, que trabajan en lo mismo que yo. Logramos que el director de la Fundación Las Rosas converse con el de Conapram, que ambos compartan sus dificultades y aprendizajes, lo bien y mal hecho, los dolores y las desesperanzas”.
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