Santiago Octubre 2017
36 tell. cl colegio laico donde este ramo era optativo. “Me tocó Cuarto Medio y las clases eran los viernes a las doce… y los que no las tomaban podían irse a la casa… o sea, imagínate la competencia que tenía. Fue un ejercicio de venta extraordinario. Para la primera clase había seis alumnos, de ciento cincuenta. Cuando les pregunté por qué estaban ahí me dijeron “queremos algo más”. Y desde ahí empecé; nunca hice clases de religión, sino de propósito, de vida con sentido”, explica. Al poco tiempo, llegó a tener sesenta alumnos. Recuerda con nostalgia que no cabían en la sala y se sentaban en las ventanas. Después de seis años en ese lugar pasó al Redland y después a Las Usurlinas. En paralelo comenzó a estudiar Teología. “Y ahí perdí la fe”, sentencia. ¿Por qué? O sea, no es que haya perdido la fe, sino que gané el entendimiento de que la religión es una forma de explicar algo, pero no la verdad. No pasó de unminuto a otro, de a poco se empiezan a caer losmitos, te das cuenta de que hay cosas que no puedes explicar, que no se sostienen. Entré a un grupo que se llamaba la Comunidad Circular, en que había gente de distintas religiones, incluso agnósticos. Y compartíamos la vida… ahí me di cuenta de mi cambio. Era como estar frente a esos zapatos de charol que amabas cuando niña y que, aunque quieres ponértelos, ya no te caben. Y hay que asumirlo, porque es más fácil permanecer en la fe que aceptar que tus creencias dejan de tener sentido. Nunca perdí el sentido de lo trascendente, del propósito y la espiritualidad, pero en una dimensión que va más allá de lo puramente humano. No es que haya perdido la fe, sino que gané el entendimiento de que la religión es una forma de explicar algo, pero no la verdad. No pasó de un minuto a otro, de a poco se empiezan a caer los mitos, te das cuenta de que hay cosas que no puedes explicar, que no se sostienen”. Alejandra estudió en un colegio de monjas, donde realizó mucho trabajo de voluntariado. Al salir, entró a estudiar Educación Diferencial y, en la mitad de la carrera, decidió entrar a la vida religiosa, como parte de la Congregación de las Hijas de María Auxiliadora. Allí estuvo cinco años. “Fue una súper bonita experiencia, que marcó mi manera de entender el mundo desde le espiritualidad. No desde la religión, sino desde una dimensión de la espiritualidad y la trascendencia”, recuerda. ¿Por qué lo dejaste? Porque soy mañosa y, probablemente, en el fondo, porque no tenía vocación. Lo pasé bien, me encantaba la vida religiosa, pero sentía una disonancia entre lo que decíamos y lo que hacíamos. Yo digo que fui monja, pero la verdad es que no alcancé a profesar. Como estaba en la universidad, mi etapa de formación fue más larga que la de mis compañeras. Entonces hice el aspirantado en dos años en vez de en uno, después un año de postulantado y dos de noviciado y entre medio me titulé en la universidad. Cuando terminé ese período, me tocaba hacer algo parecido a una práctica y ahí dije “me tengo que ir, porque si hago esto me voy a quedar”. Ese era mi rollo. Como una forma de rearmarse, Alejandra decidió que quería hacer clases de religión. Su primer desafío fue el Manuel de Salas, un
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