serena Enero 2018

¿Qué tan importante es Matanzas para la prác- tica del windsurf? Te lo digo así: dos de los mejores windsurfistas del mundo tienen casa en Matanzas. El británico Robby Swift y el español Víctor Fernández. Ellos construyeron acá hace unos seis o siete años para venir a entrenar. Chile tiene condiciones perfectas. Estamos tan expuestos al viento que tenemos todo para realizar este deporte. Además del windsurf, hay un poderoso vínculo con la arquitectura. Ese es un factor por el cual también entré a es- tudiar. Felipe Wedeles, cofundador de la oficina WMR Arquitectos, es quien diseñó el Hotel Su- razo. Es un muy buen windsurfista. Y él es una muestra de que la arquitectura se relaciona con lo que nosotros hacemos y con los lugares donde estamos. Me llamamucho la atención la relación que tiene su arquitectura con el mar. LA SEGUNDA CASA En un viaje a Miami mientras trabajaba como auxiliar de vuelo en una aerolínea, ella, Úrsula, aprendió de qué se trataba el windsurf. Él, Mi- guel, se atrevió a navegar al tiempo que acom- pañaba en los campeonatos de windsurf a Luis Banto, un apellido que en Chile es sinónimo de le- yenda. Ambos se conocieron muy lejos del viento y las olas. El flechazo ocurrió —curioso destino— cuando cada uno esperaba en su auto que la luz roja del semáforo cambiara a verde. Úrsula y Miguel son los padres de Matías y Alex. Ellos hicieron del windsurf una excusa perfecta para criar a sus hijos cerca del mar. Y lo que co- menzó como un simple pasatiempo, se transfor- mó en una noble herencia. ¿Cuáles son tus primeros recuerdos de infan- cia? Jugando en la arena y después con las tablas y las velas. ¿Cómo eran esas salidas con tus padres? Salíamos en una motorhome , una Volkswagen blanca, que era mi segunda casa. Viajábamos a lo largo de todo Chile porque mis papás busca- ban condiciones de viento. No tengo muchos re- Mis principales razones para hacer el evento fueron dar a conocer el windsurf, descentralizar el deporte y llevarlo a comunas donde probablemente no existen campeonatos internacionales”. 45 tell. cl cuerdos de Santiago, pero sí de viajes. Ellos nos transmitieron ese amor por recorrer Chile. ¿A dónde iban? Recorríamos mucho, pero siempre tuvimos Matanzas como punto base. Era una de las paradas típicas que hacíamos. También a Cu- ranipe, Llico y Pichidangui. Viendo los álbumes familiares se nota que había muchas playas. ¿Cuándo te subiste por primera vez a una tabla? Era bien chico y al principio no sé si enganché mucho con el deporte. Pasaba harto tiempo en la arena, teníamos un sandboard y nos tirábamos de las dunas. Mis papás nunca me presionaron y creo que eso fue bueno. Yo mismo me fui acer- cando de a poco y ellos me ayudaron mucho por- que tenían un buen nivel de enseñanza. Aprendí más o menos rápido junto con mi hermano, y ahí ya empezamos a viajar al embalse Puclaro, en el Valle del Elqui y, también, a la Cuesta del Viento, que está en la provincia de San Juan, Argentina. Además, íbamos harto a La Boca, en la desem- bocadura del río Rapel. Yo creo que esos tres puntos fueron claves. Son lugares imponentes, de fuertes vientos y oleajes. ¿Qué te producían esos escenarios? El windsurf es un deporte que requiere un pro- ceso largo y difícil. Primero uno aprende a rela- cionarse con el viento y el equipo de windsurf en lagos. Y de a poco uno va aprendiendo ciertas técnicas para empezar ameterse al mar. Y el mar está en constante movimiento, se nota que está vivo. Es increíble poder llegar a una buena lectu- ra de la ola y sentir su energía. Creo que ese pro- ceso de enseñanza no se puede apurar porque es un deporte difícil y el mar requiere respeto. ¿Hay un momento en que dices que vas a ser windsurfista? El 2011 fui a un primer campeonato mundial ju- venil que se hizo en Lobito, Perú. Y en ese mo- mento me empecé a relacionar con un ambiente un poco más profesional. Antes había competido en eventos nacionales, pero en esemomento co- nocí a gente que se dedicaba. Yo siempre veía la posibilidad de dejar el colegio y empezar con el windsurf de forma profesional para tener la liber- tad de pasar más tiempo en el mar.

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