Rancagua marzo 2018
Los conocimientos académicos de Lillian y los saberes ancestrales de Julio y de los artesa- nos que modelan los maceteros, los traspasa a los niños que participan en sus talleres de eco plantas, eco masa y esculturas de plantas. En el año 2017, y después de diez años de haberse titulado, Natalia retomó la educación en un jardín infantil de Rancagua; al observar la relación de los niños y de sus papás con el medio ambiente, comprendió qué quería hacer. “Me di cuenta de que la gente es muy consumista, que están muy vendidos al plás- tico, que no hay una educación ambiental; que a los niños les enseñan una variedad de temas, pero de manera superficial, porque una cosa es tener conciencia ambiental y otra muy distinta es cómo formas esa conciencia. Quise dar un vuelco a eso y me propuse hacer un taller para crear esa conciencia. El primer taller de eco plantas lo hice en la Casa de la Cultura de Rancagua. En ese taller los niños aprenden que los cactus y las suculentas son plantas extremas que pueden vivir en climas áridos; que guardan su alimento en el cuerpo y que por eso son carnosas. También los hago trabajar con carbón mineral y tierra de hojas. Yo soy bien teatral en mis talleres; les “lavo la cabeza” y les digo: ‘¡Niños! ¡La naturaleza es más inteligente que nosotros porque estas plantas siempre tienen una reserva!’”. ¿Cómo reaccionan los niños? Se concentran mucho, botan la mala energía y quedan muy tranquilos. Las plantas bajan la ansiedad y ayudan a que los niños se co- muniquen entre ellos. Está comprobado que a todos nos hace bien plantar; para los niños con necesidades educativas especiales es un ejercicio muy bueno. En mis talleres no hay competencia ni desorden. En el de eco masa les llevo maceteros de plástico y de adrede les pongo un poco de tierra. Ellos me dicen, ‘tía, este macetero está sucio’. Yo les respon- do que no, que son de mi invernadero y apro- vecho de hablarles de reciclaje y de reutiliza- ción para que les quede en el subconsciente y luego sea algo muy normal para ellos. Yo los dejo ser, todo es muy libre, porque me gusta que la educación nazca a partir del interés del niño. Respeto el tiempo de cada uno; que se demore lo que se tenga que demorar y si no le resulta algo lo volvemos a hacer. Les digo: ‘no importa, la vida es así, uno se tiene que parar mil veces. Vamos al baño, nos lavamos la cara y empezamos de nuevo’”. UN TRIBUTO A LOS CAMPESINOS En la breve trayectoria de Güid, Natalia acu- mula tres distinciones. En 2017 nuevamente 31 tell. cl ganó el “Primer premio jardín profesional” en la Exposición Estándar de Horticultura y Dise- ño Floral organizada por el Club de Jardines de Rancagua y, además, obtuvo el Flower show award , ambos entregados por National Garden Clubs, INC, un referente a nivel inter- nacional en la promoción de la jardinería. “El segundo es el más especial; es un “ award of merit ”. Para el club de jardines estas cintas de color naranja (la cinta del galardón) son muy importantes. Estoy orgullosísima”, comenta. Desde marzo de 2018 trabaja diez horas en el colegio Leonardo da Vinci de Rancagua, un establecimiento con un enfoque ecológico– creativo. Ahí está a cargo del taller de compost y de la huerta de hierbas medicinales y comestibles. También desde marzo participa en el Mercadito de la Casona, una feria Para mí lo más importante es sensibilizar a las personas para que entiendan que a través de la naturaleza podemos crear un mundo mejor y formar niños conscientes para que el día de mañana ellos puedan dar una buena calidad de vida a las nuevas generaciones”.
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