Concepción Febrero 2018
habitado. Lo que se perdió con la historia fue el puente levadizo y el único vestigio que queda de su existencia son los agujeros por donde pasa- ban las gruesas cadenas. Las iglesias son numerosas, también lo son los miradores que permiten observar, desde dis- tintos puntos, el ingenio con que la ciudad se fue levantando sobre el mar. Definitivamente la arquitectura es vertical, la estrechez de sus pa- sajes obligó a construir casas también angostas y, hacia arriba, la mayoría con piedras a la vista y tres o más pisos, con balcones creativamente decorados. Pequeños, medianos o grandes… Polignano, a veces, parece una lucha de balco- nes intentando asomarse al mar. Visitas casuales como estas suelen tener finales abiertos; la mía terminó rodeada de polignane- ses en la famosa Piazza dell’ Orgoglio (plaza del orgullo) escuchando, como es tradición en vera- no, música en vivo. El sol se fue acompañado de tarantellas , típico baile del sur del país que me invitó a seguir compartiendo tradiciones y, por qué no, a quedarme otro día más. Altura que ocurre en junio de cada año y consiste en saltar desde los acantilados; aquí los deportistas encantan a los turistas con sus me- jores piruetas sobre el mar. LA PIEDRA DEL INTERIOR También le dicen la “Joya del Adriático” y en sus doce kilómetros de costa habitan unas diecisiete mil personas; el pescado se come fres- co, sin aderezos, y se acompaña de verduras como la zanahoria roja o Bastinaca di San Vito, especie típica de la zona. Y es que a pesar de haber sido morada de familias pesqueras, que durante la dominación de Venecia llegaron a tener su propio puerto comercial, la economía del pueblo se basa en el cultivo de olivos (característicos de los paisa- jes interiores), las papas y los vegetales. Pero no todo está en la costa, porque hacia el interior de la ciudad los erizos de mar le han dado fama al barrio San Vito. Hay que dejarse llevar por los callejones de adoquines del centro y perderse buscando una sali- da al mar porque siempre, de alguna u otra manera, se llega al azul. Sus estrechos pasajes tienen historia, por ellos caminaron griegos, romanos, árabes, bizantinos, normandos y hasta españoles, dejando pequeñas herencias de sus culturas que hoy conviven en el casco antiguo que, se dice, habría sido fundado por Julio César. En él destacan los arcos de piedra medieval como el de la puerta de acceso a la ciudad vieja: el Arco Marchesale que, hasta el siglo XVIII, era la única forma de entrar al centro T Hay que dejarse llevar por los callejones de adoquines del centro y perderse buscando una salida al mar porque siempre, de alguna u otra manera, se llega al azul. Sus estrechos pasajes tienen historia, por ellos caminaron griegos, romanos, árabes, bizantinos, normandos y hasta españoles, dejando pequeñas herencias de sus culturas que hoy conviven en el casco antiguo que, se dice, habría sido fundado por Julio César.
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