Concepción Febrero 2018
D espués del terremoto de 2010, el oficio de Cristián Fuentes nunca había tenido tanta demanda. A diario le llegaban los pedidos para reponer las antiguas lámparas de lágrimas que lograron “salvarse” de la caída, producto del violento evento sísmico. “No es de extrañar que no se hicieran pe- dazos, porque la aleación antigua de cobre, con estaño y zinc, que formó el bronce, no se rompió, solo se dobló, por lo que aplicando calor fue posible restaurar el metal torcido. El bronce moderno se rompe, porque tiene menos cobre y más estaño y zinc”. Y no solo el bronce no es lo mismo, los soquetes eran de palo con contac- tos de clavo, o de plástico o baquelita, el tejido era de alambre o alpaca y, el cableado, forrado en género. “La restauración procura dejar la lámpara con sus piezas originales, pero hay elementos que se reemplazan, porque ya no existen nuevos, o porque se aprecia mejor el objeto con las nuevas piezas”. En su taller, Cristián cuenta con repuestos de diferentes tamaños y con- texturas, solo se debe llevar una muestra de lo que se necesite, y si no lo tiene, lo busca en Santiago. Su señora, Carolina Sanhueza, encargada de “tejer” las lágrimas, vive en la capital y la recorre hasta que encuentra la pieza original. “Ella me ayuda con el trabajo fino y minucioso de unir cristal por cristal con el alambre de bronce, además de buscar los datos para adquirir diversos repuestos”. Las lágrimas ya no se fabrican, son de cristal nacional, porque toda la lám- para se hacía en Chile, con productos chilenos. “Es más difícil encontrar una lámpara antigua hecha en Europa, esas tienen otros cristales, como el cristal de Baccarat”. PASO A PASO Lo primero al desarmar una lámpara es revisar si faltan piezas. Luego, se sacan las lágrimas una a una y todos los alambres del tejido, además del cableado eléctrico. El cristal se incorpora a un lavatorio y se le aplica un lavado profesional; mientras la estructura de bronce se limpia en un proceso químico.
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