Antofagasta Febrero 2018

36 tell. cl Cuando tenía tres años, mi viejo me pasó un parapente antiguo, del año ochenta y seis. Estaba en esta misma pista y no tenía idea cómo ocuparlo. Sin arnés, con el parapente en la mano, lo trataba de subir, aunque más que nada lo arrastraba”. Lo que había hecho hasta entonces era lo mismo que todos los niños de su edad: jugar. Nacido en la ciudad de Puchuncaví y criado en Maitencillo, tomaba los escarabajos que encontraba en el bosque y se encandilaba con el pliegue de los chanchitos de tierra. “Con un montón de objetos me imaginaba que al curvarlos los podía convertir en parapente”. Esta atracción no fue casual. Su padre, Víctor Carrera, un versátil deportista y quien lo apodó tempranamente Bicho, lo llevó a volar en biplaza cuando contaba apenas ocho meses de edad. A mediados de los ochenta, mientras era instructor de esquí en Fran- cia, Víctor —el padre— se sorprendió al ver a un grupo de alpinistas que acondicionando paracaídas despegaban desde las cumbres montañosas para evitarse el descenso. Entre esos precursores del deporte estaban los ilustres Gérard Bosson y Pierre Bouilloux. Víctor trajo de vuelta a Chile una batería de saberes y equipamiento, y a fines de aquella década com- probó que las condiciones en Maitencillo eran ideales. Los cielos de esta zona costera, por esos años, permitían ver solo un puñado de alas deltas, y las laderas de los cerros no pensaban todavía ser colonizadas por el boom inmobiliario, así que decidió crear el centro de vuelo Aire Libre, del cual Bicho –el hijo– es actualmente el principal representante. En la pista de cuarenta metros, rodeado de pinos y el matorral nativo, con el rumor de las olas que rompen en la Playa Aguas Blancas, Bicho fue afinando su técnica. Tal como se heredan los oficios, lo suyo fue pura imi- tación. “Cuando tenía tres años, mi viejo me pasó un parapente antiguo, del año ochenta y seis. Estaba en esta misma pista y no tenía idea cómo ocuparlo. Sin arnés, con el parapente en la mano, lo trataba de subir, aunque más que nada lo arrastraba. A los ocho años me regaló mi primer arnés y con eso pegaba mini vuelos en este lugar. Volaba de aquí a allá, pero estaba prohibido salir, si no mi viejo ¡paf!

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