TELL MAGAZINE ABRIL 2020

ALEJANDRA ARANDA Yakarta, Indonesia Instagram: @enesteladodelglobo Por el trabajo de mi esposo, que es alemán, estamos viviendo hace unos nueve meses en Yakarta, Indonesia; nuestro ante- rior destino había sido Japón, dónde nació nuestro hijo. Somos una familia multicultural, expatriados y que justo nos pilló la pandemia mundial en un país pobre. Por varias razones esta experiencia ha sido muy compleja, pero sobre todo por el pre- cario sistema de salud que aquí se encuentra. Tomamos todas las precauciones, aunque el miedo de contagiarnos y no poder ser atendidos es angustiante. Si te enfermas de algo grave, los extranjeros teníamos la op- ción de irnos a Singapur, donde el sistema de salud es muy bueno, pero los vuelos están cancelados. Si tienes síntomas del coronavirus el protocolo es quedarse en casa. Sólo si es- tás grave podrían hacerte el test, pero son tan escasos que tampoco eso es seguro. La verdad es que no están muy bien preparados y lamentablemente no tienen los recursos para en- frentar de manera óptima esta pandemia. La realidad es que el panorama actual no es muy alentador. Hasta la fecha hay más de siete mil cuatrocientos casos de contagiados con más de seiscientas muertes por COVID-19, y es un secreto a voces que esa cifra realmente es el doble, e incluso se dice que puede ser el triple, fácilmente. No hay un control real de los casos, y al ser uno de los países con más musulmanes, la gente se deja llevar por la religión. Uno de los anuncios más impactante fue del propio ministro de salud que dijo, en un comienzo, que a Indonesia no había llegado el vi- rus porque la gente rezaba mucho. La mayoría mantiene esa postura. Para los locales la muerte tiene otro significado, lo proyectan a que pasaste a una mejor vida. Si bien tenemos la suerte de vivir en un condominio, con es- pacios cómodos y seguros, esa no es la realidad de la mayo- ría. Mucha gente vive literalmente en la calle, algunos tienen una habitación pequeña, pero comen y trabajan afuera… sin mascarillas. Hay niños afuera jugando, durmiendo; adultos pa- seando, otros en sus motos. A eso se le suman los indigentes, que ni siquiera son considerados, es como si fueran invisibles. El bloqueo que se ve en países desarrollados como España o Italia aquí no existe. En los supermercados hay más control, los cajeros usan pro- tección; hay desinfectantes en los pasillos y en los suelos es- tán delimitadas las distancias. Pero los primeros días fue un caos tremendo entre filas sin fin y desabastecimiento. Estamos haciendo cuarentena y en los colegios ya se habla de retomar clases en agosto. Ha sido difícil el choque cultural. Todos los días parte alguno de nuestros vecinos o amigos de vuelta a su país, estamos cada vez más solos y a la espera de salir de Yakarta si el trabajo de mi esposo lo exige. Tenemos nuestras maletas armadas, pero ir a Alemania es complejo, porque tememos contagiar a nuestros seres queridos y no ten- dríamos dónde llegar. Esta pandemia nos ha ayudado a valorar el rol de cada uno en la familia y a ponernos en el lugar de los otros. Somos muchos los expatriados que llevamos años sin poder abrazar a nues- tros amigos, a nuestras mamás o hermanos. Es por eso que el llamado es a quedarse en casa, a ser pacientes y cuidar a los demás porque lo que yo haga en este rincón del mundo te puede afectar a ti también. El llamado es quedarse en casa, a ser pacientes y cuidar a los demás, porque lo que yo haga en este rincón del mundo te puede afectar a ti también”. T

RkJQdWJsaXNoZXIy NDQ4NTc0