TELL MAGAZINE ABRIL 2020

Todo explotó en marzo. Cuando los diseñadores con los que trabajaba cerraron sus oficinas, cuando amigos músicos tu- vieron que cancelar sus giras y tocatas, cuando empezaron a cerrar los teatros, tiendas y restaurantes, me di cuenta de que la cosa era seria. Había que quedarse en casa y cuidarse. Ver a Nueva York congelado —una ciudad que nunca para—, ha sido muy extraño, igual que la mezcla de sentimientos. Hay días y días. La crianza y tratar de trabajar en casa al mismo tiempo, a veces resulta agotador. Pero nos hemos adaptado bastante bien. Creo que es fundamental que las parejas con hijos se apoyen mutuamente en estas circunstancias. He aprendido a bajar el ritmo, a disfrutar de las cosas simples, a agradecer por tener una casa, una ducha caliente, a consu- mir menos y a ser creativos con la crianza. No solo he podido tocar el piano y cantar mucho más, sino que además hice un show virtual a principios de abril. La experiencia fue muy lin- da. Así que a pesar de todo, ha sido una cuarentena tranquila, creativa y productiva para mí. Me encanta NY, sobre todo Brooklyn, donde vivo. La vida de barrio... Conocer a tu vecino, ir a comprar al deli de la esquina, hacer picnics en los parques, tocar mi música en el restaurante o pub de un amigo... Es como vivir en otra era, pero en el 2020. Ahora la situación es muy distinta, y eso me entristece mucho. Hospitales colapsados de gente, cementerios y crematorios que no dan abasto, falta de personal médico, restaurantes y tiendas cerradas... Es un poco apocalíptico. Siento que somos súper afortunados, porque tenemos un pe- queño patio posterior que compartimos con nuestros vecinos. CATERINA J. Brooklyn, Nueva York Instagram: @caterinajmusic Para que las cosas cambien, tenemos que ser activistas y no quedarnos de brazos cruzados en las casas. Leer más, estudiar más, que la lamparita de la curiosidad no se nos apague nunca”. Eso ha sido una salvación, sobre todo para mi hija de dos años, que puede salir a tomar un poco de aire, jugar con tierra y en- suciarse un poco. Pero tengo muchos amigos sin acceso a un balcón, rooftop o jardín, que lo están pasando muy mal. Es un tema complicado, porque no todos tienen las mismas realida- des. Y eso es duro. No me asustan los puntos suspensivos... Tengo esperanza de que el mundo puede cambiar. Que la gente se ayude una a la otra. Que los países se ayuden el uno al otro. Que se acabe esa actitud nacionalista absurda sobre cuál es el país mejor y que ayuden a sus países hermanos. Imagínate en esta pandemia, qué distinto sería si todos los países trabajaran en conjunto para pararla. Que los países ricos, con menos infectados, ayu- daran a los más pobres, con más infectados. Que se mandara más personal médico a los lugares que no dan abasto, como acá en NY. Para que las cosas cambien, tenemos que ser activistas y no quedarnos de brazos cruzados en las casas. Leer más, estu- diar más, que la lamparita de la curiosidad no se nos apague nunca... Si nos gana la estupidez, la pasión por la fama, el po- der y la plata, los likes en las redes sociales, la belleza eterna... Ahí se va a ir todo al carajo.

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