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EDICIÓN | Noviembre 2016

Marca registrada

Marko Fransovic, pintor
Marca registrada

Hace algunos meses, celebró veinte años de una intensa relación con la pintura, porque Marko y su obra se juntan o se alejan según las ganas, el gusto o la necesidad de plasmar ideas en un lienzo. “Pinto lo que quiero y cuando quiero”, nos dice; “más que autodefinirme como artista, prefiero sentir que capturo un momento, con toda la emoción que implica, y logro convertirlo en imagen”.

Por Claudia Zazzali C. / Fotografías por Andrés Gutiérrez V.

Marko Franasovic Bojanovic, diseñador gráfico y pintor, observa la contingencia desde una especie de autoexilio de la vida pública. Después de algunos años dedicado a trabajar en la filial Antofagasta de la Asociación de Pintores y Escultores de Chile, APECH, decidió cerrar su círculo y dedicarse por completo a su hijas menores, su familia y su trabajo en la oficina de diseño que mantiene desde que salió de la universidad y optó por la independencia. Hoy en su taller se siente más liberado de todo lo impuesto y desarrolla su propio lenguaje no solo a través de la pintura sino también mediante la obra digital, fotografía, fotomontaje y grabado. “Lo que importa ahora es ser consecuente con la experiencia y hablar en lengua propia”,declara.

“Siempre he preferido trabajar solo, sin depender de grandes equipos. Sin embargo tengo una veta social que me empuja a involucrarme con mi entorno. Es una paradoja que me hace pensar en el colectivo, pero desde mi individualidad”, nos dice.

Cuesta lograr que defina su estilo como artista, simplemente porque se rehúsa a colgarse esa etiqueta. Sin embargo, su obra es reconocible, con una especie de marca registrada y, por ende, refleja una búsqueda que va mucho más allá de un simple pasatiempo. “La verdad es que no tengo ningún interés en mostrarme como artista, porque no creo que el arte en sí mismo tenga un gran impacto. La antropología cultural es otra cosa que me interesa mucho más y que, hoy por hoy, me tiene desarrollando un proyecto muy atractivo y que espero agregue valor a algo muy nuestro, pero muy olvidado”.

 

¿Por qué no te gusta que te vean como artista?

Me cuesta ese calificativo. Yo no tengo ese hambre de estar en los circuitos, porque no vivo del arte. Mi trabajo en el diseño es lo que me sustenta y apasiona y quizás por ello me resisto a los análisis y teorías respecto a mi obra artística. Pinto porque me gusta hacerlo, por nada más.

 

¿Cómo nació entonces tu carrera como pintor?

Casi de casualidad. Yo participé en uno de los concursos plásticos más tradicionales, Rincones de mi Ciudad, pero no con un afán muy artístico, sino más bien práctico: quería comprarme mi primer computador y así abrir mi oficina de diseño. Era un veinteañero desconocido, pero gané. Así empezó una historia que jamás imaginé para mi vida porque, la verdad, ni siquiera el diseño estaba contemplado en mis planes.

 

¿Cómo así?

Yo quería estudiar Servicio Social. Vengo de una familia muy tradicional y de fuertes convicciones, muy vinculados con su entorno. Quizás por eso siempre pensé que mi camino estaba ligado a andar en las poblaciones, ayudando a los demás. Tenía muy claro lo que quería hacer, pero mi base no era muy buena, no me alcanzó el puntaje y opté por la Universidad José Santos Ossa, que recién estaba abriendo sus puertas y dictaba Educación Parvularia, Diseño, Periodismo y Servicio Social. Cuando me fui a inscribir, vi la oficina y adentro había un señor solo, con un lápiz, un turro de libros, camisa y corbata café. En la oficina del lado estaba René Espíndola, jefe de carrera de Diseño. Un tipo de barba, canas, vestido con polera. Lo vi tan jovial que dije: “esto sí que es lo mío”.  Y ahí empezó todo.

 

LA OBRA

 

La utilización del color es uno de los sellos de la obra de Marko, “Franasovic” como lo conocen sus pares y seguidores. En cada pintura hay un detalle, a veces irónico, otras macabro, que grafica la experiencia que quiere plasmar en su lienzo. “Cuando enfrento una tela no tengo objetivos preconcebidos. Va saliendo natural, sin dobles lecturas. Sin embargo, es inevitable reflejar lo que se vive, el sentimiento que existe. Si hoy pinto marinas es porque vivo cerca de la playa, voy con mis niñas, disfruto mi entorno y es lo que me provoca hacer”, señala.

¿Tu familia ha sido tu principal compañía?

Cuando nacieron mis mellizas decidí que quería verlas crecer. Mi trabajo en diseño me permite estar cerca de ellas y tenía que aprovechar cada minuto, tanto con ellas como con Karla, la mayor. Mi mujer, Sara, es mi compañera incondicional y juntos hemos construido este espacio que es solo nuestro.

 

¿Qué pasó por tu mente cuando te diste cuenta de estos veinte años pintando?

Lo rápido que pasa la vida. En mi trabajo soy muy analítico y profundizo en las teorías de la imagen, del símbolo, pero las pinturas no las pienso tanto, van saliendo, sin orden, sin tanta lógica. Quizás mi pintura tiene muchos ripios aún y los asumo como parte del proceso de no haber tenido estudios  formales de arte, pero ¿sabes?, me preocupan más mis ripios como ser humano, que espero cada día sean menos.

 

“Yo no tengo ese hambre de estar en los circuitos, porque no vivo del arte. Mi trabajo en el diseño es lo que me sustenta y apasiona y quizás por ello me resisto a los análisis y teorías respecto a mi obra artística. Pinto porque me gusta hacerlo, por nada más”.

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