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EDICIÓN | Junio 2015

Reestreno en sociedad

Las Majadas de Pirque

Una vez más se levanta majestuosa y convoca al diálogo. Sobrevivió con bastantes daños al terremoto del 2010 y debió ser reconstruída para dar vida a su nuevo objetivo: transformarse en un espacio de reunión y conversación rodeado de un mágico entorno. Las Majadas invitan e inspiran con un centenario de historias y vivencias.

Por Carolina Vodanovic G. / Andrea Barceló A.

Fueron pocos meses antes del fatídico 27 de febrero de 2010, cuando se mandaron a reforzar los muros de albañilería, incorporando pilares y cadenas de hormigón para aumentar la resistencia de la construcción. El informe previo, preparado por el ingeniero Santiago Arias, decía que frente a un nuevo gran sismo el desplome sería evidente. Si bien los trabajos no estuvieron terminados, su avance parcial permitió que la estructura no cediera por completo. El palacio resistió estoico y con ello sus ciento diez años de historia.

El palacio de Las Majadas de Pirque data de 1905, cuando el empresario Francisco Subercaseux Vicuña heredó parte de la hacienda de su padre y en uno de sus tantos viajes, sus hijos mandaron a construir una nueva casa que vistiera los jardines que tiempo atrás él mismo había decidido plantar. A don Alberto Cruz Montt, arquitecto, se le encomendó la casa; a don Gustave Renner, paisajista, el parque, que rediseñó aprovechando los árboles ahí existentes y con otras muchas especies exóticas.

No fue hasta 1928 que la propiedad pasó a manos de la familia Nieto Espínola, cuyo único heredero propició un fuerte trabajo agrícola e hizo del fundo su hogar, junto a su mujer y seis hijos. Vastos de vida social, invitaban a grandes recepciones e, incluso, fueron anfitriones en la fiesta del traspaso de mando del presidente González Videla.

“El Palacio responde a la tradición de las familias Subercaseaux y Nieto, de dotar y mantener en el campo chileno residencias inspiradas en Francia, a donde viajaban con regularidad. Por eso, en la jerga especializada, Las Majadas es conocida como Ferme Ornée, o sea, un campo con un parque y una residencia que no responde sólo a la actividad agrícola, sino también a la actividad familiar y social de sus propietarios”, cuenta Pablo Bosch, socio y gerente general del actual proyecto. Agrega que “con el paso del tiempo las costumbres cambiaron, el palacio perdió lentamente su sentido, se hizo difícil su conservación y los terremotos lo deterioraron hasta casi derrumbarlo”.

NUEVOS AIRES

En 2006, el empresario argentino Wenceslao Casares —fundador de Patagon— conoció el parque de Las Majadas y se enamoró del lugar. Lo quiso para su uso personal, pero terminó radicándose en Estados Unidos y, finalmente, decidió utilizar ese espacio como un lugar de encuentro, un centro de conversaciones y pensamiento. “Hemos querido recuperar el esplendor de Las Majadas, su valor como patrimonio histórico y darle un nuevo sentido, para que tenga una nueva vida. Para eso debimos reconstruirlo casi completo y adaptarlo al uso de las necesidades actuales y futuras”, comenta Bosch.

¿En qué consiste esta idea del centro de pensamiento?
Hemos definido a Las Majadas de Pirque como un (epi)centro de conversaciones que facilite y promueva la construcción de capital social en Chile y Latinoamérica. Esto se logra con conversaciones entre personas diversas en torno a temáticas comunes. De esta forma se tienden puentes y se crean relaciones que derivan en el diseño de proyectos que pueden llegar a ser beneficiosos para la sociedad.

La idea es crear espacios para que todo tipo de organizaciones y empresas puedan sostener encuentros y reuniones. Para quienes buscan alejarse del ruido, el palacio cuenta con instalaciones aisladas, pero al mismo tiempo y a través de un plan propio de actividades, se espera que sea un lugar donde las personas puedan vincularse y relacionarse, facilitando la generación de nuevos proyectos, echar a andar ideas nuevas.

¿La idea es propiciar actividades culturales en el centro?
Sí, queremos generar diversos encuentros y actividades. Iremos instalando, progresivamente, un calendario de conversaciones. El 12 de mayo pasado celebramos “El Arte de Conversar” y en una actividad con más de sesenta personas tuvimos oportunidad de escuchar a Humberto Maturana y Ximena Dávila, de Matríztica. Y a partir del 12 de junio y por un mes, estará disponible una muestra con treinta esculturas en homenaje a Lily Garafulic, todo en el marco de la celebración de su centenario.

LA RECONSTRUCCIÓN

Veinticuatro meses tomó la reconstrucción total de Las Majadas. Dos años en los cuales se intervino por completo el palacio y se recuperó el parque centenario que lo acompaña y que todavía conserva la estructura propuesta por Gustavo Renner, a la usanza de los jardines europeos, con especies de más de trescientos años y a las cuales se sumaron más de mil ejemplares.

El arquitecto Teodoro Fernández fue el encargado de recobrar el castillo, “en un proceso de descubrimiento paulatino, donde la estructura dictaba los pasos a seguir”.

¿Qué significa eso?
Durante el transcurso de la obra hubo que ir viendo qué se botaba y qué se apuntalaba. Incluso cuando se decidía que había que botar algo, la cosa era cómo hacerlo, había que tener mucho cuidado y cruzar los dedos para que no fuera a arrastrar otras partes de la casa y destruir más.

Se había hecho un informe previo al terremoto y lo que sucedió fue justamente lo que indicaba el estudio, “claro que una cosa es el proyecto, y otra es actuar. En un principio se había pensado trabajar desde los pisos superiores a los inferiores, cosa de ir amarrando la estructura; pero terminamos haciéndolo al revés, de abajo hacia arriba y así construir una suerte de camisa de fuerza que soportara los grandes muros de albañería, además de reemplazar los pisos de madera por losas de hormigón”.

¿La restructuración fue necesaria en todo el palacio?
Absolutamente, hay que pensar que esta es una construcción de 1900, hecha con materiales como piedra, albañilería de ladrillo simple y tabiquería, pisos y techumbre de madera, mucho de lo cual no tenía nada de antisísmico. El trabajo se enfocó en conservar el espíritu del palacio y del parque; los ambientes y salas de tamaño magnífico, la sucesión de ventanas, donde todo mira hacia fuera, relacionándose con el exterior, con el jardín. La idea era que se notara que esta no era una casa hecha ahora, que se viera el paso del tiempo. Es una construcción hecha hoy, pero con una cáscara de cien años.

Contento con el trabajo realizado, Fernández asegura que todo se hizo a conciencia, “no fue sólo una obra de nosotros; se organizaron talleres donde la gente aprendía de restauración de pisos, puertas, tejas, ventanas y decoración. El trabajo en equipo fue muy similar a lo que debió haber sido entonces”.

Con las obras de reconstrucción finalizadas había que darle vida al espacio interior. Santiago Valdés, arquitecto e interiorista, fue el encargado. “Interpretó y logró perfectamente plasmar en la decoración y habilitación de los espacios lo que estábamos buscando. Por una parte, que el parque fuera protagónico desde el interior del palacio siempre, es decir, que el entorno mantuviera protagonismo. Por otro lado, que la ambientación fuese cómoda y funcional al desarrollo de distintos tipos de conversaciones, pero que mantuviera un estilo, sobrio, elegante y vanguardista que generara ambientes y rincones en cada sala”, dice Bosch.

Con el palacio y el parque ya concluidos, queda pendiente la apertura de la residencia en Las Majadas. Está prevista para el 2016 y constará de cincuenta habitaciones y un resturante, ambos espacios disponibles para quienes sean parte de alguna actividad, quieran juntarse a comer o necesiten quedarse a alojar. “Esta es una de las mejores formas de afianzar los vínculos, amplificar las redes e impulsar proyectos que generen verdaderos cambios, desde Las Majadas, tanto para Chile como el resto de Latinoamérica. En nuestros cursos en Harvard, Wenceslao y yo experimentamos precisamente eso, al compartir durante varios días espacios comunes, nos fuimos haciendo cada vez más cercanos y hoy somos grandes amigos”, concluye Pablo Bosch.

 

En 2006, el empresario argentino Wenceslao Casares conoció el parque de Las Majadas y se enamoró del lugar. Lo quiso para su uso personal, y decidió utilizar ese espacio en un lugar de encuentro, un centro de conversaciones y pensamiento.

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