Santiago mayo 2018

Me doy cuenta de que la vida siempre nos regala oportunidades y lo importante es tener los ojos bien abiertos y tomarlas; a mí me regaló la oportunidad de poder ver realmente a Dios y eso me cambió, me hizo feliz”. T y las alegrías ciertamente se engrandecen. En las comunidades penas y alegrías se comparten, justamente de eso se trata”. Hoy Tati, producto del trabajo de su marido, divide su tiempo entre Viña y Santiago, y además de dirigir el grupo Comunidades de Techo, es responsable, junto al sacerdote Nemo Castelli, del campamento Felipe Camiroaga en la Ciudad Jardín. “Nuestra idea es seguir creciendo… cuesta mantener las comunidades en el tiempo, trabajamos con hitos mensuales y yo me preocupo de juntarme con las monitoras y de ver cómo vamos. En nuestro campamento de Viña tenemos proyectado un oratorio y estamos felices, pues ya llevamos dos años ofreciendo sacramentos en los campamentos. La gente humilde no tiene tiempo ni plata para ir a veinticinco charlas de bautizo o comunión, con ello solo colocamos trabas. Queremos una iglesia acogedora, amorosa, que incluya y no excluya, que invite y no que te aleje”. Si miras para atrás y revisas el proceso, ¿cuál es tu principal conclusión? Me doy cuenta de que la vida siempre nos regala oportunidades y lo importante es tener los ojos bien abiertos y tomarlas; a mí me regaló la oportunidad de poder ver realmente a Dios y eso me cambió, me hizo feliz. Hay que ser capaz de salir de uno y de trabajar por el otro, necesitamos que se nos sume más gente, queda mucho por hacer. ¿Cambió la relación con tu familia?, ¿con tus amigos? Sí, hoy ando mucho más feliz por la vida y cuando andas feliz entregas lo mejor de ti. Todos los jueves corro para estar con mis nietos, Francisco y María son lo mejor que me ha pasado. Aprendí a relacionarme, aprendí a escuchar, me siento muy plena y, sobre todo, súper privilegiada. 32 tell. cl

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