Santiago mayo 2018

30 tell. cl L inda, dulce, carismática, muy empática, así es Beatriz Castro, la Tati, tecnóloga médica, madre de tres hijos y dos nietos, quien hace poco más de diez años encontró su felicidad, y fue, justamente, en el Santuario del Padre Hurtado. Un domingo cualquiera, saliendo de misa en el San Ignacio del Bosque, leyó un cartel donde solicitaban voluntarios para hacer apoyo espiritual. Partió al santuario y se inscribió. “Llevaba años buscando algo que me hiciera plena de verdad; por esas casualidades de la vida me encontré con un amigo de la juventud, Felipe Berríos, y luego de invitarlo a mi casa a conocer a mi familia, me invitó a la suya, a Techo —del cual era capellán—, y a su parroquia, me regaló sus libros y supe entonces que por ahí iba la cosa”. Varias veces fui con mis hijos a construir mediaguas, muchas veces me acompañaron al campamento; ellos también tienen un tremendo sentido social”.

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