Santiago abril 2018
24 tell. cl Los otros tesoros humanos Por Leonardo Mellado González, Académico Pedagogía Media en Historia y Geografía, Universidad San Sebastián. ARCHIVO histórico E l centro de Santiago siempre ha sido un lugar pintoresco en el que han convivido, desde muy antiguo, aguateros, heladeros, veleros, canillitas, fotógrafos minuteros, organilleros y un sinfín de personas con oficios que han comenzado a desaparecer y que, sin embargo, han sido capaces de aportar a la identidad de dicho territorio haciéndolo especial- mente singular. Sigisfredo Venegas, canillita de La Segunda , fue conocido por sus caracteri- zaciones ya sea como “El Rambo”; presidiario a rayas y grilletes; vendedor de palomas, quien salía a vocear el diario y los Kinos en la calle Huérfanos. Fa- llecido en junio de 2014, su féretro fue paseado por el centro de Santiago por sus colegas y amigos, demostrando con ello el valor simbólico de su persona. Raúl Gutiérrez, el predicador de aquel áspero y enérgico grito de “¡gloria al pulento!”, llegó a ser uno de los pastores evangélicos más populares de la historia de nuestro país. Mecánico engrasador de la desaparecida ETE, cayó en un severo alcoholismo que sólo pudo remediar por medio de su conversión y la prédica que comenzó a mediados de los años sesenta y que nunca abandonó hasta su muerte, ocurrida en marzo del 2015. Hay quienes creen verlo aún entre las calles Huérfanos, Ahumada y Moneda o que escuchan su característico vozarrón advirtiendo del “Juicio de Dios”. “Pa’ calla’o, Pa’ calla’o”, “Lo deja loco, lo deja enfermo”, “El dinero tiene microbios. No se enferme: Deposítelo aquí” … son algunas de las singulares frases que René Álvarez, más conocido como el Mago Palito, vertía sobre su atenta feligresía de la calle Ahumada o la Plaza de Armas, mientras se afanaba en sus números de magia. Con su deceso, se apagaba uno de los últimos candiles del centro, verdadero patrimonio vivo de la capital y que se suma a los ya mencionados personajes y a José Pizarro Caravantes, el emblemático “Divino Anticristo”. Seres únicos, medio locos o locos ente- ros, pero que tenían un valor especial, como decía el dramaturgo irlandés Samuel Beckett: “Todos nacemos locos. Algunos continúan así siempre”. Prefiero pensar que estos patrimonios humanos, pese a que ya no están, siguen vivos en su ciudad. Cuando hablamos de “Tesoros Huma- nos Vivos” nos referimos a personas que encarnan, en grado máximo, las destrezas y técnicas necesarias para la manifestación de ciertos aspectos de la vida cultural de un pueblo y la per- durabilidad de su patrimonio cultural material. Este reconocimiento —que deriva de una práctica instaurada en Japón, hacia 1950, con el título de “Tesoros Nacionales Vivientes”— es recogida por la UNESCO por medio de la Recomendación sobre la Salva- guardia de la Cultura Tradicional y Popular, de 1989, que exhorta a los estados miembros a preservar la cultura autóctona en sus países respectivos por medio de los Tesoros Humanos Vivos, una distinción entregada a personas de saberes, denominadas “cultores o culto- ras”, considerados como portadores de conocimientos, expresiones y técnicas arraigadas en las tradiciones culturales representativas de una comunidad que son reconocidas por su pueblo.
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