Conce Noviembre 2017
China y el comunismo virtuoso Para más información, escribir a smcarrasco@vtr.net P ero algunos discípulos de Confucio se alejaron del pensa- miento del maestro y crearon curiosas variantes que vie- ron a la educación como adoctrinamiento para crear una elite al servicio de la organización política: administradores servi- les, obedientes, capaces de organizar unamáquina de poder que hiciese del gobierno una fortaleza inexpugnable. Es lo que llevó a la práctica el maquiavélico, temido y poderoso Qin Shi Huang fundador del imperio chino. Qin Shi Huang aplicó una de esas variantes confucianas, y tras un durísimo mandato logró lo que hasta hoy es China: una sola entidad política, con una capi- tal, un solo sistema centralizado, un solo ejército, y con una máquina administrati- va servicial, eficiente y desplegada hasta el último confín del imperio. La dinastía que heredó tan formidable armazón, los Han (206 a.C. hasta 220 d.C), per- feccionaron el imperio sobre las bases echadas por el desaparecido pero astuto tirano Qin Shi Huang. Los Han desarro- llaron una eficaz burocracia imperial, que se basaba en la red informativa sentada por Qin Shi Huang. Esta web de hace dos mil años cubría a todo lo ancho y largo el vastísimo imperio. Las órdenes desde la capital podían arribar en pocos días has- ta los lugares más remotos, y viceversa. El emperador lo sabía todo. Su brazo po- tente se extendía así desde el mar hasta los Himalayas. Esta compleja y afinadamaquinaria esta- ba hecha por personas que ingresaban al sistema y dedicaban su vida al servi- cio imperial, a cambio de una carrera que daba prestigio, honra y, sin duda, un buen pasar. Un servidor del imperio elevaba a todo su clan a una suerte de tecnocracia. Para ingresar a tan apetecida carrera, cada año se abría un concurso público, que consistía en exámenes simultá- neos que se tomaban en un par de días en todo el imperio. Par- ticipaban millares de postulantes y sólo quedaban unos cientos. Por cierto, no era democrático. Los hijos de familias donde la edu- cación ya era tradición, llevaban gran ventaja. Los así seleccionados pasaban largos años en un riguroso plan de estudio, en monacal encierro (la influencia budista), preparándose para ser la levadura en la masa. Aprendían ciencias, literatura clásica donde la lectura de Confucio era diaria; practicaban caligrafía, aprendían música, esgrima y a montar con elegancia. Tras rigurosas examinaciones, re- cibían el título de Shēnshì (“Licenciado en Alta Dirección Pública”) e ingresaban de inmediato al servicio imperial y a foguearse en terreno. Comenzaban en un modesto puesto como ayudantes de un oficial más viejo y de alta graduación, muy lejos de su zona natal. Ascendían rápido, pero según los méritos, y en una pirámide donde no falta- ban las intrigas, se podía llegar a ministro o a miembro del consejo imperial. Esa tecnocracia era un ejército de funcionarios, leales, impecables, un perfecto clero desplegado por todo el imperio: oídos, voz, ojos del empera- dor. Recogían quejas, peticiones, que bien redac- tadas por sus doctas manos, eran enviadas a la capital. Y así pasaron los siglos. Hubo cambios dinásticos; China se estremeció muchas veces. Sufrió invasiones de bárbaros que a la larga eran hechizados por la perfección del imperio, y termi- naban siendo los mejores restauradores del viejo sistema, como lo fueron los mongoles, y después los manchúes. Al nacer la República Popular (RPC), en 1947, no se hizo sino una restauración imperial. El Partido Comunista chino (PC) se comportó ori- ginalmente como una horda bárbara, como tantas otras que entraron antes a China. Pero el PC, de a poco, se ha ido rechinizando. Mao Ze- dong, cerrado de mollera, mediocre e ignorante como suelen ser los comunistas, quiso cambiar el país según la doctrina marxista leninista. Pero lo traicionó su alma china. Milenios de civiliza- ción no se borran con marchas, ni pancartas, ni encendidos discursos. El alma de un puebloma- dura de a poco, lento, y es indestructible. Tarde o temprano aflora el fermento de siglos; eso que se sedimen- tó en el inconsciente colectivo –como diría Jung. Los Shēnshì hicieron bien su trabajo. Y si bien el PC en una persecución endemoniada exterminó a la clase letrada que quedaba, ahora el mismísimo PC reemplaza a la antigua elite educada y prepa- rada para mandar; han vuelto a fascinarse con Confucio, pues el maestro siempre tuvo toda la razón: Una sola palabra bien dicha, destruye días y noches de penumbra. Una sola buena obra, deshace cien maniobras perversas. Un solo buen hombre neutraliza la maldad de una muchedumbre. Confucio, el gran maestro chino, decía que la educación debía ser la máxima prioridad de un reino. Un rey que se rodea de una elite sabia, crea prosperidad y no tiene enemigos. Preocupación gubernativa ha de ser formar una elite educada y ejemplar que infunda virtud, y eleve al pueblo. No tan lejos de lo que planteó la filosofía griega y que luego maduró la tradición cristiana. asia donde vamos Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. 88 tell. cl
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