Comenzamos en la ciudad de Milán para terminar en la costa amalfitana. Un recorrido de norte a sur que nos permitió repasar las postales con las que Italia se ha sabido sacar partido, tales
como el Coliseo, la Torre de Pisa, los canales de Venecia y el Panteón, entre otros, o mejor dicho, entre muchos.
Más allá de la importancia patrimonial de los puntos seleccionados para cada columna, nos deja la enseñanza asociada al cuidado y respeto por sus fortalezas, es decir, el saber valorar lo que se tiene y tratarlo con sabiduría.
Sus inclinaciones se encuentran lejos del beneficio directo y cortoplacista que se puede asociar a los intereses inmobiliarios. Apuntan a una ciudad en pro de las personas y sus respectivas experiencias, las que se concentran en una envidiable “calidad de vida”, en consecuencia, una imagen de ciudad ajena a inserciones desproporcionadas, fuera de contexto.
Antes de pasar a Amalfi, y para ejemplificar lo señalado, es oportuno mencionar lo que sucede a pocos kilómetros de Santiago. Una interesante ciudad balneario que ha sido aniquilada por el limitado raciocinio que busca “sacarle partido a sus fortalezas”, siendo justamente esto, lo que ha transformado a Reñaca en un escenario totalmente opuesto al que lo identificaba. Dunas por edificios, espacios públicos por estacionamientos, sol por sombra, arborización por señaléticas de tránsito, escaños para sentarse por basureros, y así, suma y sigue. A eso tenemos que agregarle el festival de los “estilos” donde cada propietario, y con justa razón, pretende hacer lo que él cree que será lo más atractivo, saciando, de pasada, ciertas aspiraciones personales.
Después de un ajetreado día, el sueño y el cansancio fueron reemplazados por la adrenalina que significó el viaje en bus de Nápoles a Amalfi. Un camino oscuro, lleno de curvas y contra curvas, un borde de camino sin protecciones ni medidas de seguridad y con un chofer irresponsable que manejaba de memoria, asumiendo su preferencia en cada uno de los cruces, transformando el trayecto en odisea.
Finalmente, sentado en la plaza del Duomo, tomando aire y también una cerveza para que pase luego el mareo, confirmas que no tenemos algo así simplemente por voluntad. No me refiero a la belleza de sus edificaciones, sino a la sabiduría con la que manejan el crecimiento e intereses. Un balneario con más de mil quinientos años de vida donde la historia, mantención e ingenio para encaramarse en el cerro consiguen una postal más dentro del menú de ofertas italianas. El mismo ingenio que consigue articular los pasadizos entre las propiedades a modo de espacio público. Perderse por estos laberintos es sumergirse en la historia y en la vida personal de quienes las habitan, descubriendo, incluso, hasta los olores de la receta de la nona. Una homologación en los materiales y terminaciones de fachada, una altura promedio para todo el balneario, una distribución de los servicios que permite, pese a la pendiente, recorrerla a pie, son algunas de las características que invitan a visitarla pese al riesgo del traslado.
Si nuestra identidad es lo que dicta la realidad del minuto, es decir, un revoltijo disonante donde cada obra obedece a lo particular, lamentablemente nos reconocemos por una inestabilidad que borra con el codo lo que se escribió con la mano.
pd: Si los Planes Reguladores permiten hacer lo que se está haciendo, no se dejarán de cometer los crímenes urbanos, de los cuales todos hemos sido testigos, si es que estos son rentables.