Parece que todo lo que cuesta, lo que pule y raspa el alma, lo que se centra en los demás, y no en nosotros mismos, es lo que nos hace crecer y ser mejores personas todos los días. Es desde ahí donde el auto cuidado adquiere un sentido distinto, porque no solo se debe producir porque a nosotros mismos nos hace bien cuidarnos, sino también porque los demás terminan por recibir lo mejor de nosotros.
En nuestra realidad cotidiana todo parece que está centrado en lo que entregamos afuera de nuestras casas, y muchas veces, lo peor de nosotros lo mostramos puertas adentro. Hay un detalle que percibí esta semana en el metro de Santiago y eran rostros al regresar a nuestros hogares.
Esos rostros los comparaba con los de la mañana. Caras arregladas, las mujeres maquilladas y bien peinadas; y los hombres preciosos, arregladitos y con buen aroma. Me pregunté por qué no nos arreglábamos para el regreso a casa, donde, supuestamente, están todos los que amamos y para los que tenemos que estar más hermosos.
Esto me hizo arreglarme en el subte y salir hermosa del él, como si recién empezara el día... y saben, me sentí distinta, casi más aliviada, y cuando lo conté en la charla a la que iba muchos hicieron lo mismo y me pidieron que lo escribiera.
Es lo mismo que pasa con la preparación para un matrimonio, cuando las mujeres nos hacemos casi de nuevo, y esos mismos procesos no son iguales para el hombre que amamos. Es sabido que las mujeres nos arreglamos más para competir con otras mujeres que para los nuestros.
Los hombres tampoco escapan a esa realidad; en general, los fines de semana no se arreglan mucho, no se afeitan, porque dicen estar descansando. Se colocan esos jeans regalones, los mismos de siempre, y al final andan regios para todas las mujeres toda la semana y para la propia son un desastre.
Además, cuando llegué a casa, todos me encontraron como descansada y la comunicación fue muy distinta a la de todos los días; el ambiente fue más grato que cuando uno llega con cara demacrada, heroica y sufrida.
Reconozco que no debe ser fácil hacer esto todo los días, yo no he sido lo consistente que quisiera tampoco, pero estoy convencida de que casi todas las cosas son un tema de actitud y al final volvemos a la palabra que siempre termino por mencionar y estoy segura que será la palabra del siglo XXI: fuerza de voluntad.
Parece que todo lo que cuesta, lo que pule y raspa el alma, lo que se centra en los demás, y no en nosotros mismos, es lo que nos hace crecer y ser mejores personas todos los días. Es desde ahí donde el auto cuidado adquiere un sentido distinto, porque no solo se debe producir porque a nosotros mismos nos hace bien cuidarnos, sino también porque los demás terminan por recibir lo mejor de nosotros.
Es raro pensar que hay que arreglarse para estar dentro de la casa; con esto evidentemente no estoy diciendo que hay que andar de taco y muy producida, pero sí creo, firmemente, que el andar linda para los que amamos, produce mejores cosas que el que nos vean muchas veces de buzo, incluso con el cabello sucio, total, “estamos en la casa”. Esa es la frase que, de alguna manera, tenemos que erradicar de nuestro lenguaje. Estar en la casa con los que amamos, sin duda, es lo más importante.
A lo mejor alguno de ustedes, hombres o mujeres, toma esta reflexión y puede apreciar la maravilla de aprender en detalles a cuidar lo que pasa puertas adentro y no solo preocuparnos de lo que pasa afuera de ellas.