Andrés Sabella reconocía a Juan López como el primer poblador de nuestra ciudad. Como tal, le dedicó el poema “Fundación de Antofagasta”, que en una de sus estrofas dice:
“Juan López –el Chango- /mojó su corazón en estas olas...
Armó una carpa / en cuya puerta se detuvo el sol.
Llegó a disputar al cobre sus enigmas,
a sembrar calles / y acomodar la tarde a su ventana”.
Además, le dedicó el Cuadernillo Hacia N° 94, publicado el 7 de noviembre de 1980, en que publicó el “Memorial de Juan López”, un escrito que el llamado “Chango” López envió a Bolivia, reclamando por su reconocimiento como descubridor de las guaneras de Mejillones.
Nuevamente el Duende Mágico: frente a la Plaza encuentro a una anciana señora que trae una rosa roja en su mano. Ella me sonríe. “Que linda flor lleva”, le digo. Ella me dice: “Son de mi jardín. Tome, señora, para que la acompañe” y la deposita en mis manos. Inexplicable gesto amistoso. Llego al museo, ubicado en una hermosísima y antigua construcción. A la encargada del archivo le planteo que vengo de Antofagasta a buscar un documento referente a Juan López. Me entrega una hoja, diciendo: “Esto es lo único que hay, sáquele fotocopia”. Con una emoción increíble, sintiéndome privilegiada y acompañada por Andrés, leo el documento: es un certificado de matrimonio del año 1851. Allí claramente se lee Juan López “Natural de Quillota, domiciliado en Copiapó,” y a continuación un dato que no teníamos: “hijo de José López y de Rosario Alfaro”. Y el “Chango” López, de quien solo teníamos su nombre, Juan López, por virtud de este documento oficial recupera su segundo apellido: Alfaro.
La historia dice que Juan López era casado con una viuda. Este certificado de matrimonio ratifica lo dicho: se casó, hace 162 años, con Carmen Zabala, viuda.
Emocionada, pensando en este privilegio y con la hermosa rosa en mi mano, sigo la otra pista: el Cementerio Municipal de Quillota, pese a que, en una “Linterna de Papel”, de 1968, Andrés afirma:
“Juan López no murió, no morirá nunca, solo anda desaparecido, de leyenda en leyenda, suspendido por las viejas cordelerías del mito”.
A la encargada de la administración le explico que busco indicios del lugar de entierro de Juan López. Ella me mira y me dice. “Juan López, igual que la playa de Antofagasta”. Con mucha extrañeza le digo “Sí, ¿usted la conoce?”. “Por supuesto, me dice. Mi hermano vive allá”. “El nombre de esta playa es un homenaje al primer poblador de Antofagasta”, digo. ¿Otra coincidencia o es el Duende Mágico que facilita el camino? Solo cuentan con libros a contar de 1873. Me entrega un libro inmenso, añoso y forrado en género: “Libro de registro N° 1, de 1873 a 1896”. Reviso y anoto todos los López que aparecen. Lo más cercano que encuentro es Juana López, una pequeña de cinco años, y Juan Martin López, agricultor.
Un funcionario del cementerio me mira con mucha curiosidad, hasta que me dice: “Señora, usted debe estar muy ansiosa”. Yo, con una sonrisa, le digo: “¿Tanto se nota?” “Me imagino, me dice, porque yo estoy terriblemente ansioso, esperando que usted grite ¡Lo encontré! ¡Lo encontré! Y allí, señora, la voy a abrazar y me voy a poner a saltar con usted”. La rosa descansa junto a mi cartera.
Lamentablemente, el reloj marca las 17:30, hora de cierre de la oficina. No encuentro nada. Debo abandonar la búsqueda y parte de mi alma se queda allí, con el anhelo de continuar buscando. Me dirijo a una alta escalera que lleva al cementerio antiguo. Después de observar varias tumbas, encuentro un ángel de yeso y en él deposito la rosa roja, con una oración en memoria de Juan López Alfaro.