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Entrevistas

EDICIÓN | Julio 2013

La energía de un soñador

Carlos Espinosa
La energía de un soñador

Lo conocen en todo el mundo por el atrapanieblas, uno de esos inventos que al describirse suena tan lógico que uno dice “se me hubiera ocurrido a mí”. Y es que este científico es una especie de traductor de la naturaleza, la que puede observar por horas y a la que pone atención para buscar respuestas, pues para él, todos los problemas de la humanidad tienen una solución que está al alcance de la mano. Solo debemos saber buscarla.

por Claudia Zazzali C. / fotografía Andrés Gutiérrez V.

Estamos en su casa en una tarde fría, tomando tecito comiendo pan con mermelada. Su hija viene llegando de viaje, para acompañarlo en la ceremonia en que le harán entrega de su investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad Católica del Norte.

Y entre anécdotas de infancia y comentarios de lo cambiado que está el clima en la ciudad, Carlos Espinosa me explica, con peras y manzanas, la importancia que tiene el litio para nuestro futuro como país. “Sirve para hacer baterías”, comento por repetir algo que escuché en las noticias. Con dos o tres frases de Espinosa, entendí que es mucho más que eso y que es precisamente la ignorancia que existe sobre el tema, lo que permite que en el mundo se negocie con una materia prima que nos pertenece.

“El Litio 6, isótopo del litio, es la base de la producción de Hidrógeno 3, combustible nuclear que puede resolver el problema energético mundial y que hasta ahora ha servido exclusivamente para las ojivas atómicas”, especifica el científico. Una prueba de esto es la difusión del experimento “Iter” (International Thermonuclear Experimental Reactor), un reactor nuclear en base al Litio 6, cuyo objetivo es generar energía eléctrica.

No puedo creer que seamos tan ingenuos como país y que nadie hable del tema. Ahora es cuando las autoridades deberían saltar de sus sillas y hacer algo, pienso, mientras sigo abrigándome con el tecito.

 

NIÑO CURIOSO

Cuando era un niño se interesaba en todo lo que fuera “raro”. Yo tendría siete años y pasábamos los veranos en María Elena, que estaba en plena actividad como oficina salitrera. Como el sol era tremendo, con mi pandilla madrugábamos para evitar acalorarnos tanto. Salíamos a oscuras, a escondidas de las mamás. Una mañana vimos una capa de algodón que cubría la pampa y corrimos a sacarla. Y corríamos y corríamos y no la alcanzábamos y de repente, salió el sol y desapareció el algodón. Yo llegué y le pregunté a mis tíos y me explicaron que esa es la camanchaca”.

¡Fue su primer descubrimiento!
Fue como mi eureka personal. La palabra camanchaca no no me decía nada y solo era sinónimo de desaparecer un manto de algodones en el desierto. Suena todo muy literario porque finalmente era una nube que aprovechaba de acercarse a la tierra. En la costa y las ciudades, las nubes las ves arriba, en el cielo, pero en la pampa... allá pasan a ras del suelo.
 
¿Ese momento lo marcó?
Definitivamente, porque evidenció una característica de mi personalidad. Si bien a todos los niños nos llamó la atención el fenómeno que habíamos visto, yo fui el único que pregunté y busqué más información. Necesitaba encontrar una explicación que me dejara tranquilo. Años después, además de entender lo que ocurría, pude darle una utilidad concreta para el aprovechamiento de las aguas.
 
¿Volvió a la pampa?
A los dieciocho años fui obrero en María Elena. Fue una especie de aventura que viví, porque quería juntar plata e irme a la universidad. Yo era bachiller en matemática, que era un honor muy grande. Todos mis compañeros de bachillerato se fueron a la universidad, menos yo, porque en ese entonces mi padre perdió sus piernas por una enfermedad. Me fui a trabajar con la sana intención de juntar plata e irme a estudiar después, pero no tenía idea de lo que era trabajar en la pampa, hice el ridículo. Aunque al principio me costó mucho ser aceptado, como era bueno para las matemáticas, los conquisté ayudándolos con las cuentas. Fue una linda experiencia. Después, me fui a la universidad.
 
¿Qué quería estudiar?
La verdad es que el azar influyó mucho. Mi campo eran las matemáticas, pero lo que necesitaba el país eran profesores de física. Me dieron hasta una beca, pero de todas maneras era difícil mantenerse. Gracias a mis hermanas pude completar mi carrera porque me ayudaron en lo económico y en lo emocional. Somos ocho hermanos y yo, el único hombre, tuve muchos privilegios y una vida muy feliz, a pesar de muchas circunstancias por momentos adversas.
 
 
LA UNIVERSIDAD
 
Antes de titularse, Carlos se casó con su primera señora, “que falleció hace tiempo” y con quien tuvo siete hijos, de los cuales sobreviven cuatro. Y a pesar de lo tristes que suenan estos datos, Carlos toma sus recuerdos como parte de su vida. Fue una época que marcó su trayectoria en todo aspecto, pues comenzó la creación de la Universidad del Norte.
 
“Antofagasta no tenía universidad, había que ir a Santiago en tren, el viaje duraba tres días y dos noches, era muy duro. La ciudad requería tener una universidad, y yo cooperé como muchos otros antofagastinos. Ayudé en lo que pude y colaboré con investigaciones que resultaron en cosas bien interesantes, como el atrapanieblas del tipo macrodiamante. Si bien el invento es mío, esto es resultado de un trabajo en equipo muy interesante”, nos cuenta Carlos.
 
“Luego me contrató la Universidad de Chile ymefuiaSantiago,metidoahíentrepuros ingenieros y físicos. Fue en ese tiempo en que empecé a darme cuenta de la importancia del litio para el futuro del país. En ese tiempo venían investigadores de otras partes del mundo y fui atando cabos y entendiendo que lo de ellos no era mera curiosidad científica”, señala.
 
¿Le daba un poco de miedo?
Es que no es miedo la palabra. Es una especie de angustia por no tener los medios para que las investigaciones que hemos publicado lleguen a la comunidad de manera masiva. Deberían estar las autoridades informadas y saber si tienen una postura al respecto. La gente debe entender al menos algo del tema para que elabore su propia opinión.
 
Han pasado varios años desde sus investigaciones, ¿es la perseverancia una de las características de un hombre de ciencia?
De todas maneras. Aunque lo que influye mucho ahí es la formación del hogar. Yo tuve la suerte de que mi madre fuera profesora normalista y mi padre telegrafista, que en ese tiempo
era como la estrella del pueblo, el hombre de las noticias. Ellos y mis tíos me motivaban siempre. Fueron los hermanos de mi madre los que me pusieron en el colegio San Luis, aunque yo estaba estudiando en la escuela pública. Me tocó la crisis del año veintinueve y me cambié al Liceo de Hombres, con muy buenos profesores. Uno se da cuenta de que ha tenido suerte, los padres, los profesores y las circunstancias, el hecho de que estallara laSegundaGuerraMundialcuandoeraniño... pude ver cómo la gente sacaba el motor de los autos y los amarraba a caballos. Eran unas carretas modernas por falta de combustible. Esas cosas lo marcan a uno y luego, lo hacen reflexionar: ¿debemos depender para siempre de los combustibles fósiles?
 
Todo lo que observó, finalmente lo investigó....
Es que no me gustaba quedarme con dudas respecto a los temas. Yo era fanático para leer, yo leía todo. En vacaciones, en vez de salir, me quedaba leyendo. Fue una costumbre que adquirí una vez que me enfermé. Era un niño muy inquieto de nueve o diez años y en ese tiempo lo dejaban acostado seis días a uno, por un simple resfrío y me escondían la ropa para que no me levantara a jugar. No había televisión, no había radio, y mi padre me pasó un libro de lujo que consiguió en una biblioteca. Era La Ilíada. Al final se acabó el resfrío, se acabaron las vacaciones y entré al colegio con ese bichito de la lectura.
 
Pero La Ilíada ¡tremendo primer libro!
Es de aventuras y mi padre lo eligió porque la edición era bellísima y no se equivocó porque llamó mi atención. Después me tocaron otras coincidencias. Fui muy buen deportista. Jugaba básquetbol y hasta fui seleccionado de Chile, lo que me permitió viajar harto. En esos viajes con gente joven uno aprende mucho y vive muchas experiencias. Una vez casi nos volcamos por culpa de la neblina...
 
Como que la camanchaca lo seguía...
Parece que la naturaleza me mandaba señales. Después de mucho tiempo, la camanchaca resultó ser un aporte para la sociedad. La patente de ese invento, llamado el Atrapanieblas, está hoy en manos de la UNESCO, entidad que nos apoyó con el dinero para seguir mejorándolo. En Chile es muy utilizado y en países como Canadá incluso ha recibido grandes reconocimientos.
 
¿Cómo funciona?
Es un pedestal metálico en que hay un gran marco con una malla plástica que facilita la condensación de la neblina. Así se capta el agua, la que se junta en un estanque colector. Es bien sencillo, pero soluciona un problema que es común para todos: el agua. Lo interesante es que en el proceso, se obtiene agua casi ciento por ciento pura.
 
¿Uno podría tomar esa agua y no pasa nada?
Se hizo un experimento en La Serena con treinta trabajadores que durante un mes tomaron agua nada más que de la camanchaca, ninguno se enfermó y todos quedaron contentos. Para la diálisis el agua potable no sirve, hay que quitarle hasta el último contaminante que tiene y eso es muy caro. De la niebla sale agua apta para diálisis y nosotros no teníamos idea. Fueron etapas de perfeccionamiento que se mantienen por treinta años.
 
¿Sigue participando de estas investigaciones?
Lo que me mueve hoy es difundir el tema del litio. Si nos enfocamos en lo positivo de este material, podemos lograr soluciones para temas mundiales que los mismos seres humanos nos creamos. La naturaleza nos entrega las respuestas, pero debemos estar atentos para escucharla.

 

 

“Después de mucho tiempo, la camanchaca resultó ser un aporte para la sociedad. La patente de ese invento, llamado el Atrapanieblas, está hoy en manos de la UNESCO, entidad que nos apoyó con el dinero para seguir mejorándolo. En Chile es muy utilizado y en países como Canadá incluso ha recibido grandes reconocimientos”.

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