Las guerras suelen terminar cuando se suscriben los tratados, que sellan la suerte de vencedores
y vencidos en términos acordados, poniéndose fin a las acciones bélicas. Entre Perú y Chile en la Guerra del Pacífico, después del Tratado de Ancón de 1883 debió acontecer así. Eso de no mediar dos variables que significarán una insólita prórroga del litigio y de formas violentas, pese a hallarse establecida “la paz”.
El artículo tercero de ese tratado sujetó a un plebiscito, que se realizaría diez años después, la soberanía definitiva de la Provincia de Tacna, con sus departamentos de Arica y Tacna (más Tarata), tiempo en que ese territorio estaría bajo administración chilena. La acción de los Estados chileno y peruano fue redituar el conflicto, por imponerse en el plebiscito, el que pasó de los campos de batalla a las “obras de progreso”, a los periódicos, escuelas y a las iglesias, en una confrontación distinta, pero cruenta al fin y al cabo, donde defensores e intervencionistas eran resaltados como “héroes”, rotulándose al intendente de Tacna, Máximo Lira, como “el chilenizador de las cautivas”; o la labor del general Vicente del Solar: ... “Que con el aplauso del país entero ha iniciado la verdadera chilenización de Tacna i Arica”; aconteciendo igual con profesores y clero peruano que desde aula y púlpito pregonaban los derechos de ese país.
Mientras, en Tarapacá, la vida cotidiana y la industria del salitre se desarrollaban tal cual como antes de la guerra, con importante porcentaje de residentes y trabajadores peruanos. Hasta que las tensiones que venían creciendo estallan en 1911, en que en ambas provincias comienzan a actuar las Ligas Patrióticas, con denominaciones como la “Mano Negra”, “Mazorqueros”, “Nativos”, “Cowboys” o las Ligas de Tacna y de Tarapacá, las que marcaron con cruces las casas de peruanos, destruyeron e incendiaron sus clubes e imprentas, intimidaron y actuaron más allá de cualquier principio o ley, ante un Estado que nunca hizo ni quiso hacer lo suficiente para detenerles.
Las ligas paseaban por las calles principales realizando sus meetings, mientras los guardianes protegían los clubes y centros sociales peruanos. Hasta que llegaba la noche, con el anonimato e impunidad de la oscuridad, donde los establecimientos eran destruidos y los residentes peruanos arrojados a los vapores que les llevarían al Perú, habiendo perdido o vendido a bajo precio sus propiedades y bienes.
Entre tanta nota histórica, queda una que retrata el proceso de remplazo en las salitreras. Es una noticia, de ese mismo 1911, que anuncia la llegada del vapor Viking a Iquique trayendo a enganchados (campesinos captados) y sus familias a trabajar en la pampa, agregando a la vez este mismo barco llevó antes a varias centenas de trabajadores peruanos a Mollendo y Callao.
Las tensiones continuarán durante la década siguiente y solo el Tratado de 1929 logrará apaciguar esta otra contienda, que siguió más allá de la guerra.