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Entrevistas

EDICIÓN | Julio 2013

“Yo me realizo sirviendo”

Octavio Enríquez, vicerrector UNAB
“Yo me realizo sirviendo”

Una vida marcada por su liderazgo y participación en cuanta agrupación pudiera ser útil, forjaron una carrera llena de reconocimientos de colegas, alumnos y comunidad, y desembocaron en que hoy esté a la cabeza de un proyecto educativo que busca, cómo no, ser un aporte concreto a la sociedad. 

por Monserrat Quezada L. / fotografía Sonja San Martín D.

De su muro cuelgan distinciones que lo llenan de orgullo: de la Academia de Medicina, del Instituto de Chile, de la Federación Panamericana de Facultades de Medicina por su contribución al desarrollo de la educación médica, y el premio al Académico Destacado de la Asociación de Estudiantes de Medicina de Chile, entre otros. Pero hay uno que no lleva diploma y que delata su calidad humana: el haber sido el propulsor del reencuentro de sus compañeros de la universidad, aun cuando como curso también hubieran sentido las divisiones que vivió el país en la década del setenta.
 
 
ARRAIGO PENQUISTA
 
Octavio Enríquez Lorca nació en Concepción en el año 1952. Estudió desde pequeño en la Alianza Francesa hasta el tercer año humanidades y posteriormente en el Colegio Concepción. “Por eso tengo una formación bastante sólida, muy centrada en los valores humanistas, republicanos, fraternales, laicos. Además conservo amistades que se crearon esos años, hasta el día de hoy, de ambos colegios”.
 
Una vez egresado de enseñanza media, él tenía claro su camino: “Mi padre era médico cirujano, profesor de la UdeC, entonces nunca pensé en otra carrera ni irme a otra ciudad. No había razón para irse. Soy de acá, acá me siento cómodo”.
 
Durante sus años universitarios mantuvo una excelente relación con sus compañeros, siendo elegido delegado por el tiempo que duró la carrera y, posteriormente, ha sido el convocante de las reuniones que llevan a cabo cada cinco años. “Cuando se cumplieron dos décadas de egresados nos juntamos como ochenta y cinco personas de todo Chile y el extranjero. Eso fue un evento bien importante y se produjo la integración y el reencuentro post divisiones políticas, en una noche de catarsis. Mis compañeros me hicieron notar que tuve mucho que ver con facilitar ese proceso, lo que fue muy emocionante”.
 
Cuando tuvo que elegir la especialidad, estaba inclinado por medicina interna y ya le habían ofrecido un puesto académico por su destacada gestión como delegado y su buen desempeño como alumno. Finalmente, optó por cirugía, pero le mantuvieron la oferta para ser docente. “Inicié el año setenta y siete mi formación como cirujano y mi carrera académica como instructor, la que se mantiene hasta la fecha”.
 
Durante los primeros años estuvo obsesionado con ser el mejor especialista para servir de la mejor manera y, por esa razón, complementó sus estudios con dos años de formación como cirujano cardiovascular en Francia, gracias a un convenio con el gobierno de ese país. “Allá hice muchos amigos de distintas nacionalidades y trabajamos arduamente”
 
¿Cómo se gestó su designación como decano de la Facultad de Medicina de la UdeC?
El año noventa, el decano me ofreció ser director de posgrado y dos años más tarde, me propuso ser vicedecano. A mí me había gustado la ges- tión académica y, más importante aún, mi trabajo les había gustado a quienes yo servía —otros profesores, estudiantes, etc.—, así que acepté. Ejercí ese cargo por tres períodos, hasta el noventa y nueve. Después sentí que ya era hora de presentarme a la elección de decanato y gané por amplia mayoría, lo que fue muy reconfortante. Ahí empezó la historia y colgué el delantal para dedicarme ciento por ciento a eso.
 
En ese puesto también estuvo durante tres gratificantes períodos, donde cumplió las metas propuestas, y luego sintió que era hora del recambio. “Yo tenía otras inquietudes y, además, pensaba que era bueno para una institución que los sueños de otros también se expresaran y existía la suficiente cantidad de personas que podían hacerlo bien”.
 
Durante ese periodo también se convirtió en presidente de la Asociación de Facultades de Medicina de Chile, cargo que ejerció por seis años, gracias a lo cual fue invitado a ingresar a la selectiva Academia de Medicina.
Posteriormente, el 2008, se desempeñó como vicepresidente nacional del Colegio Médico. 
 
“Me había articulado bien con ellos cuando estaba en la ASOFAMECH, y encontraba que era un espacio transversal muy potente para relacionarse con los estamentos de salud y educación y cambiar algunas cosas en el país. Estuve en la vicepresidencia tres años, y como presidente del Departamento de Formación y Acreditación desde el 2008 a la fecha”.
 
¿Y su cargo como vicerrector de la UNAB?
No fue premeditado tampoco. Cuando terminé mis funciones en la UdeC, no quería asumir ningún cargo para darme un espacio para servir en el colegio médico, hacer asesorías, escribir un poco, trabajar en el proyecto de la Clínica Universitaria, de la que había sido uno de los impulsores. En el 2011, Pedro Uribe me propuso que asesorara a la sede en la consolidación del área de la salud, y acepté. A los pocos meses tenía un diagnóstico y una propuesta y el, que era vicerrector de esa época, me dijo que quería volver a ejercer su profesión y que era probable que su puesto me lo ofrecieran a mí y así fue. No dudé en aceptar porque conocía la institución y era muy atractivo poder desarrollar un proyecto nuevo, que además fuera global, y pensé que podía colaborar en darle un nuevo impulso y concretar algunas cosas que están en mis propios sueños, mis propias visiones.
 
¿Cómo ha sido hasta el momento?
Ha sido un periodo feliz, en el que hemos logrado varias cosas, como la apertura de carreras nuevas, la creación de un centro de educación en ciencias de la salud, programas de posgrado, convenios, etc. Pero lo más interesante es que se ha producido una cohesión de la comunidad. Desde el principio, planteé la importancia de que no estuviera dispersa para que le diéramos identidad de campus, porque es lo que le da sentido de pertenencia a todos.
 
¿Qué proyectos hay para el futuro en la UNAB?
Hay lineamientos estratégicos específicos para la sede que están en plena ejecución. También estamos enfocados en la renovación de algunas áreas, como la educación continua que pienso que es un nicho que necesita desarrollarse mucho más y acá tenemos una serie de oportunidades para hacerlo. Otro acento es la vinculación con el medio, la pertinencia social del quehacer universitario. El ser universitario no es perseguir un fin en sí mismo y mirarse el ombligo, es servir a la sociedad en la que uno está inserto y creo que eso lo estamos haciendo cada día más y mejor. Por ejemplo, este año hemos propiciado un programa de charlas desde rectoría, y nos han visitado los dos abogados defensores de Chile en La Haya; un profesor norteamericano y uno de la Católica de Temuco para hablar de integración de minorías étnicas; Pedro Rosso, Benito Barros y Enrique Montenegro, para hablar de calidad de educación, insuficiencia de los sistemas de salud y otras temáticas que tienen que ver con problemas reales. Yo creo que las propuestas que pueden surgir desde el seno de una institución como esta, donde lo principal es pensar, puede ser un aporte importante.
 
 
LADO B
 
La madre de Octavio Enríquez fue concertista en piano, y la primera directora del Instituto de Música de Concepción. Esa vertiente también la desarrolló el médico, y se empezó a manifestar en su adolescencia. “Mi dormitorio era prácticamente una sala de música, donde había pentagramas, instrumentos. Estaba en un ambiente de ese tipo. Así que el año sesenta y seis armamos el primer conjunto musical del colegio francés. En esa banda yo tocaba guitarra y nos presentaron como ‘Los coléricos del tercer año’. Tocábamos rock and roll principalmente”.
 
Además de la música, mencionó que cuando dejó de ser decano, quería escribir...
Sí, y no he abandonado esa idea. He escrito monografías sobre historia de la ASOFAMECH, y cosas de ese estilo. Me he visto tentado por escribir textos relacionados con la educación y la salud, lo que ha sido mi vida profesional, pero también me interesan miradas más holísticas, transversales, sobre la sociedad chilena y cuestiones un poco más lúdicas. De hecho, he pensado en escribir un libro de cuentos cortos, ficción, fundado en mis vivencias. No lo tengo resuelto.
 
¿Qué otras aficiones tiene?
La música la llevo en el alma, y también me gusta mucho leer, sobre todo temáticas sociales. Me gusta La lógica de lo viviente de Francois Jacob, y El azar y la necesidad de Jaques Monod, escritos por dos premios Nobel de medicina. Lo que me marcó es que no son textos científicos, sino que tratan de sacar una derivada filosófica de una parada frente a la vida a partir de los conocimientos que el desarrollo de la biología moderna te aportaba.
 
Es un poco como ha sido su vida, ¿no? Partió con una formación científica, pero al final se fue a lo humanista, al aporte que podía hacer a la sociedad desde su ámbito.
Sí. Tengo una vocación de servicio humanista y un pensamiento social muy marcados. Lo adquirí en mi casa, porque mi papá fue una persona excepcional y tuvo esa impronta en su vida. Fue un cirujano exitoso, pero participaba en una serie de instituciones de servicio y en todas con una dedicación plena. Eso me llamaba la atención y yo he seguido ese esquema porque creo que uno está aquí para eso. Yo me realizo sirviendo, y tratando de ser congruente entre el pensar, el sentir, y el actuar. Uno se puede equivocar, claramente, pero lo ideal es equivocarse poco (risas).

 

 

“El Colegio Médico es un espacio transversal muy potente para relacionarse con los estamentos de salud y educación y cambiar algunas cosas en el país”.

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