Partió hace doce años con un local chico donde atendía a sesenta personas. Hoy tiene ochocientos metros cuadros y los domingos sienta a la mesa a más de cuatrocientos cincuenta comensales. C Su manera de darse a conocer: el boca a boca.
por Carolina Vodanovic G. / fotografía Andrea Barceló A.
Como buen paisano es grandilocuente. Grita por los rincones de su local, va dando órdenes, pide que cambien las ampolletas del baño, que se acuerden de los vinos de la nueva carta…pero nunca olvida la sonrisa. Sus empleados lo quieren, hoy ya suman más de setenta, y él se define como “un buen patrón de fundo, con corazón de abuelita”.
Hijo de inmigrantes árabes, lo suyo no fueron las telas. En algún momento se dedicó a ello junto a sus hermanos, pero rápidamente derivó a la cocina, al restaurante, pasión que lo acompaña desde niño. “Mi madre cocina espectacular y desde chico comí rico y quise deleitar a mis invitados con buena comida y una excelente atención. Tal como los atiendo en mi casa, quiero que sean atendidos en mi local”, asegura.
Hace catorce años montó en la zona una pizzería, la Re-Pizza y dos años más tarde el primer Establo. Era un local pequeño y a poco andar lo invitaron a cambiarse de lugar y poner un restaurante más grande. Hoy son ochocientos metros cuadros, incluido el espacio de juegos infantiles, y tiene setenta mesas en las cuales distribuye a cuatrocientos cincuenta personas un domingo cualquiera.
Paralelo a El Establo tuvo durante siete años un café en la zona, el Emporio Canela, y un restaurante más elegante Mal de Amores, que no funcionó como esperaba, porque se trataba de una apuesta muy elevada para la zona. Hace un año y medio lo vendió.
“Desde chico me gustó mucho la cocina, nunca pensé estudiar esto, soy completamente autodidacta, ni siquiera he hecho un curso”, cuenta orgulloso Roberto. Asegura que cada domingo deja los números y se instala en la cocina del restaurante junto a su señora Carolina Correa. Ella sí estudió gastronomía y desde que se casaron, hace siete meses, no han dejado de estar juntos, no solo en la casa sino también en el restaurante.
“Hace algún tiempo me cambié de casa y el cambio no solo incluyó la propiedad, sino una linda vecina que, al pasar de los meses, se convirtió en mi señora”, cuenta enamorado. Carolina hoy supervisa la atención en el salón y controla la calidad en la cocina, ayudando codo a codo a Roberto quien, entre risas, confiesa que “ahora hay dos opiniones, le pregunto qué opina, pero hago lo que yo quiero”.
“El Establo no es solo un restaurante, es un punto de encuentro para los chicureanos y muchos santiaguinos que, cada viernes, se reúnen desde hace siete años en torno a un micrófono de karaoke”.