por Carolina Vodanovic G. / fotografía Andrea Barceló A.
Siempre supo que lo suyo era ser independiente .En su familia solo hay empresarios y desde niño fue con su padre a trabajar a la fábrica de telas que este tenía en calle San Eugenio.
Daniel Daccarett, ingeniero comercial de la Universidad de Chile, apostó por el emprendimiento cuando el término todavía no estaba de moda y trabajó por sus sueños con esfuerzo y perseverancia, dos conceptos que, para su gusto, son la clave del éxito.
Hoy es el fundador y director comercial de Globe, un holding de vending que lleva más de veinte años a cargo de las máquinas expendedoras de bebidas, alimentos, tarjetas de prepago BIP, boletos de metro y medicamentos, entre muchos otros servicios. Además, creó un fondo de inversiones y hace tres años lanzó al mercado Producto Protegido, un servicio que permite asegurar los bienes contra posibles robos. Sus negocios suman y siguen y, desde su posición de fundador o socio, aporta el know how e invita a otros a atreverse a emprender, aunque asegura que se debe ser cauto con el llamado.
“Cuando empecé tenía las típicas dudas de si estaba haciéndolo bien o mal porque todos mis compañeros estaban en la banca, en empresas grandes, los veía de chaqueta y corbata y yo con un montón deinterrogantes. En ese tiempo no era taquilla ser emprendedor, es más, no existía la palabra. Era el que botó la ola, al que no le resultó, el que no quedó en el banco, el que no pasó el Test de Rorschach, pero yo estaba súper entretenido con mi trabajo”, asegura.
El éxito no llegó de un día para otro. Daniel partió, en 1993, vendiendo balanzas electrónicas. A medio andar, se aprobó una ley de tipificación de carne que obligaba a imprimir un ticket con el tipo de corte que se estaba vendiendo. Y sus balanzas hacían eso. “Empecé a venderlas a todos los carniceros. En ese momento me asocié con don Domingo Castaño —dueño de las panaderías Castaño—, quien me acogió dentro de su negocio. Teníamos una pequeña oficina para las balanzas. Siempre estuve bajo su alero, él fue mi mentor, me enseñó muchísimo”, cuenta.
Y de las balanzas de carne derivó a las balanzas para farmacias. Trajo desde España las pesas en las que uno se para y dicen la altura, el peso y la presión y que además imprimen la información. Las vendía a buen precio y los locales recuperaban la inversión en uno o dos meses, como máximo.
¿Siempre fuiste bueno para hacer negocios?
Sí, recuerdo que desde niño siempre hice negocios. En la época del colegio me instalaba en todas las ferias que había, incluso vendía juguetes de un pololo de mi hermana en el estacionamiento de mi papá.
Ni siquiera su luna de miel con María Paz Lioi, en 1995, estuvo exenta de trabajo. Cuando fue a llamar a sus papás, se encontró con un teléfono al que había que colocarle monedas para poder comunicarse. “Era como un bototo ortopédico bien ordinario. Miré la marca, anoté el teléfono y llamé a un gringo con oficina en Nueva York. Volamos para allá y me dio la distribución para Chile. Fue así como empecé a vender teléfonos públicos en los kioscos”, dice Daniel. Y de estos derivó a unos más inteligentes cuando llegó el multicarrier.
“Viajando y viajando me tocó ir a una feria y vi unas máquinas para vender tarjetas de prepago telefónico. Era 1999 y el maestro Faúndez anunciaba El que llama paga. Empecé a traerlas y a vendérselas a los operadores móviles”, cuenta Daniel. De ahí trajo máquinas para validar billetes, para vender Coca-Cola, para recargar tarjetas BIP y para expender boletos de Metro. Es en esta última empresa donde, además, está encargado de las boleterías, con más de mil cajeros en toda la red de Metro.
“Cuando empecé no era taquilla ser emprendedor, es más, no existía la palabra. Era el que botó la ola, al que no le resultó, el que no quedó en el banco, el que no pasó el Test de Rorschach”.