La urbanización del Santiago colonial se forjó siguiendo su recorrido y se destruyó varias veces bajo la furia de sus crecidas. Residencia de marginales y gaviotas en el siglo XX, símbolo de
modernidad e infraestructura en el XVIII y XIX, suelo de recreación, riego, música y carreras de animales, desde su fundación; las aguas terrosas del Mapocho acompañan a la ciudad también en los 2000, a veces, dando valor al entorno, a veces, aisladas por rejas y cemento.
Alguna vez este torrente fue temido por la crecida de sus aguas, como en 1544 o 1588, en que uno de sus desbordes inundó la naciente urbe y se llevó personas, cultivos, viviendas y enseres. Otras veces, el olor a desagüe que despedía su cauce nos recordaba el inexistente afecto de que gozaba, con aguas servidas —generadas en la privacidad— que corrían indolentes, en el espacio público. No faltó quien también suspirara por la falta de charme del entorno, puesto que en sus orillas no se veían embarcaderos, cafés o museos, como ocurre en el Sena de París o el Calle-Calle de Valdivia.
Quizás por eso se ha luchado contra el Mapocho: por encauzarlo, aclarar su color y desodorizarlo.
La fisonomía de nuestro río es torrentosa, con un volumen que varía mucho según la temporada, las lluvias o los deshielos. O sea, todo lo contrario a los calmos ejemplos anteriores. Por eso, se ha utilizado desde hace unos dos mil años y hasta el día de hoy como fuente de riego. Claro que cuando llegan los primeros habitantes al valle que hoy es Santiago, el Mapocho no estaba canalizado, circulaba un poco más al sur y se abría en varios brazos, generando verdaderas islas en sus momentos de crecidas. Recolectores, el imperio Inca y posteriormente los conquistadores españoles encontraron en sus orillas un lugar apto para instalarse, según consigna la publicación Mapocho torrente urbano (2007).
Durante la Colonia, el río era parte de la ciudad y dividía el espacio entre la civilización y el campo. Al sur, el trazado de la ciudad según el sistema de “damero”, planificado, geométrico; el esparcimiento juvenil, las caminatas familiares, música e incluso peleas de gallo. Hacia el norte, la denominada “Chimba”, el espacio donde se soltaba un tanto la estricta rienda hispana.
El siglo XVIII pilla al Mapocho como símbolo de una ciudad moderna, que luce orgullosa las dos obras de ingeniería más recordadas y admiradas para el periodo, los “atajamares”, o tajamares, y el puente Cal y Canto, ilustra el cronista Miguel Laborde en la publicación citada.
La relación de la ciudad con su accidente geográfico característico ha sido solucionada de diferentes formas. Algunas acogen al torrente, y por eso se pueden gozar románticas tardes contemplándolo en el Parque de las Esculturas (Providencia) o el Bicentenario (Vitacura); mientras que en otros sectores no es accesible a la vista, pues escurre tapado por basura, construcciones al borde del río o simplemente encajonado en cemento y rejas, en algunos tramos de las autopistas urbanas.
Lejos de los ocasionales rafting universitarios y una que otra trucha que se asomó por sus aguas, varias voces de comienzos de este siglo quieren hacer el revival. Desde el año pasado, y luego de cinco años de construcción, el proyecto “Mapocho Urbano Limpio”, eliminó las descargas sanitarias, transportándolas por un colector paralelo. También este año, se lanzaron las obras del “Mapocho 42K”, un ciclo parque que dará continuidad peatonal y ciclística a la ribera sur. Para 2014, en tanto, se espera la inauguración del “Parque Fluvial Renato Poblete”, que dotará nuevas áreas verdes y materializará una vieja aspiración: el río navegable, lo que se conseguiría con un sistema de esclusas y una laguna artificial.