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EDICIÓN | Julio 2013

Mosaico marroquí

Mezquita de Coquimbo

Es simplemente majestuosa. Emplazada en unon de los cerros porteños se ha transformado, no solo en un centro religioso y cultural, sino también en un importante atractivo arquitectónico-turístico que encanta a cualquiera que lo visite. Con seis años recién cumplidos, el Centro Mohamed VI —único con estilo marroquí en Sudamérica— se destaca por su minuciosa decoración, la que nos traslada al otro lado del mundo, convirtiéndose en uno de los atractivos más importantes de la región de Coquimbo. Los invito a conocerlo.

por Víctor Godoy J. / fotografía Patricio Salfate T.

Es imposible que pase desapercibida. Para quienes llegan a la ciudad de Coquimbo, es parte de la postal de bienvenida y, para los residentes, es un punto de referencia habitual. “Centro Islámico Mohamed VI para el Diálogo de las Civilizaciones” es su nombre original, pero para la mayoría es reconocida, más bien, como “La Mezquita”.

Su construcción comenzó el 2004 y contó con el cofinanciamiento del reino de Marruecos y del municipio coquimbano. En el 2006 culminó su edificación y un año después fue inaugurada.

Potenciar los intercambios culturales, cobijar el respeto por las religiones y convertir a esta ciudad en un polo turístico-religioso, fue el primer objetivo para crear este nuevo recinto. Ahora, junto a la ya levantada Cruz del Tercer Milenio, simbolizando al catolicismo, solo queda pendiente el proyecto para construir una sinagoga judía y representar en esta comuna a tres de las religiones más importantes del mundo.

Con elegancia, sobresale por sobre las techumbres y coloridas fachadas típicas del puerto, pero a nivel continental se distingue por ser el único centro de origen marroquí en América Latina. Ubicada en el Cerro Villa Dominante, resalta por su famoso “minarete” o también llamado “alminar”, que es la torre que acompaña a las mezquitas musulmanas. Esta es precisamente una réplica a escala de la mezquita Kutubia de la ciudad de Marrakech, en Marruecos.

Como representación de un símbolo de fe, la mezquita ocupa el lugar central en la arquitectura islámica. Desde siempre ha sido admirada, esencialmente, por la calidad de su construcción y su fina decoración y diseño, y cómo no, si cada rincón está cubierto por el arte de la repetición. Desde las alturas sobresale y, a la vez, contrasta con las edificaciones más contemporáneas que han ido surgiendo en la ciudad.

EN OBRA
 
Pese a que la comunidad musulmana no es masiva en la región de Coquimbo, este centro recibe comúnmente a cientos de visitantes. Setecientos veinte metros cuadrados tiene este espacio con una capacidad para ciento cincuenta personas. Junto al minarete y la mezquita, una biblioteca, un museo y una sala audiovisual dan vida a este recinto.
 
Ocho metros de roca componen el profundo cimiento. Está construido con materiales chilenos en base de hormigón armado. Encabezados por el arquitecto Faissal Cherradi, inspector de monumentos históricos y delegado del Ministerio de Cultura de Marruecos, cientos de trabajadores nacionales y marroquíes se encargaron de la obra que duró cerca de dos años.
 
Cabe destacar que no todo es una mezquita. La construcción tiene tres niveles. El primero, alberga una zona utilizada como sala de conferencias y biblioteca, en cuyos estantes se disponen libros con conocimientos que van más allá del ámbito local, principalmente árabe-islámicos. Mientras, en la parte exterior, una hermosa pileta de mármol da vida a la entrada principal.
 
En el segundo nivel está la mezquita. Allí encontramos el patio de abluciones, un lugar al aire libre que consta de aproximadamente cinco metros cuadrados que rodean una pequeña pileta con forma de estrella tartésica o de salomón, donde, según dice la tradición, los fieles se purifican antes de ingresar a orar. Este sitio siempre se encuentra lleno de zapatos, ya que es necesario entrar descalzos a las salas de oración.
 
Un templo más amplio, sostenido por pilares y arcos árabes, es la sala de oración de los hombres. A un costado y en un espacio rectangular mucho más pequeño, está la sala de oración de mujeres. A diferencia de la realidad musulmana, acá ambas áreas pueden ser utilizadas por ambos sexos. En cada una hay un “mihrad” o altar; una hornacina con un arco de
medio punto, es el lugar hacia donde miran los que oran, ya que indica la dirección en que está la Meca. La parte superior está compuesta de cuatro altas cúpulas que dan la sensación de amplitud al espacio.
 
El tercer nivel pertenece a un imponente minarete, una torre con medidas que equivalen a un edificio de quince pisos normales. Estos simbolizan los cielos a los que se debe ascender para llegar lo más cerca de Alá. Cada uno tiene una superficie de tres metros cuadrados, los que en un futuro próximo se convertirán en el museo del lugar.
 
DECORACIÓN ISLÁMICA
 
La madera y el yeso son los protagonistas. El raulí chileno se encarga de la parte interior y exterior de la biblioteca, mientras que el cedro, traído directamente de Marruecos, se apodera de los detalles con aromas importantes que inundan la mezquita hasta el día de hoy. Revestimientos y puertas altas y delgadas, donde se aprecian diseños curvos y rectos, son cubiertos por esta típica madera marroquí. Marca la diferencia el altar, el pequeño lugar más importante de la sala está cubierto por la nativa madera de mañío, casi como una forma de rendirle tributo a Chile.
 
Cada tallado junto a esos bellos y complejos mosaicos, fue confeccionado de manera totalmente artesanal por carpinteros y yeseros marroquíes, provenientes de la ciudad de Fez, quienes hicieron un intercambio cultural, técnico y de tradiciones con aquellos chilenos que compartieron y aprendieron de la construcción y decoración del lugar. Desde ahí, el Centro para el Diálogo de Civilizaciones ya cumplía su objetivo.
 
El yeso es la base de muchos de los diseños. Material chileno, al que solo se le aplicó agua, dejando los químicos de lado para que el secado fuese más lento y ayudase a que, después de un tiempo, se pudiese seguir manipulando, hasta lograr grandes e interesantes dibujos basados en la naturaleza y la geometría.
 
El secreto principal de su decoración es que “las manos son la principal y mejor herramienta”, comenta Claudio Bordones. Él es uno de los trabajadores chilenos que participó en la edificación, incluso viajó a Marruecos para conocer más de esa cultura y, actualmente, es el guía turístico del centro. Nos comenta que el proceso de construcción no fue fácil, “el idioma era la traba principal, pero de a poco fuimos comunicándonos por señas y nos entendimos. Rápidamente aprendimos a usar las gubias y sus técnicas decorativas”. Bordones también desarrolla un taller de yeso en estas dependencias.
 
En el patio colindante con la mezquita, una bella puerta tallada con diversas formas y en color natural, nos recibe. Estrellas y cuadrados de cerámica roja y azul, forman el piso. Destaca la dedicación para el diseño de la pileta, que en forma de estrella de ocho puntas, tiene bordes de mármol rosado y su interior está cubierto por flores de pequeños mosaicos verdes, rojos y blancos.
Adentro, un espacio para orar. Es solo una referencia de lo que es realmente al otro lado del mundo. Bellos y prolijos arabescos colorean los pilares y paredes dentro del templo. Los pisos están forrados por exclusivas alfombras de tonos burdeos, también importadas desde Marruecos.
 
En la parte superior, sublimes lámparas decoran el cielo, entregando brillo y elegancia. Una de las cosas que más llama la atención a los visitantes, es la carencia de imágenes y esculturas religiosas.
 
Pinturas con diseños caligráficos, vegetales y geométricos abundan en el cielo. Por dentro, las cúpulas resaltan con su obra de arte. Cada milimétrico segmento de diferentes matices hace una majestuosa composición. Estas cuatro partes superiores del templo representan las dinastías más importantes descendientes de Mahoma.
 
Después de subir más de cien escalones llegamos a lo más alto del minarete, la vista es privilegiada y el puerto de Coquimbo se aprecia en todo su esplendor, en trescientos sesenta grados. Este sector está construido en mampostería de piedra y mármol gris, blanco y rosado, con una iluminación que pasa de lo tenue a la claridad, gracias a las ventanas con vitrales de colores. Ligeras luces amarillas, rojas y azules inundan cada piso. Imposible no detenerse para contemplar la pasividad, el arte y un privilegiado panorama desde la altura.
 
Un templo abierto a todo público, derrumba el mito de muchos: el que las mujeres no puedan acceder a este lugar. Por eso, cientos de personas llegan a conocer, aprender y disfrutar de la hermosa vista del puerto. Otras, por ejemplo, pasan a orar, envueltos por la espiritualidad del templo, rezan a su dios.
 
En la actualidad, la misión del Centro Mohamed VI es dar a conocer la cultura árabe-islámica, a través de una nutrida agenda de actividades sociales, culturales y religiosas, todas gratuitas, que sin duda, propician el diálogo intercultural entre Chile y otras civilizaciones.

 

 

“Esta es, precisamente, una réplica a escala de la mezquita Kutubia de la ciudad de Marrakech, en Marruecos”.

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