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EDICIÓN | Octubre 2011

Profeta en su tierra

Juan Gallegos, palmerista
Profeta en su tierra

A los seis años subió por primera vez a una araucaria de cincuenta metros para buscar piñones, obteniendo su primer sueldo de cincuenta escudos. A los nueve, le ofrecieron mil escudos por limpiar su primera palmera, encontrándose con lo que sería su oficio de por vida. Ha recorrido el país desnudando troncos, quitando hojas secas y dejando a la vista la hermosura de esta planta. Fue invitado por Don Francisco a Sábados Gigantes Internacional. Ha sido grabado por documentalistas de varios países y hasta en las palmeras de Dubai copiaron su sello. Hoy, vive en La Serena y conversó con nosotros.

Por Laura Valdés P / fotografía Patricio Salfate T.

Juan de La Cruz Gallegos es de esos hombres cuya edad queda sin definirse en su rostro. Ojos pequeños, pero risueños, tras el marco cuadrado de sus lentes, pelo negro tomado en una cola y una larga y risada barba que cae hasta su pecho. No confiesa sus años, ya que su cuerpo delgado le sigue acompañando en agilidad. Al verlo de lejos, su silueta baja rápida treinta metros, descolgándose en una soga a vuelo de pájaro.

Viste overol azul, lleva un casco de seguridad y de su cinturón cuelgan algunas hachas y otras herramientas. Su voz pausada, va relatando una experiencia de vida que lo ha llevado a la meditación y a encontrar un camino donde le gusta estar más cerca del cielo que la tierra. Acostumbrado desde niño a trepar a los árboles de su Traiguén querido, en la novena región, a conocer las copas de los árboles, a sentir el olor de la lluvia impregnada en las ramas, no es de extrañar que decidiera dedicarse a un oficio casi desconocido, pero que a él lo satisface plenamente. "A veces me he quedado sentado en lo más alto de una palmera a contemplar el paisaje, te dejas llevar por el viento y te unes al tronco como si fueras parte de él, siendo tan flexible que ya no te importa el desplazamiento de seis metros de un lado hacia otro. No tienes miedos. Me siento seguro arriba", señala con una tranquilidad contagiosa.

<strong>Me decía que la primera vez que subió a una araucaria tenía seis años... ¿cómo lo dejaron?</strong><br /> Es que eran otros tiempos, estamos hablando de los años cuarenta. Nuestro abuelo era nuestro líder; ¡imagínese!, éramos un clan patriarcal muy grande, todos hombres. Nos preparaban para los grandes desafíos del futuro y esas fueron herramientas con las que camino hasta el día de hoy. Y en esa oportunidad necesitaban a alguien que subiera para recoger los piñones...

<strong>Pero eran cincuenta metros, ¿no tuvo miedo en algún momento?</strong><br /> Es que nos enseñaban a ser valientes desde niños, no nos enseñaron del temor ni del miedo. Los hombres no lloraban y había que trabajar. De hecho, ese fue primer sueldo. Me pagaron cincuenta escudos, que se los di a mi madre, que nos crió y se sacrificó para darnos una formación. Además, yo creo que nací para esto, para estar siempre allí arriba, porque tengo claro, desde que llegué a esta tierra, a qué vine.

<strong>¿Y a qué vino?</strong><br /> Vine a cumplir una misión, como todos vinimos a cumplir una en esta tierra. Yo vine a sembrar, no a cosechar. Entendí que la vida es lo más simple que hay. Es lo más tenue, leve y simple que tenemos. No tenemos que esperar la cosecha, si uno siembra también para que otros reciban.

<strong>¿Y cómo fue que se especializó en las palmeras?</strong><br /> Hasta los nueve años, cortaba leña y la vendía junto a mi familia en el pueblo. Buscábamos los troncos secos sin destruir el bosque. Pero un día fui a un fundo y un señor me dijo: mira, yo te pago diez mil escudos si me limpias las dos araucarias y te pago mil escudos más con la palmera incluida. Y yo acepté. Subí descalzo y con una hachita empecé a cortar lo seco y las ramas que no servían, y en eso de ir y venir descubrí que a la palmera se le había salido parte de la corteza y se veía algo de un color distinto adentro. Y encontré que se veía más lindo... y eso lo traspaso al ser humano, pues somos más hermosos por dentro que por fuera. Descubrí que raspando ese tronquito salía ese color rojizo y así nació que empecé a dedicarme a las palmeras.

<strong>¿Desde los nueve años?</strong><br /> Sí. Y ahí salí al mundo, como yo digo, porque ahí salí a conocer, tomé la vida que tenía y salí a caminar hasta viajar por treinta y tres años primero. Por todo el país, con invitaciones al extranjero, pero esas no las acepté. Porque creo que he tenido el privilegio de ser profeta en mi tierra. No necesito ir más lejos para dedicarme a este oficio. Es un trabajo muy bonito.

<strong>Pero no hay muchas personas que se dedican a esto. Lo deben llamar de muchas partes.</strong><br /> Yo inventé esto hace cincuenta y siete años. Estuve en uno de los grandes programas de la televisión, con Don Francisco, en <em>Sábados Gigantes</em>, además que siempre me han llamado para entrevistarme en las regiones por donde he estado. Parece que llama la atención que uno trabaje desde las alturas (sonríe).

<strong>Pero, ¿lo han llamado desde el extranjero para trabajar?</strong><br /> Sí, he tenido muchas invitaciones para viajar. De Pensilvania, California... Si me lo hubieran propuesto cuarenta años atrás, quizás me hubiera ido. Pero ahora ya estoy en la recta final de mi vida, es tiempo de, antes de retirarme, poder delegarle a alguien mi oficio.

<strong>¿Y existen interesados?</strong><br /> Los jóvenes de ahora no tienen el mismo espíritu. Tuve en un comienzo gente muy buena que trabajó conmigo desde el sur, pero con el tiempo algunos se alejaron, otros se casaron y volvieron a su redil y yo he seguido, hasta ahora. Me gustaría que alguien  asumiera esto con responsabilidad para ir transmitiéndoselo a otras generaciones. Yo estoy de paso. Si los testimonios que uno deja en la vida hay que entregarlos y hoy por hoy no encuentro a alguien que quiera capacitarse en esto. Es un trabajo muy rentable, tiene sus riesgos, pero también existe la oportunidad de irse al extranjero.

<strong>TRABAJAR EN LAS ALTURAS</strong>

Don Juan, como lo conoce la mayoría de sus clientes, es un hombre optimista y sencillo. Y también afortunado. Ha caído veintinueve veces desde importantes alturas; ochenta, sesenta y hasta treinta metros. Nadie se explica cómo ha salido vivo y con solo algunas contusiones. "He tenido golpes en los huesos, en las caderas, pero me he vuelto a parar. Cuando caí de ochenta metros, sí tuve que quedarme catorce días en reposo, pero apenas mejoré andaba de nuevo en los árboles", señala como si hubiera sido apenas un tropezón en la calle.

Su agilidad es admirable. Trepa por los troncos como si caminara en forma recta y se desliza como Tarzán moderno, ya que en vez de liana usa una soga para bajar. Esas destrezas llamaron la atención de documentalistas de varias partes del mundo, que lo han grabado desempeñándose en lo que más le gusta hacer: Trabajar en las alturas.

<strong>¿Cómo fue la experiencia de hacer documentales?</strong><br /> Interesante. A la gente le llama tanto la atención esto de ver a un señor tirarse a cincuenta metros, descolgarse, bajarse y seguir caminando como si nada. Algunos me han felicitado, otros no dejan de asombrarse y me han tratado hasta de loco: "¡pero cómo hace esto!" Una vez me empezaron a grabar estando arriba y creyeron que yo era un lolo haciendo ejercicios acrobáticos, pero cuando bajé se llevaron la sorpresa que el joven que ellos pensaban era un señor de edad ¡y con barba! (ríe al recordar).

<strong>¿De qué lugares lo han venido a grabar?</strong><br /> De Estados Unidos, Australia, Canadá, Francia... he participado en al menos seis. Y mi marca, esa que inventé a los nueve años, también la he visto en las palmeras de Dubai.

<strong>¿Qué es lo más gratificante de su trabajo?</strong><br /> Esto de trabajar las palmeras y recuperarlas es parte de uno. Yo hago la analogía que es sacarse todas estas cáscaras que uno va juntando encima, para ir descubriendo lo hermoso que es por dentro, que al interior se es más limpio, más suave. La mayor parte de la gente se queda con lo superficial y pierde la gran oportunidad de conocerse interiormente. La gente mira pero no ve.

<strong>¿Qué sensación tiene usted cuando está arriba?</strong><br /> Siento que estoy más cerca de las cosas que amo. Y me alejo más de las cosas del hombre, que es la vanidad.

<strong>¿Se abstrae?</strong><br /> Me siento más seguro que estar aquí abajo. Yo entro a las ciudades y veo lo agresiva que es la gente. Me aparto de la ciudad y siento que lo tengo todo. La paz que uno necesita, los espacios que uno tiene para meditar, para reflexionar sobre las cosas que uno vive, ve y escucha. Yo sigo haciendo lo mismo, solo que he ocupado más vida viajando en lo que he hecho que llenarme de cosas. No llevo cargas en mi espalda. Puedo ir más lejos y puedo ir más arriba.

Y así continuará sus viajes, aunque pensando en radicarse en La Serena, ya que confiesa haber encontrado a su compañera, "a mi amada", señala alegre quien también se autodefine como "técnico talador, experto palmerólogo conservacionista, además. Y que sirve para luchar por las causas justas -ríe-, solo quiero continuar porque creo que todos tenemos una responsabilidad que cumplir, no podemos permitir que se destruya lo hermoso que nos han prestado mientras estamos aquí. Tenemos que hacer, incluso, más hermosa la casa, el lugar donde vivimos, plantar más árboles, más flores y cambiar la forma de pensar".

<strong><em>"Yo vine a sembrar, no a cosechar. Entendí que la vida es lo más simple que hay. Es lo más tenue, leve y simple que tenemos. No tenemos que esperar la cosecha, si uno siembra también para que otros reciban".</em></strong>

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