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EDICIÓN | Julio 2013

Poesía haiku y minimalismo japonés

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.d. Profesor En La Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports
Poesía haiku y minimalismo japonés

El haiku  es un juego de tres versos que expresan el asombro ante la contemplación de la naturaleza. El haiku es el puente entre el espíritu primitivo japonés y su aislado y pequeño universo, la insular y mezquina realidad geográfica que obligó a desarrollar el tremendo espíritu y fuerza de creación.

Japón, tercera potencia mundial, buen amigo y socio nuestro; inquieto e industrioso, junto a sus productos ha difundido su venerable y delicada cultura, sus gustos y principios. Buena muestra del exquisito sentido estético nipón es la poesía brevísima, o haiku. El haiku  es un juego de tres versos que expresan el asombro ante la contemplación de la naturaleza. El haiku es el puente entre el espíritu primitivo japonés y su aislado y pequeño universo, la insular y mezquina realidad geográfica que obligó a desarrollar el tremendo espíritu y fuerza de creación. El haiku refleja el carácter contemplativo japonés, pilar de su religiosidad ancestral o shintoísmo. El haiku existe desde antes de la llegada del budismo y la consecuente fuerte influencia cultural china. Fue mucho más tarde, que esta forma de poesía mínima se vinculó al zen y se usó para difundir esa doctrina. En el siglo XVII Matsuo Bashō, maestro zen, usó el haiku para explicar las sutilezas de ese pensamiento; luego en el siglo XX, Daisetsu Teitaro Suzuki, otro gran maestro budista, en su libro El zen y la cultura japonesa, recomendó el haiku como método eficaz de conocimiento.
 
El haiku llegó a Occidente junto a otras artes y elementos japoneses. Fue estudiada y descifrada su singular magia, fue imitada su prístina armonía por expertos como Reginald Horace Blyth, difusor del haiku en el mundo anglosajón, o Jorge Luis Borges en el mundo hispanoparlante.
 
El haiku pertenece a un estilo que combina acuciosamente la métrica con otros juegos estéticos, incluidos los kangis o caracteres gráficos. La nomenclatura involucrada es igualmente puntillosa y no hay espacio en este breve escrito para explicar qué es mora, katauta, mondoo, y otros conceptos que son el hueso y la carne del haiku. En contraste, hay formas sencillas y menos técnicas de haiku llamadas tankas o wakas, es decir canciones cortas formadas por dos estrofas desiguales. El haiku en cambio tiene una métrica precisa, y tal precisión es lo que lo hace gracioso y atractivo. Posee la perfección de una flor de cerezo, la finura de una espiga de arroz, la gracia de una garza al vuelo, porque los versos tienen la asimetría que sugiere la libertad y la eternidad humana. Por eso, en cada haiku hay una palabra clave o kigo, usualmente situada en el primer verso y que es la chispa que enciende la lírica explosiva contenida en la totalidad. Tal efecto porque el haiku describe lo permanente que hay en todos los cambios. Sin grandilocuencias, sino con sencilla austeridad lleva la mirada a lo trascendente. Busca el silencio primordial que es anterior a la existencia individual. Para lograrlo el haiku busca desatar la emoción profunda o aware, provocada por la percepción de la naturaleza; el aware es el sentido de compasión o participación en la existencia ajena que lejos de entristecer, inyecta una alegría casi eufórica. Por eso, recitar haikus es una forma de desarrollo, un camino de vida, una vía muy japonesa de vivir el arte como camino de ascesis y elevación espiritual.
 
En la larga época del Japón de los shogunes, con su romántica aunque áspera vida caballeresca, de castillos y bosques de cerezos, reducidos jardines interiores donde se reunían las damas de la corte; la recitación de haikus era como la música juglar del Medioevo Occidental. Medio popular, medio refinado, aunque sin gran pretensión artística, el haiku fue después usado como modo de instrucción en la filosofía. No es el único caso de una forma popular que más tarde cayó en manos de los intelectuales, que trocaron lo puro y original en artefactos estéticos ya lejanos a la matriz que les dio nacimiento. Japón con su encierro endémico, es uno de los lugares donde se ha dado esa curiosa y humana tendencia; es cosa de ver su producción cultural, siempre con modestos orígenes pero que termina transformada en exquisitez llena de normas y obligaciones: la ceremonia del té, la cocina japonesa, los jardines, el bonsái, y cien etcéteras. Transversal y permanente, el haiku se recarga en cada generación. Una de sus más sencillas escuelas es el deber de escribir tres versos de despedida a un ser querido que parte de este mundo. De ahí que todo cementerio sea un compendio de muy buenos haikus, como los que siguen, tomados al azar:
 
Este camino tuyo
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.
¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?
 

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