Esta enfermedad sigue ahí, sigue presente, silenciosa. Una historia de anónimo dolor sigue escribiéndose para quienes la padecen. A este mundo me introdujo Annabella Arredondo Paz, describiéndome el escenario del SIDA hace dos décadas, cuando crecía como una enfermedad emergente: “me tocó ver muchísima discriminación y agresividad hacia los enfermos. la sociedad los apartaba cruelmente; eso me marcó...” recuerda.
Despedidos de sus trabajos, expulsados de sus vecindarios, rechazados por sus amigos... madres contagiadas por causa de los hábitos sexuales de sus parejas, ellas y los niños que han concebido con SIDA... enfrentando su realidad, solas, aisladas, sufriendo en silencio...
“En estos veinte años he visto que la discriminación ha disminuido, pero no ha desaparecido...”, señala hoy con pesar.
¿Qué fuerte, no?, qué triste y qué difícil tener que luchar con su enfermedad y como si fuera poco, con la fuerza de nuestra discriminación como sociedad. Quizás muchas de nosotras hemos observado situaciones de necesidad extrema, hemos sentido el sufrimiento de otros y se nos ha apretado el corazón... sin embargo y tomando en cuenta que como mujeres no nos es difícil empatizar con el dolor de otros, no puedo dejar de preguntar y preguntarme... ¿cuánto de este sentimiento se queda en sentimiento y cuánto se transforma en compromiso social real?, ¿cuánto se transforma en determinación por hacer algo por alguien que necesita?, ¿cuánto se transforma en agenda concreta para ayudar desinteresadamente a un otro?
Vivimos en un sistema en el que prima la preocupación y ocupación por el ‘yo’. Una sociedad que premia nuestro desempeño individual. Pareciera ser que el gran el foco y la urgencia está puesta el ‘lograr’ en ‘alcanzar’, pero nunca en el ‘dar’ y en el ‘contribuir’.
Definitivamente creo que tenemos tarea pendiente. No basta con conmo- vernos, con impactarnos y con comentar las necesidades y carencias. No basta con diagnosticar el problema, publicar socialmente nuestras opiniones y aun proponer soluciones, si no vamos a ser parte de las manos que ayudan, parte de quienes se movilizan mas allá de una publicación de ciento cuarenta caracteres, dejando tiempo concreto para servir.
Y sí, debo reconocer que conocer de la maravillosa vida y legado de Annabella Arredondo fue como un examen espontáneo a mi conciencia, un claro y delicado test a mi agenda social.