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EDICIÓN | Julio 2013

Viva Chile

Por Nicolás Larraín, Publicista y conductor radial
Viva Chile

Eso nos falta, ver el vaso medio lleno, fijarse en lo bueno. Exaltar lo nuestro, el sur, el norte, el campo, nuestro mar, nuestros héroes. Siempre cuando uno empieza a celebrar algo autóctono, viene el chiste chaquetero. Nos acostumbramos a eso. Erradiquémoslo desde hoy, lo propongo de verdad.

Tuve la suerte de viajar de nuevo (siempre escribo lo que me pasa en los viajes, disculpen lo reiterativo y la sacada de pica) y vuelvo a tener miles de conclusiones de nuestra vida en Chile.
Esta vez estuve en Colombia, Venezuela y Panamá y junté mis reflexiones con visitas anteriores a Perú, Brasil y Argentina. Qué quieren que les diga... vivimos en el paraíso. Y no es que no esté consciente de los problemas que tenemos realmente de pobreza, salud o educación (como me lo enrostró un candidato presidencial cuando le deslicé esta misma idea), pero efectivamente percibir los problemas de atraso de esos países en los servicios generales a los ciudadanos, te hace valorar lo que tenemos acá.
 
Estoy hablando de carreteras, abastecimiento, higiene, modernizaciones, tecnologías,
eficiencia, etc. Pequeños detalles... “Vamos al mall más importante de Caracas”, no hay
papel en el baño, no cierran los pestillos, no funcionan los ascensores para el coche de la
guagua. Yo sé que puede haber muchos de esos problemas en nuestros centros comerciales pero nadie le va decir a los turistas “te voy a llevar al mejor lugar de Santiago” y toparse con algo parecido. En un aeropuerto de Bogotá, veinte minutos para conseguir una mesa para comer algo... ¿alternativa?, a media hora en taxi. Para subirse al bus para ir al avión: “llegue al fondo, doble a la derecha y siga el camino” para llegar a... el mismo punto donde estamos parados... ¿me están agarrando pal hue...?
 
Son pequeños detalles, pero se te van juntando y la idea que más ronda mi cabeza es la lástima que da no haber dejado entrar el progreso en esos países, que de verdad creo, perfectamente podría convivir con las reformas políticas y sociales que han hecho. Para ser prístino con este tema, creo que Chávez podía hacer su revolución con los pobres y simultáneamente dejar entrar a grandes empresarios a mejorar el estándar de vida de los venezolanos. ¿Quién dijo que no se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo?
 
Todas estas observaciones de lo que veo, siempre las acompaño por comentarios de gente que vive en el lugar, diareros, vendedores callejeros, taxistas, guías turísticos y transeúntes en general. Y se palpan dos cosas: primero, la molestia, amargura y total pérdida de fe en sus gobernantes y, segundo, un amor a sus países jamás visto ni escuchado por estos lares.
 
Cada paisano habla de sus atracciones como lo mejor del mundo. “No hay nada comparable a esta arepa que se va a comer, señor” (una sopaipilla de maíz con carne y huevo a las nueve de la mañana... casi me muero). “Prepárese a ver la obra de ingeniería más grande construida por el hombre” (las esclusas del canal de Panamá... sí bonito... interesante); “y ahora van a ver la catedral de Caracas... no es tan bonita... pero es la construcción más emblemática de la independencia liderada por esta divinidad llamada Simón Bolívar”, y así suma y sigue.
 
Se la creen. Les dan valor a sus países en cada esquina, en cada conversación. Como que tuvieran demasiada conciencia de que sus clases políticas no los van a defender, ellos lo hacen por sus patrias las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Les juro que vi amor a la bandera, a sus colores. En cada vendedor callejero, para qué decir los guías turísticos, los viejos, los niños, los choferes, todos cuidan su terruño llamativamente. Nadie declara algo malo de su cultura y en este punto nos dan cancha tiro y lado. Eso nos falta, ver el vaso medio lleno, fijarse en lo bueno. Exaltar lo nuestro, el sur, el norte, el campo, nuestro mar, nuestros héroes. Siempre cuando uno empieza a celebrar algo autóctono, viene el chiste chaquetero. Nos acostumbramos a eso. Erradiquémoslo desde hoy, lo propongo de verdad.
 
No me van a creer que la guía turística de Cartagena de Indias dijo que en un concurso internacional de himnos nacionales, el colombiano había sido elegido en segundo lugar después de la Marsellesa ¿no les suena conocida esa historia? Toda mi vida escuché lo mismo del himno nacional de Chile, hasta que por Youtube nos mostraron que era igual al boliviano (¡qué chaqueteo!). ¿Y qué importa?, ahora sé que era verdad que salimos segundos, no le creo a la colombiana ¿quién puede confirmar esta historia?, ¿ah? ¡Viva Chile!
 

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