Por estos días en el hemisferio norte, sobre todo en Europa, se vive la alta temporada de festivales de rock.
Son eventos magníficos, muchos de ellos con historial de décadas, verdaderos ejemplos de comunión pacífica por días, donde el público comprende, básicamente, que en el respeto y el cuidado mutuo reside la clave para convivir. Una lógica tan mentalizada que el consumo de alcohol no implica más riesgos que una resaca. Se bebe como si el mundo estuviera en los descuentos, pero no hay borrachos odiosos. Esa es la tradición. Pero lo que sí está cambiando en estas reuniones artísticas son los precios y el tipo de público al cual se orientan.
Ya que el rock no es precisamente la moda —el pop se ha quedado con ese espacio y con los jóvenes por ende—, su audiencia ha envejecido. Así, los promotores de estos espectáculos asumieron dos cosas. Primero, la necesidad de armar carteles encabezados por artistas clásicos —por ejemplo Blondie, The Stone Roses y Bon Jovi lideraron la última edición de la isla de Wight en Inglaterra—, y que por lo mismo surge la posibilidad de cobrar entradas y recargos más altos porque son bolsillos de mayor aguante.
Básicamente gente que puede darse sus gustos. Claro, las alzas no son suaves. Dato: en diez años, Glastonbury, el mayor festival británico, subió el valor de las entradas en un noventa y cinco por ciento, superando 2.5 veces la tasa de inflación del Reino Unido.
La prensa especializada también se dio cuenta que los lectores están sobre el promedio de los treinta y cinco años. Abundan las portadas rememorando la grabación de discos históricos. Bienvenidos los homenajes y los buenos relatos sobre hitos y héroes musicales. Pero también representa una nueva señal de que el rock, como cultura, congenia cada vez más con la idea de un museo.