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EDICIÓN | Junio 2013

Aventura ecuestre

René Varas Asenjo, equitación
Aventura ecuestre
 
Brilló en lo más alto del deporte nacional representando al equipo de carabineros: medallista panamericano, abanderado olímpico y siete veces campeón de Chile. Hoy, dedicado a su escuela de equitación, repasa sus logros con la nostalgia de haber sido parte de los mejores años de la actividad en Chile. 

por Érico Soto M. / fotografía Sonja San Martín D.

En la ciudad de La Unión, Región de Los Ríos, una de las calles de acceso lleva el nombre de René Varas Asenjo. Reconocimiento a un hombre que salió de esa tierra y que dejó una huella enorme en el deporte chileno, alzándose desde la Escuela de Carabineros como uno de los equitadores más destacados que dio el país.

Multicampeón nacional, medallista panamericano y abanderado olímpico (JJ.OO. de Múnich, 1972), sus vitrinas atesoran una cantidad sorprendente de copas, fotos y condecoraciones. Esos mismos trofeos lucen hoy en la oficina que da la bienvenida a su escuela de equitación y que lleva su nombre; en el sector Lomas Verdes de Concepción, ciudad donde volvió a radicarse después de trabajar, en su última etapa como carabinero, antes de retirarse como general inspector.

Lejos de los años de la competencia de elite, rememora su trayectoria en años de gracia del deporte ecuestre, donde carabineros y ejército cumplían un rol protagónico en la consecución de resultados y sus miembros formaban parte importante del equipo chileno, siempre bien representado en justas internacionales.

Montando a "Quintral", el caballo que más tiempo lo acompañó y del que conserva los mejores recuerdos, alcanzó sus mayores logros y se convirtió en líder indiscutido en pruebas de potencia. Tanto así, que incluso fue tentado a desafiar el récord del mundo de Alberto Larraguibel y "Huaso", los del épico salto de 2,47 metros, en 1949, pero la federación de entonces prefirió cuidar el físico del mejor caballo de Chile y privilegiar el deporte competitivo.

A los setenta y siete años, los mismos del aún vigente Américo Simonetti, una afección cardíaca lo hizo abandonar los saltos. Pero no por eso se alejó de los caballos: aún cabalga en su escuela, donde enseña a los menores los secretos de la buena monta. 

¿De dónde proviene la afición por los caballos?
Soy originario de un sector rural de La Unión. Me crié en el Fundo El Huape, camino a Puerto Nuevo. Desde pequeño, por parte de mi abuelo y de mi padre, estuve muy cerca de los caballos. Tenía catorce años cuando falleció mi padre, pero él ya me había inculcado el amor a este animal. Me decía que yo iba a ser oficial de carabineros y jinete, pues tenía todas las condiciones.

¿Por qué ese interés?
Mi padre tenía muy buena relación con el jefe del retén del sector —Traiguén— y de los carabineros que a veces pasaban a alojar, había uno que le llevaba la revista institucional, donde conocimos los saltos de Óscar Cristi y César Mendoza (medallistas olímpicos); por eso me decía que tenía que ser oficial y seleccionado.

Algo que finalmente sucedió.
Traté de que ese sueño de mi padre fuera realidad. Cuando llegué a carabineros, tenía la formación de huaso y nada más. De salto no sabía. Estudié dos años, egresé en 1957 como subteniente y en 1958 trabajé en Valparaíso. En ese entonces, se llamó a un curso de instructores de equitación, presenté mis antecedentes y me fui, quedando como el más joven entre diez postulantes, sin bagaje policial, ni menos experiencia. Tuve la suerte de sacar el primer lugar y quedé entre los cuatro elegidos para el curso de maestro de equitación, que es el título máximo que poseo, al igual que mi hijo Rodrigo, que también es carabinero.

¿En qué momento comienza a competir?
Volví a Valparaíso, y en Viña del Mar pasé a integrar el equipo ecuestre. Estaba recién casado, pero lamentablemente falleció mi mujer al nacer mi hijo mayor. En ese momento me trasladaron a la Escuela de Carabineros, con una pena enorme. Por ello, me dediqué a entrenar mucho, y dos años después me llamaron de la selección chilena por primera vez. Estuve ahí dieciocho años de mi vida, pues recién renuncié siendo subprefecto de Osorno.

¿En qué torneos intervino?
Fui a campeonatos por todo el continente. El año 1966 fuimos a Estados Unidos, y salté en el Madison Square Garden, en Washington y en Toronto. Al año siguiente, fuimos a los Juegos Panamericanos de Winnipeg. Desde ahí, viajé a Europa al campeonato del mundo, donde terminé octavo, y en 1972 fui el abanderado de Chile en las Olimpiadas de Múnich. También participamos en los Juegos Olímpicos de Montreal, 1976, pero no nos dejaron ingresar, porque un muestreo de sangre a los caballos dio encefalomielitis y piroplasmosis, una afección que no significaba nada acá, pero allá no lo permitieron. Solo dejaban ingresar a tres ejemplares, por lo tanto optamos por seguir de gira a Europa y yo me vine de regreso.

¿Entonces se hablaba del récord del mundo del chileno Alberto Larraguibel?
Por cierto, el coronel Larraguibel saltó en 1949. Es una prueba especial, que ya no se hace en el mundo. Porque un caballo que salta a nivel de dos metros —una gracia enorme, por valentía del jinete y del caballo— repercute con quinientos kilos que caen de esa altura: 2,47 metros en el caso del récord. Normalmente, se liquidan los tendones o se fracturan, por lo tanto, ya no se hace. 


CARABINERO Y MAESTRO

Su carrera como carabinero fue en ascenso constante, quemando todas las etapas, hasta retirarse como general inspector, luego de treinta y seis años al servicio de la institución. Recorrió el país y con el uniforme puesto representó a Chile en las principales competencias ecuestres del mundo. Una pasión que heredaron sus hijos Rodrigo y René, también uniformados (el último del ejército). Alegre y sencillo, al hablar de sus momentos más memorables, no prioriza sus mejores triunfos, sino que el reconocimiento de sus pares como mejor compañero, una distinción que lo emociona tanto como conversar de La Unión, su tierra, donde regresa cada vez que puede.

¿Qué recuerdo atesora con especial cariño?
En mi vida como carabinero, el tesoro más grande es haber sido elegido —por unanimidad— como el mejor compañero de la promoción, después de cincuenta años. Entonces, digo yo, en la vida uno tiene que haber entregado algo para recibir una distinción de este tipo. No me esperaba una cosa así. 

¿Y entre sus méritos deportivos?
Haber participado en una olimpiada y en un campeonato del mundo, y haber quedado entre los diez mejores jinetes en las dos oportunidades, siendo seleccionado nacional durante dieciocho años ininterrumpidamente. 

¿Carabineros fue protagonista en esa época dorada para la equitación?
Y no solo carabineros, sino que el ejército y también civiles. En nuestra delegación viajaban: Américo Simonetti, Bárbara Barone, Gastón Zúñiga, Víctor Contador, Daniel Walker. Y en carabineros, después del general Mendoza y Cristi, vienen el coronel Rodríguez, el capitán Labbé y años después, Larrondo y yo. Era la selección de Chile, conformada por todos.

¿Se produjo un descenso del nivel?
Antaño, las instituciones armadas se dedicaban a este hermoso deporte, que hoy han dejado de lado. En Concepción se ha ido perdiendo, lamentablemente. Quedan muy pocos cultores que pueden representarnos afuera. Primero se fue el regimiento Guías, luego el Silva Renard, y cerró el equipo ecuestre de la Prefectura de Carabineros. Queda el club La Posada, que está distante, y el Club San Andrés, que se ha ido a Santiago a competir. Prácticamente, nuestra escuela es la que más difunde este deporte en la zona y  lo hemos diversificado, pues fuera de saltar, que es algo precioso, les hacemos clases a niños con problemas, pues el caballo suple las discapacidades.  

¿Cómo ha sido la experiencia como maestro?
Como negocio, no hay que mirarlo jamás, porque es pésimo. Para que existan cuatro o cinco alumnos por día, para veinticinco caballos que hay que alimentar y pagar gente, no es rentable; pero es una afición, un deporte lindo, metido en un pulmón verde en el medio de la ciudad. Aquí está el esfuerzo de toda mi familia. Trabajo con Gabriela Bravo, profesora de equitación. Nos hemos unido y tratamos de hacer patria.

¿En qué momento llega a Concepción?
Yo ascendí a general en Valdivia, como jefe de zona, y me fui a Santiago como director de educación de Carabineros. Pero en 1989, el general Rodolfo Stange me dice que me necesita en Concepción, donde había problemas con estudiantes, mineros, pescadores, etnias, etc. Me vine y aquí me fue estupendo, me acogieron muy bien. El año noventa y uno regresé a la capital, como jefe del consejo asesor, general inspector, y jubilé al año siguiente. Ahí nació mi deseo de armar una escuela de equitación, pero me costó mucho instalarla, hasta que di con este lugar, cercano a carabineros (Lomas Verdes) donde antes montaba, cuando ni siquiera había cerco. El terreno era de bienes nacionales, postulé como cualquier hijo de vecino y logré que me vendieran estas casi cuatro hectáreas. 

Y se quedó aquí...
Aquí está invertido el trabajo de mi vida. Mi mujer (Luz María Jaureguiberry) ha aceptado que me gaste lo que habíamos economizado. Vendimos una parcela en Talagante, un departamento en Viña y una casa en Santiago. Compramos y armamos todo aquí, donde tenemos la escuela y hoy vive mi hijo.

Mencionó a Américo Simonetti, quien a su edad sigue compitiendo. ¿Le habría gustado imitarlo?Lo de Américo es digno de destacar. Si me preguntan, cuál de mis compañeros fue el mejor jinete con el que integré un equipo, digo que fue Simonetti. Ahora acaba de salir segundo en Argentina. Le rindo pleitesía, porque es un ejemplo muy difícil de imitar. Me habría encantado seguir saltando hasta ahora, pero lamentablemente no tengo el corazón muy bueno y padezco fibrilación auricular. El doctor me dijo que si me golpeaba, podía quedar parapléjico; entonces pensé: harto salté en mi vida, así que no salto más. Monto a caballo, sigo haciendo clases, galopando y trotando, pero ya no salto, porque no hay nadie que no se haya caído. Américo se ha quebrado no sé cuantos huesos, igual que yo. Pero aquí estamos.

 

"El año 1966 fuimos a Estados Unidos, salté en el Madison Square Garden, en Washington y en Toronto. Al año siguiente fuimos a los Juegos Panamericanos de Winnipeg. Desde ahí, viajé a Europa al campeonato de mundo, donde terminé octavo, y en 1972 fui el abanderado de Chile en las Olimpiadas de Múnich"

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