Sebastián Pavlovic, abogado
INTENSAMENTE PAPÁ
“Cuando tenía treinta y tres años nació mi hija Lourdes y tres años después llegaron los mellizos Gaspar y Rosario. Junto a mi señora (Paulina Fernández) compartimos plenamente todas las tareas que implica ser padres: mudar, jugar, dar de comer, disciplinar, hacer dormir, ser vomitados al amanecer y pasearlos a medianoche.
Ver crecer a mis hijos y desarrollarse desde un comienzo ha sido maravilloso. Desde que sale del vientre de su madre, un proceso tan profundamente humano y, al mismo tiempo, lleno de magia, saca lo mejor de ti, cultivas la paciencia y hasta recuperas el asombro por las cosas pequeñas. Aprendes a ver el mundo a través de los ojos de tus hijos, y eso lo llena más de colores, olores y formas.
Para mí, ejercer la paternidad a full ha significado tener otra perspectiva, incluso del propio matrimonio, pues implica asumir un compromiso con mis hijos de mantener esa presencia, y por ello exige reafirmar cotidianamente también mi rol de pareja: para seguir estando al ciento por ciento con ellos, debemos estar al ciento por ciento entre nosotros.
Creo que la idea que se tiene del “macho proveedor” priva a los hijos y a los padres de experimentar modos, afectos y relaciones que expanden la comprensión de lo masculino y lo femenino.
Siento que estoy preparando a mis tres niños para una cultura completamente distinta a la que les tocó vivir a nuestros padres. Especialmente para mis hijas será un mundo extraordinario de oportunidades, donde haber crecido en una familia en que no hay roles exclusivamente asignados por género, les permitirá asumir cualquier desafío personal con total libertad.
Si pudiésemos hablar de alguna desventaja de estar tan presente, creo sería la conciencia del costo que significa hacer otras actividades. Sabes que un happy hour con los amigos o una pichanga el sábado por la mañana son horas en que “has privado” a tus hijos de ti”.
Juan Pablo Campuzano, profesor de educación física
PAPÁ POR PARTIDA DOBLE
“Cuando los mellizos Martín y Sebastián tenían poco más de dos años decidí llevármelos a vivir conmigo. Nunca tuve la oposición de la madre y hoy, tras siete años, ya tengo su tuición definitiva.
Un buen amigo me aconsejó irme a vivir cerca de mis padres y creo que fue una excelente decisión, porque su apoyo fue fundamental durante los primeros años. También busqué una buena nana puertas adentro que me ayudara mientras estaba en la oficina.
Organicé los tiempos y horarios de mis hijos de tal manera de poder estar siempre presente. Tenía que considerar las compras de la casa, sus horarios de comida, las visitas al doctor, la entretención… Afortunadamente siempre tuve una red de colaboración inmensa.
Por las mañana me levanto y los llevo al colegio. En las tardes hago turno y me toca retirarlos dos días a la semana. Cuando no puedo estudiar con ellos les preparo guías, con preguntas, verdaderos y falsos, alternativas. He tenido que ir siempre un paso adelante con sus materias y tengo pegado en mi escritorio sus calendarios de pruebas semestrales.
Aprendí que los hombres podemos tener la misma relación de apego, cariño, incondicionalidad, compromiso y amor que la madre, a pesar de no haber tenido a nuestros hijos nueve meses en el vientre.
Por las noches, cuando llego a casa y ellos duermen, no dejo de darles un beso, porque sé que lo notan y eso les hace sentirse amados y seguros. Sé que ellos han visto todo el esfuerzo y el cariño de estos años y saben cuánto me importan. Día a día les entrego mi cariño siendo responsable, justo en las decisiones, no dejando escapar los detalles, acercándolos a Dios, enseñándoles valores, siendo un hombre de bien, buscando su felicidad. Soy muy amigo, pero primero soy su papá.
Hoy los niños tienen nueve años y acabo de volver a casarme. Los veo felices con su familia, con su colegio y sus amigos. Son niños muy alegres y gozadores”.
Andrés Ballesteros, agrónomo
UN PAPÁ QUE ACORTA DISTANCIAS
“Hace once años me trasladé por trabajo a vivir a Asia y mis hijos, Benjamín y Samanta, quedaron en Chile con su mamá, Patricia Black.
Al principio fue difícil por las limitaciones y edad de los niños (tenían cuatro y un año y medio respectivamente), pero a medida que han ido creciendo, han aprendido a manejar todas las herramientas tecnológicas, además de poder viajar por su cuenta a visitarme.
Normalmente hablamos mucho por teléfono y usamos internet para comunicarnos. Intento siempre enviarles todo mi amor y sé que nuestros corazones están unidos pese a los más de dieciséis mil kilómetros que separan Santiago de Singapur. Ellos saben que son mi vida y les dedico todo el tiempo del mundo cada vez que estamos juntos.
Trato de hacer con ellos actividades que generen recuerdos, para poder mirar atrás y tener algo sólido y con buenos sentimientos, de alegría, de sorpresa, o de curiosidad al conocer lugares juntos. Recuerdo cuando vivía en China y por primera vez me vinieron a visitar, fuimos a una isla en Tailandia y dormíamos los tres en una cama muy grande. Desde que amanecía salíamos a andar en moto, a la playa, a jugar paintball, a comer rico y disfrutar nuestra compañía. Tenemos grandes recuerdos y siempre conversamos de ellos con mucho cariño.
Debido a esta circunstancia especial, valoro mucho más el tiempo que paso con mis hijos, y me preocupo de que sea de buena compañía, diálogo, juego y actividad. La vida nos separó y vivimos con eso, con el triste karma de no tenernos, pero eso hace que nuestros momentos juntos sean irremplazables.
Educar cuando uno no está presente es difícil. Trato de mirar para atrás y ver qué hicieron bien y mal mis padres conmigo e intento replicar lo bueno. Como agrónomo uno cuida la vida, la riega, la observa y, cuando se tuerce, se corrige, con cariño. Con mis hijos he tenido una relación parecida. Los corrijo con razonamiento cuando encuentro que es necesario. Los trato de regalonear dándoles experiencias nuevas, mostrándoles lugares, paseos. Soy feliz si logro sacarles una sonrisa en este proceso”.
Manuel Rodríguez, ingeniero naval
EL REGALO DE SER PAPÁ
“Tras cinco años de matrimonio (con Margarita Acuña) y múltiples intentos por ser padres, tomamos la decisión de adoptar.
Cuando nos avisaron que recibiríamos a nuestra primera, hija la sensación fue de alegría, ansiedad, sorpresa… quería ir inmediatamente a conocerla, pero tuvimos que esperar hasta el día siguiente. Recuerdo que esa fue una noche larga y llena de nerviosismo, estábamos llenos de preguntas. Además, habíamos decidido no contarle a nadie hasta conocer a María Victoria.
Luego de la locura inicial que fue conocerla y comprarle todo lo que necesitaba, el resto del proceso fue tranquilo y pausado. Decidimos que las visitas a la “Poroto” —como le decimos— fueran por turnos, para que no se produjera un atochamiento de familiares y amigos en la casa.
No podría olvidar ese día, fue maravilloso… y la noche en vela, porque nos dedicamos a ver si respiraba, cómo dormía, si se movía.
La llegada de mi segundo hijo, Manuel, fue igual de sorpresiva, pues el tiempo de espera fue más corto. La postulación la hicimos apenas se nos permitió, pues uno debe haber cumplido ciertas etapas para poder optar a un nuevo proceso.
Con los dos menores, Matías y Martín, el proceso no solo fue rápido y sorpresivo, sino también muy especial, pues ellos son hermanos biológicos de Manuel. Los dos llegaron en menos de un año. O sea, en cinco años ya teníamos a cuatro hijos.
Victoria, Manuel, Martín y Matías saben que son adoptados y se los hemos ido explicando a través de cuentos y fotos de su propia experiencia. Son chicos —seis, cuatro, tres y dos años— por lo que la explicación va de acuerdo con su edad. Los mayores ya tienen cierta conciencia, porque nos han acompañado a buscar a sus hermanos, ocasión en que uno aprovecha de volver a contarles su propia historia.
Cuando nos preguntan si pensamos seguir ampliando la familia, la respuesta debería ser no, pero la vida se ha encargado de mostrarnos que no somos nosotros los que decidimos… así es que estamos más que dispuestos a recibir otro hermanito para los niños.
Me encanta cocinar con mis hijos, ver carreras de autos, leerles cuentos y, sobre todo, hacerles cosquillas. Nos gusta salir a pasear; ir al parque, al cerro e ir al supermercado sin la mamá. Incluso una vez la cajera del supermercado le preguntó a mi mujer si ella era la mamá de los niños que veía todos los fines de semana con el papá… ahí me quedó claro lo raro que es ver a un hombre haciendo las compras con cuatro enanos chicos dando vueltas”.
Jorge Alé, ingeniero civil
GENEROSAMENTE PAPÁ
“Nunca me imaginé tener tantos hijos. Incluso ahora con mi señora (Eugenia Chilet, la “Genny”), nos asombramos cuando vemos a todo el clan en una foto. Son veintinueve años de matrimonio y doce hijos, además de Joaquincito que nos acompaña desde el cielo.
Fui papá a los veinticuatro años y en pleno parto me desmayé. Pero me recuperé de eso y me transformé en un papá aperrado, que sacaba fotos y grababa videos para la posteridad. Cuando nació la Pili, el parto número trece, tuve el orgullo de estar acompañado por mi hijo Aníbal, que estaba en primer año de medicina.
Puedo decir con certeza que tener una familia numerosa tiene puras ventajas, y tan solo algunas pequeñas dificultades “operacionales”. Vivimos en dos casas pareadas, todo es doble y un poco más complejo, pero se desarrolla la musculatura y la pillería acorde al desafío.
Cuando pasan los años uno va delegando funciones en los más grandes. Ya no trasnocho para ir a buscar a los más chicos a alguna fiesta. Los hermanos son los que auxilian. Pobre del que aprende a manejar… rápidamente le llegan muchos encargos. Además todos hacen compras, llevan hermanos al doctor, dentista, trámites, etc.
Todo el apoyo de los Alé-Chilet ha sido fundamental después de que, el 2010, Eugenia volvió a trabajar para apoyar económicamente la entrada de más niños a la universidad. Debo confesar que es un desafío encontrar los tiempos para hablar profundamente con cada uno. Eso también sucede con mi esposa, porque siempre estamos rodeados. He descubierto que una manera muy eficaz de ayudarse en la comunicación es usar la tecnología: correo electrónico, Facebook y últimamente WhatsApp. Casi todos están conectados en un grupo, intercambiamos fotos de lo que estamos haciendo, comentarios, pedimos favores. Es súper efectivo. Y si encontrar tiempo de calidad para pasar con cada uno es difícil, recordar todos los nombres es un desafío no menor. Me toma tres intentos acertar el verdadero… de hecho, cuando estoy urgido con algún tema y no me sale el nombre, he optado por uno genérico: los hombres son “Alechilet” y las mujeres “Chirulas”. ¡Es más rápido y eficiente!
Las vacaciones son un tema, no sé realmente cómo lo hacemos. Tratamos de estar todos juntos y si falta un niño ya no es lo mismo. Es como una terapia, en que se vive intensamente y en menos metros cuadrados, obligados a ceder y compartir. Recomiendo ciento por ciento tener el mayor número de hijos que se pueda querer, educar, cuidar y mantener.