Hace dos siglos, casi todos los espacios fuera de la casa estaban vedados a las señoras y señoritas de los sectores medios y altos. ¿La política, el gobierno, las leyes? De ellos. ¿La educación formal? Para ellos. ¿Los deportes y la diversión nocturna? Casi ciento por ciento con protagonistas masculinos, con la excepción de una que otra función teatral, lírica o una carrera de caballos.
Porque en la ciudad, los roles fueron, desde un comienzo, marcadamente distintos. El hombre público representaba “un papel importante y reconocido”, que encarna el honor y la virtud. En tanto, la mujer pública o “de la calle” ya tiene una connotación “depravada, perdida, lúbrica, venal”; constituye una vergüenza de la sociedad, oculta, disimulada, nocturna, como aclara de manera lúcida la historiadora francesa Michelle Perrot en su publicación-entrevista Mujeres en la ciudad (1997).
Era opinión de célebres intelectos, masculinos y femeninos también —no se crea lo contrario—, que “las chicas” debían confinarse a lo doméstico, quedando a cargo de la familia, y si en algún momento tocaba salir, era para contribuir a embellecer el ambiente y el prestigio del marido.
No es de extrañar que hasta la mitad del XX, las señoras fundaran y participaran en parcelas propias: clubes temáticos (musicales, literarios, de arte plástico), visitas a los salones de té, y el vitrineo en grandes tiendas, un invento de mediados de la centuria anterior, ejemplifica Perrot, para el caso parisino y londinense. En Chile, la concurrencia a estos lugares, como la célebre confitería y boîte “Goyescas”, los salones del Hotel Crillón o el comercio: “Gath y Chávez” o “Los Gobelinos” siguen esta dinámica, aunque su concurrencia es familiar o a veces mixta, porque la santiaguina dueña de casa sale poco y jamás sola, siempre con el marido, hermano o una amiga.
Desde la intimidad, recurre también a los espacios “virtuales”, lo que explica la fascinación por las novelas, ojalá románticas, y por un elemento que aún hoy se opera como netamente femenino: la revista. En ella se indica a la mujer “bien” cómo ser “mejor”, es decir, mantener la moda, verse espléndida, ser madre abnegada, esposa cariñosa e interesante conversadora y anfitriona, para lo cual se publicaban artículos sobre viajes o la vida social en el Viejo Continente, temas que eran atendidos ávidamente. Es el periodismo y la narrativa, de hecho, una de las primeras profesiones en las que se introducen tímidamente las mujeres, que incluso actúan como directoras de esos folletines. Posteriormente, se entenderá que su contribución natural se encuentra en las pedagogías, una de las primeras carreras en que se fomenta la educación superior de la mujer. Excepciones siempre hubo, en derecho y medicina, pero en distintas publicaciones se habla de ellas como damas adelantadas a su época, pioneras.
Otro cuento totalmente distinto es la realidad de la mujer trabajadora, perteneciente a los sectores populares, empleada como criada, oficinista, obrera o simplemente haciendo unos pesos dedicándose al lavado y costura de las ropas de otras familias. Ella no frecuenta estos exclusivos lugares y si bien no es “urbana”, como el varón, transita con mayor frecuencia por la vía pública. Su lugar, si es que existe, es la cola del mercado, el almacén de barrio o las ferias libres.
Hoy, que ya no existen casi espacios vedados por sexo, ¿dónde socializamos las mujeres en tanto mujeres? Compartir datos, apoyarnos mutuamente, hablar sobre alegrías e incomprensiones. ¿Dónde está el símil contemporáneo al café con piernas, la liga de fútbol y el borde de la parrilla que ellos sí tienen? ¿En la peluquería (que ahora último recibe en forma creciente al “sexo feo”)? ¿En la puerta de los colegios, recogiendo a los hijos a la hora de la salida? ¿En las liquidaciones de vestuario?.