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EDICIÓN | Junio 2013

Trazo surrealista

Felipe Bunster Baeza, artista visual
Trazo surrealista

La personalidad de Felipe está impregnada en cada una de sus obras. En sus pinturas, en sus dibujos, en sus esculturas. Y eso le encanta. Dueño de una paleta de colores alegre y avasalladora, sus obras se pasean por el mundo con la misma intensidad de siempre. Desde su casa-taller en Lampa, hablamos de sus orígenes, de sus pasiones y de cómo el arte forma parte 

por Macarena Ríos R. / fotografía José Luis Salazar A. y gentileza Felipe Bunster B.

Hablar con Felipe es como hacerlo con un viejo amigo. Su calidez, su sonrisa permanente y las anécdotas intermi-nables van llenando la atmósfera. Y cómo no, si su casa de quincha con vigas a la vista exuda arte. De las paredes cuelgan óleos de distintas épocas y diversos formatos. Coloridos, potentes, dinámicos. “Tengo una paleta interna llena de luces”, me dirá más adelante. Varios dibujos con aires surrealistas, hablan de su gusto por este formato y la técnica mixta. Apostadas en mesas, arrimos y sobre la chimenea prendida, están algunas de sus esculturas de torsos femeninos. Su última apuesta.

Más atrás, el taller. Lienzos a medio vestir, paletas, óleos, acrílicos, acuarelas, lápices. Y la melodía reveladora de Haendel como telón de fondo. “La música clásica es ideal para buscar concentración, calma e inspiración”, comenta.

Felipe Bunster, el que se fue de la casa a los diecisiete años, el que vendía libros de poesía en las calles de Providencia junto a su amigo Sebastián Ossa, el que hizo comerciales y se aprovechó de la publicidad para poder alimentar su hambre de arte, camina, gesticula, fuma. “Es difícil describir mi pintura. Es una mezcla entre surrealismo y abstracción, en donde la figuración oficia de ancla”.

¿Un pintor nace o se hace?
Yo creo que nace y se va construyendo en el camino, se va domando.

¿Por qué pintas?
Para celebrar y agradecer. Para conocer mi respiración, los latidos del corazón y el fondo detrás de mis ojos. Siento muchas veces que las formas y los colores me invaden y que son parte de mi esencia más profunda. En la valentía o locura de intentar imaginar lo inimaginable se mueve gran parte de mi pasión por la pintura. Para mí pintar es como caminar.

¿Y el arte?
Una ventana. La creatividad y el vértigo que encuentro en esa ventana, es tan libre y suelto, como riguroso y exigente, porque en la pintura ya está casi todo hecho. Lo importante y trascendente es proponer miradas distintas y renovadas.

AVENTURA EN EL VIEJO CONTINENTE

Tenía diecinueve años cuando partió a Europa en barco. Después de ver solo agua en el horizonte durante treinta días, la sabana africana, al amanecer, le pareció una maravilla. Eran las cinco de la mañana de un día cualquiera cuando se bajó en Valencia y tomó un tren hacia Barcelona, pese a que uno de sus hermanos, que vivía en Italia, lo estaba esperando. La impaciencia de su juventud lo llevó a cambiar de itinerario y con ello, a comenzar una aventura que duraría dos años, pero a su manera. 

Fue el asistente del multifacético Roberto Mardones durante un año. Y mientras aprendía fotografía de la mano de quien fue el artífice del destape de Interviú, vendía su arte en la calle del barrio bohemio por antonomasia: el barrio de Gracia. Autodidacta, Felipe nunca tuvo estudios formales, pero sin duda el estilo artístico heredado de su madre dejó en él una huella imperecedera.

La Expo Sevilla de 1992 lo pilló en España. En ese tiempo vivía con Roberto Durán y su familia, el entonces sub-comisario del pabellón de Chile y lo invitaron a celebrar el cumpleaños de Matta. Nada más ni nada menos. “Hablamos mucho de poesía. Era un tipo muy simpático, muy divertido, un genio. Todo lo que me decía era interesante, siempre con una segunda y tercera lectura, con una ironía y un humor impresionante”. Esa noche grabaría para siempre las palabras que le diría el pintor: “si tú tienes ganas, y te sientes a tus anchas en esto, no lo abandones nunca”.

Y no lo abandonó. Participó en exposiciones colectivas en Barcelona, Roma, Milán. Expuso en galerías y talleres destinados a mostrar talentos jóvenes. Se codeó con otros artistas, conversó con pintores, se empapó de arte y oficio. Y pintó. Pintó mucho. 

CURIOSITY KILL DE CAT

Hijo de la destacada pintora María Angélica Baeza y de Jaime Bunster, tenía ocho años cuando decidió que quería ser pintor. O tal vez menos. “Siempre hubo un taller en mi casa y yo era tremendamente curioso. Mientras mi mamá pintaba y hacía sus pátinas con policromía, yo fui absorbiendo todo, fui observando todo, tocando todo, aspirando todo. Y a pesar de la insistencia de ella porque me dedicara a otra cosa, el lenguaje de la pintura se me quedó grabado”.

¿Tu primera exposición individual?
Fue el día de mi cumpleaños —16 de diciembre— en Las Brisas de Chicureo, el 2002. Se llamó Onírica.

¿Nervioso? 
No, ¡estaba ansioso de la crítica!

¿Qué te provoca un lienzo en blanco?
Me produce un tema visceral. Pero para mí no es llegar y pintar. Puedo dejar una tela varios años para luego volver a retomarla. Todo tiene su momento y tiene que ver con la inspiración. Porque la inspiración es fugaz, no llega sola, llega con sudor, con trabajo, con método.

¿Alguna obra que se haya quedado en tu retina?
A los veinticinco años empecé a pintar una serie de grandes formatos (cuatro metros por dos). Una de esas pinturas se llamaba Sagiballo, y se la llevó un coleccionista neozelandés junto a varias más. Fue mi primera gran venta y con ella, la internacionalización de mi carrera.

¿Es necesario el estudio de una carrera para poder expresarte?
Yo creo que no. El arte es tan libre que no necesitas estudiarlo. No hay límites para la imaginación.

¿Qué buscas lograr con tus pinturas?
Para mí lo primordial es que te sucedan cosas. Un cuadro te tiene que hablar, te tiene que preguntar, te tiene que agredir. Una obra te tiene que mover el piso, no puede dejarte indiferente.

Casado con la orfebre y diseñadora de vestuario, Fernanda Callejas, hace diecisiete años, la creatividad de este artista sigue en constante evolución. “Siempre mi tema ha sido medio cosmográfico. Aún antes de saber que Matta existía, mis cuadros hablaban del universo y siempre mis trabajos partían de la mancha. Trato de sacarme lo “mattiano”, pero lo tengo metido en la médula”. 

¿Planes?
Estoy en conversaciones para exponer Cosmos, mi nueva colección, en Lima, Buenos Aires y en el Consulado de Chile en Nueva York.

ESCULTURAS SURREALISTAS

Hace unos meses, Felipe se despertó con ganas de dejar por unos momentos los dibujos y las pinturas y trabajar lo tridimensional. Sus ojos azules repararon en los cientos de fierros que había en su casa, compró una soldadora, pasó una mañana viendo videos en Youtube y comenzó a crear esculturas de fierro forjado. Torsos de mujeres hechos de lámparas, de molinillos de café. Un acierto.

“Me seduce mucho la ductilidad y rudeza del hierro, así como todo lo que implica soldar. Nunca pensé poder traspasar la esencia de mis dibujos y pinturas al volumen. Fue alucinante darme cuenta que a través de distintas formas de expresión y materiales, sigo una propuesta tan cercana a mi estilo de creación”.

¿Tu mayor alegría en la vida?
Mi familia, ¡lejos! Fernanda, mi mujer, mi musa desde siempre y mis hijos Javiera (24), Dominga (14) y Simón (12).

¿Lo más ingrato de ser artista?
El tema económico. En Chile el arte es demasiado elitista. Una vez escuché a Claudio Di Girólamo decir que un artista no es solamente alguien que pinta, sino alguien que logra vender. Por suerte he tenido mecenas toda la vida. Rodrigo Hinzpeter fue mi mecenas durante cinco años.

¿Un día perfecto?
Todos los días son perfectos. Y eso va a depender de cuán perfectos tú quieres que sean. 

 

 
“...la inspiración es fugaz, no llega sola, llega con sudor, con trabajo, con método”.

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