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EDICIÓN | Junio 2013

Historias de la Marina

Por Nicolás Larraín, Publicista y conductor radial
Historias de la Marina

Por circunstancias de la vida he estado yendo harto a Concón y en estos viajes he recordado mucho nuestra infancia y nuestra relación con los marinos. Por eso, se me ocurrió escribir aquí esos recuerdos.

Cuando éramos chicos (trece y catorce años), el hermano mayor de Felipe Izquierdo, José Manuel, quiso entrar a la Escuela Naval. Con los Izquierdo nos conocíamos desde que nacimos, ya que nuestras respectivas madres trabajaban juntas en el Banco Central y se hicieron yuntas. A pesar de que ellos vivieron casi toda su infancia fuera de Santiago (Punta Arenas, Osorno y Temuco), la amistad siempre fue muy fuerte y nos mantuvimos en constante contacto en las vacaciones de invierno y verano.
 
Había entre nuestras familias una poderosa sincronía en muchos aspectos: de entrada, el humor, la mirada sobre la vida, el gusto por la comida, la música, el baile, el valor de la tontera en sí misma (que sigue siendo así), como un bien muy preciado en nuestras casas. Y en ese escenario, José Manuel entró a la Escuela Naval inspirado en jóvenes de familias osorninas de su colegio San Mateo. Nos hizo participar a todos de este proceso, ya que en esos años (1980) parecía ser un tema recurrente, para ciertos muchachos de quince y dieciséis años, evaluar la posibilidad de entrar a la Escuela Naval.
 
Debo reconocer que casi todos en la familia y muchos de mis amigos cercanos, en algún momento, quisimos hacerlo y lo pensamos, las pintas, la disciplina, la exigencia, la formación, todo nos impresionaba. Si había algún debate político contra los militares, incluido el almirante Merino, no le salpicaba nada a los cadetes de la Escuela Naval; parecían impolutos ante cualquier escaramuza o problema circundante.
 
Lo que más recuerdo es cómo los cambiaba. Lo digo por José Manuel y por mi hermano Matías, un año menor que yo, que siguiendo sus pasos, también entró. 
 
Después de ingresar, recién los volvíamos a ver en tres meses y realmente parecían extraterrestres. Siempre erguidos, le abrían la puerta a todo el que estaba por ahí cerca, les corrían la silla a las mujeres al momento de sentarse. Muy silenciosos, entre robóticos, simétricos y totalmente adiestrados, sus movimientos parecían controlados por una central de operaciones. Parecía que en noventa días un ser humano de dieciséis años lograba cambiar en ciento ochenta grados, ya sea en sus motivaciones, convicciones, conductas, hábitos y hasta su respiración.
 
Cada vez pienso cómo la cultura del premio y el castigo, aplicado a lo que realmente le importa a la persona, provoca los efectos más sorprendentes en su actuar. Mi reflexión se vincula con que una de las medidas más exitosas para transformar a adolescentes totalmente relajados y con pocos hábitos, en casi superhéroes juveniles, era el castigo de dejarlos sin salida el sábado en la tarde por incumplir alguna norma disciplinaria. La sola idea de perderse la ida a visitar a su familia después de una semana estudiando, con duchas a las cinco de la mañana, disciplina, disciplina y más disciplina, provocaban el acostumbramiento del cuerpo a cumplir las normas.
 
El debate entre los efectos de la formación militar en el mundo está sobre inundada de amigos y enemigos. Sus devastadores efectos en las guerras y los excesos rechazados por todos contra la impecable enseñanza, que les demuestra a esos jóvenes que tienen muchas más capacidades y resistencia de la que ni ellos ni sus familias creían. En el caso de lo que hizo la Escuela Naval a mi hermano Matías y a José Manuel, creo que fue de lo mejor que les pudo pasar en la vida, un ejemplo para todos nosotros de disciplina, educación, formación, persistencia, resistencia, convicción, camaradería y podría seguir con hartos conceptos más. Solo termino contándoles que ambos, hoy por hoy, son unos capos en sus pegas y en sus familias. 
 
 
“José Manuel entró a la Escuela Naval. Nos hizo participar a todos de este proceso, ya que en esos años (1980) parecía ser un tema recurrente para ciertos muchachos de quince y dieciséis años”.
 

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