Trajo Los momentos, su sexto disco de estudio lanzado en marzo. Es un título con sorpresas en una carrera que parecía encaminada a administrar con poco riesgo su lugar en el pop latino, en el sitio de los consagrados.
Mientras los baladistas en español muy rara vez se atreven a expandir su lenguaje musical y lírico —el mejor ejemplo es Chayanne—, Julieta Venegas inició su carrera como parte de un pop indie timbrado en México en la medianía de los noventa. La compositora y cantante de álbumes como Aquí (1997) y Bueninvento (2000) era una artista oscura, de música críptica y auto flagelante. La de Sí (2003), la portada donde vestía de novia con expresión ilusionada y coqueta, amplió su público exponencialmente. De pronto, la artista treintañera se convertía en heroína de chicas con la mitad de su edad, incluso menos. Se volvió traviesa, como una especie de Chilindrina del pop.
Tras Limón y sal (2006) y Otra cosa (2010), Julieta Venegas alcanzó los cuarenta años y se convirtió en madre. Su maternidad auguraba un regreso discográfico cargado de ternura y vibras positivas, como Mazapán convertido en pop para señoritas.
Los pronósticos erraron porque la mexicana compuso un álbum que se deshizo de los detalles acústicos y orgánicos característicos de su sonido, para volcarse a los sintetizadores y la pista de baile con tono lúgubre. Los momentos retrata una sensibilidad estilística mucho más osada dentro de los marcos comerciales, alérgicos a los riesgos y volteretas. Julieta Venegas no piensa en repetir, tampoco le preocupa equivocarse.