Comenzó su carrera cuando los turnos eran eternos. Daba lo mismo si debían estar veinte o treinta y hasta cincuenta días seguidos, literalmente, en la punta del cerro, el objetivo era uno solo: obtener información suficiente para determinar si valía la pena explotar esa veta escondida en las profundidades de la tierra.
Ya han pasado un poco más de treinta años de esos tiempos y hoy, por primera vez, Carlos Rojas está detrás de un escritorio, cumpliendo funciones como gerente de Asuntos Externos de Sierra Gorda SCM, un proyecto ubicado a unos tres kilómetros de esta comuna y que está en su primera fase de desarrollo.
Para Carlos, esta nueva etapa es tremendamente interesante, pues su principal responsabilidad es mantener las buenas relaciones con los habitantes de Sierra Gorda, localidad que es parte de este proyecto.
“También tengo a cargo las comunicaciones de la compañía, además de lo relativo a los aspectos legales. Después de todos estos años, conozco la industria en todos sus aspectos, ya sea directa o indirectamente, y por eso, el tema fluye sin mayores inconvenientes. Lo interesante es que la recepción de la comunidad ha sido altamente positiva, considerando que ellos a mí me conocen desde el año ochenta, cuando empecé mi carrera”.
Carlos Rojas fue parte del discovery team del yacimiento de Sierra Gorda, que estaba compuesto, además, por dos geólogos. “Este yacimiento ya se conocía, era como un mito urbano del que se sabía su existencia, pero no se tenía certeza sobre su envergadura, su calidad y otros detalles que era fundamental conocer”.
En su currículum se suman más de diez años en exploración de minas, un trabajo tradicionalmente realizado por geólogos, aunque su profesión es de ingeniero en minas.
¿Cómo nace tu vocación “por el cerro”?
Yo nunca pensé que quería estudiar ingeniería en minas, sino más bien fue una especie de herencia familiar. En realidad, ni siquiera lo cuestioné ni pensé en estudiar otra cosa, porque yo sabía que mi camino iba a ser la minería. Yo nací en María Elena, un lugar muy lindo para vivir, sobre todo la etapa de la primera infancia. Me vine a los ocho años a estudiar a Antofagasta, pero la verdad es que siempre queda ese arraigo. De hecho, cuando terminé la universidad, al primer lugar que me fui a trabajar fue a la salitrera, pensando en María Elena como prioridad, con intención de retribuir algo al lugar donde nací, y al final la compañía decidió mandarme a Pedro de Valdivia, que era una localidad antagónica, el eterno rival.
¿Llegaste a Antofagasta y pasaste toda la infancia y adolescencia acá?
Básicamente, sí. Estudié en la Universidad Técnica del Estado, en la escuela de ingeniería. Tuve algún perfeccionamiento en Santiago y luego me dediqué a trabajar.
¿Qué otra cosa hubieras estudiado?
Derecho. Y en algún momento lo pensé mientras estaba trabajando en minería; estudiar derecho para especializarme, justamente, en derecho minero.
Pero siempre en la línea minera...
Es que se lleva en la sangre. Es algo bien particular. Tengo la suerte de haber conformado el primer grupo de trabajadores de Minera Escondida, cuando nadie lo conocía, por el año ochenta. Y también tengo el privilegio de ser el primer ingeniero en minas en ocupar el cargo de gerente de exploraciones de una compañía en Chile, que tradicionalmente pertenece a los geólogos.
¿Qué significa trabajar en un equipo de exploraciones?
La exploración en Chile cobra un realce importante a fines de los ochenta, comienzo de los noventa, cuando empiezan a llegar una infinidad de compañías mineras junior, especialmente canadienses, que son empresas que tienen poco capital de trabajo y se dedican a trabajar yacimientos en lo que llaman la exploración básica. Esto significa salir al cerro, a mapear, a buscar terrenos que sean interesantes. Una vez que cumplían esta labor, como no tenían los recursos para después explotarlo, lo vendían. Son muy pocas las compañías junior que se dedicaron después a producir los minerales que habían descubierto. La exploración es el inicio del proceso minero desde los primeros trabajos geológicos hasta la consagración, cuando empieza la construcción y la explotación del yacimiento.
Es un trabajo full terreno...
Claro y como para mí la pampa era conocida, no me daba miedo el desafío de ser el primer explorador en Chile que no era geólogo. Al principio fue difícil ser aceptado, porque además era muy joven, pero hoy en día la mayoría de mis amigos son geólogos y, de hecho, me siento más geólogo que ingeniero.
¿Cómo vives hoy el cambio de funciones?
Es la primera vez que estoy participando en la construcción y puesta en marcha de un yacimiento. Siempre llegué hasta la fase exploración, pero esta vez, y en una decisión compartida con la compañía, me he mantenido vinculado al proyecto por nueve años.
¿Cómo se gestó tu incorporación a este proyecto?
Yo estaba trabajando en Perú cuando John Currie me llamó para contarme de esta aventura e invitarme a participar. Entonces conformamos un equipo de geólogos, encabezado por Jorge Maya, y se empezó a escribir la historia. Con Currie apostamos por esta idea y decidimos jugar todas las fichas. De hecho, era bien arriesgado porque solo teníamos seis meses de trabajo garantizado. Nosotros partimos en junio del 2004 y en diciembre de ese mismo año debíamos tener resultados que permitieran tomar decisiones.
¿Y si no resultaba quedaban sin trabajo?
Siempre tuvimos la convicción de que íbamos a lograr algo grande. No es que nosotros hayamos sido los expertos o que estuviéramos mirando una bola de cristal; más bien era un presentimiento fundamentado por los conocimientos que teníamos en los distintos distritos de la región. Mi primer jefe, Aldo Moreno, siempre decía que cerca de Sierra había un gran yacimiento de cobre.
¿Y por qué esta vez la exploración fue exitosa?
Lo que pasa es que depende de los objetivos que estén explorando, depende de los valores del cobre. Además, antes los métodos de exploración no eran tan avanzados, los temas de prospecciones eran un poquito más limitados. Pero donde yo creo que está la clave, es que las compañías que pasaron antes por Sierra Gorda, tenían como meta los óxidos primarios que estaban más cerca de la superficie. Nosotros hicimos sondajes con más de mil metros de profundidad.
¿Cómo es una exploración?
Es un trabajo absolutamente planificado, donde se deben hacer muchos exámenes superficiales, mapeos arqueológicos, determinar cierto tipo de rocas que puedan ser favorables para recomendar un estudio de geofísica; después hacer prospecciones que permitan conocer qué está contenido en el subsuelo y si esas capas son favorables para un tipo de yacimiento; ahí recién comienza el sondaje. El sondaje viene a culminar todo el proceso de exploración superficial.
¿Qué otro factor puede haber contribuido en el éxito del equipo?
Es que estábamos convencidos de que nuestras teorías eran correctas porque encontramos muchas zonas abiertas, de exploraciones anteriores, que quedaron sin sondear. La compañía creyó en nosotros y nos apoyó en nuestro plan.
¿En esta etapa no hay nada en el entorno?
Nada de nada. Bueno, al menos esta vez teníamos un lugar con cuatro paredes. Hay ocasiones en que la exploración se hace en carpa, cero comodidades, sin comunicación, salvo una radio que funcionaba en ciertos horarios...
¿Y cuál era la magia?
Es que se genera cierta pasión que uno desarrolla por el terreno. De hecho, creo que el paso más difícil que he dado en mi vida ha sido tener que dejar las exploraciones y ocupar un cargo dentro de la estructura de operaciones. En un momento pensé que no me iba a acostumbrar a dejar los cerros para estar en una oficina, en una nueva responsabilidad, pero cada etapa tiene su momento y este nuevo rol ha sido bastante positivo, tanto en lo personal como en lo profesional.
Con toda una vida en el cerro, ¿cómo ha funcionado lo familiar?
Todo se facilita con el apoyo de la familia. Mi mujer trabajaba en lo mismo y juntos decidimos que ella sería la encargada de cuidar nuestra familia y ese fue otro gran acierto: nuestros tres hijos son estupendos alumnos, fabulosas personas y el mérito es de mi esposa. Carlos, Rodrigo y Gonzalo son mi gran orgullo.