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EDICIÓN | Mayo 2013

El origen de la vida

Río Loa

Casi sin notarlo, el paisaje del desierto más árido del planeta rompe su monotonía gracias a una extensa cuenca que corre de cordillera a mar, con una longitud de casi cuatrocientos cuarenta kilómetros, y que en su fondo, casi escondido, mantiene una variada biodiversidad en flora y fauna. Este milagro es gracias a un torrente constante de agua que baja de la cordillera y cambia abruptamente los colores tradicionales de nuestro tradicional entorno.

Texto y fotografías por Mauricio González y archivo Caminantes del Desierto.

Considerada la mayor cuenca hidrográfica de todo el país y la única exorreica, es decir  conectada al mar, de toda la Región de Antofagasta, el río Loa constituye todo un milagro de vida. En nuestro afán de conocer y crear un registro de las especies que moran la Cordillera de la Costa, la organización Caminantes del Desierto (ONG), pudo adentrarse en su curso por una distancia cercana a los setenta kilómetros, descubriendo espacios que han permanecido intocables por décadas y en donde la vida se expresa en diversidad de colores y formas que sobrecogen al espectador.

A 270 kilómetros de la ciudad de Antofagasta y en el límite entre la primera y segunda región, nos encontramos con la magia de la naturaleza que se muestra imponente al romper la monotonía de colores de nuestro extenso desierto. Nos referimos al Río Loa y su desembocadura. 

Partimos muy temprano en la mañana desde la ciudad. El vehículo de traslado comienza su recorrido cuando aún es de noche. Son casi tres horas de viaje al norte de la región y debemos aprovechar el tiempo al máximo. El viaje comienza entre risas, saludos y algazara, pero al pasar los minutos y rodar por la carretera monocorde comienza a reinar el silencio y, por supuesto, muchos caen directamente al sueño.

En el camino van quedando lugares, caletas, pueblos y cementerios olvidados. Reponemos fuerzas con un desayuno en Tocopilla y continuamos viaje. A eso de las nueve de la mañana enfilamos desde la carretera principal a la misma desembocadura del río por caminos vecinales que permiten llegar hasta casi el mismo sitio en donde se unen las aguas de la cordillera con las del mar. Incluso es posible observar testimonios de antiguos intentos por convertir este sitio en un atractivo turístico: pedestales informativos aún sobreviven a las inclemencias del clima, manteniendo descoloridas imágenes e indicaciones que explican toda esta maravilla.

Lo primero que llama la atención es el verdor del área. Múltiples especies de plantas y arbustos acompañan el curso en toda su extensión. Variada avifauna, desde Patos Gargantillos, el esquivo siete colores (especie única) hasta aves marinas retozan en sus orillas y juncales, indiferentes a nuestra presencia. 

Pero algo nos falta. La toponimia de la palabra Loa. Lo más cercano que encontramos es que Loa viene de la voz aymara luu, que significa "el que almuerza". A pesar que buscamos más información sobre el origen del nombre, solo encontramos esta. Nos agrada el significado, además que nos aprovechamos de este y disfrutamos de una rica comida.

Luego de recorrer y fotografiar toda el área, nos dirigimos a la cadena montañosa de la cordillera costera, en primera instancia por el cauce mismo río. Cada paso dado era muy dificultoso, por tanto subimos a la meseta del desierto que rodea el curso del agua y avanzamos al encajonamiento del río, ese espacio abierto entre los cerros por la fuerza del agua. 

Cerca de la cumbre de los cerros, nos encontramos nuevamente con los vestigios de antiguos informativos, que indicaban que en ese sitio se habían encontrado asentamientos prehispánicos. El lugar se encuentra a mal traer, pero queda justo en frente de una de las máximas bellezas originadas por el Loa: una extensa cascada que no tiene mucha altura, pero que nos deja maravillados Las máquinas fotográficas casi colapsan con tanto clic. Se debe dejar el testimonio de su existencia.

Estamos en el sitio exacto en donde aflora el río al romper los cerros majestuosos. La vista que ofrece el interior de la quebrada es de antología, pero para ingresar debemos bajar al cauce. El calor y la sensación térmica son agobiantes. Debe haber unos cuarenta grados. Queríamos acotar “a la sombra”, pero aquí no hay sombra… no hay árboles, solo arbustos que no permiten guarecerse bajo ellos por lo entrampado de sus ramas y espinas. 

A corta distancia, unos zorros chillas nos miran displicentes, más preocupados de buscar la sombra entre los atriplex y espinos, que de nuestra presencia. 

Al cruzar el primer cordón montañoso nos encontramos con pequeñas lagunas y remansos en donde es posible observar como las aves se reúnen, tranquilas y sin sobresaltos. La vegetación no se muestra más exhuberante, pero el encajonamiento del curso de agua, nos hace sentir que estamos en un bosque de arbustáceas. Un detalle no menor y muy importante es la presencia de tábanos. Esos dípteros poco queridos, en este lugar abundan y hacen de nuestra exploración un verdadero martirio. No son decenas, son cientos, por tanto, un buen repelente es básico si se visita este lugar. 

Hubo un instante en el que divisamos un numeroso grupo de aves en una pequeña laguna. Las divisábamos de lejos y de inmediato pensamos que podían ser tagüitas del norte o patos gargantillos. Esa foto era imperdible, así que tratamos de ser sigilosos, pasando por sobre las piedras y obstáculos para captar las imágenes. ¡Sorpresa! Eran patos yecos. La foto era buena, pero este viaje no era para contemplarlos a ellos. 

Poco a poco nos fuimos internando por las veredas que nos dejaba el río para transitar. La meta era el pueblo de Quillagua, a setenta y cinco kilómetros de la desembocadura. El lugar es sobrecogedor, los muros de rocas se elevan verticales a ambos lados del río. Deben tener una altura superior a los seiscientos metros. El calor agobia. Si en condiciones normales no se requieren más de dos litros de agua por día, en este sector la carga mínima diaria sobrepasa los cuatro litros. Eso representa bastante peso adicional. 

A medida que avanzamos, nos encontramos con un cauce más estrecho y de grandes dificultades, por tanto, optamos por encaramarnos a la meseta desértica. Luego de escalar uno de los murallones pudimos avanzar con más libertad y tuvimos los mejores atalayas de observación. Solo diremos que todo el lugar es esplendoroso, el contraste, los colores, el aroma. Una experiencia única. Mientras más al interior, más se no facilitaba el trayecto, pero para ahorrar agua, tuvimos que marchar de noche y necesariamente utilizar GPS. 

En el amanecer, el cielo se mostraba de un azul intenso. Estamos en la temporada del invierno altiplánico y a lo lejos, en la cordillera, las nubes amenazaban. Tenemos que apurar la marcha antes de que salga el sol, que finalmente cae sobre nuestras cabezas agotándonos.

El desierto aporta un viento muy tibio, que nos deshidrata. Cada cierto trecho, bajamos al río a refrescarnos, pero son extenuantes las bajadas y subidas, pero al tercer día concluimos la jornada.

Fue agotador, pero hermoso. Supimos que está en proyecto el declarar sitio de protección la desembocadura de este río. Nos agrada y damos las gracias por esta medida. De igual manera sentimos que si no se protege el curso completo, tarde o temprano puede desaparecer.

Para realizar este tipo de travesías es imprescindible tener en cuenta: (ponerlo en recuadro)

Los espacios naturales son hermosos y gratos de visitar, pero con responsabilidad. No te adentres en ninguno de ellos si no tienes los conocimientos o la guía necesaria.

Recorrer la extensión de la desembocadura hasta Quillagua, requiere mucha logística y preparación, son extensiones de terreno sin un alma en sus alrededores. Por tanto, se sugiere recorrer solo la desembocadura.

Siempre, ante cualquier excursión, informar de esta a Carabineros y, por supuesto, a los familiares y amigos cercanos. Esto es obligatorio.

Llevar consigo como mínimo un GPS. Si se le puede agregar un teléfono satelital, mucho mejor. En la mayoría del trayecto, no hay señal de celular.

 

Nuestro dato:

Más informaciones y nuevas exploraciones: Caminantes del Desierto Agrupación Ecológica.

www.caminantesdeldesierto.cl
www.florayfaunadeantofagasta.cl
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caminantesdeldesierto@gmail.com

 

 

Considerada la mayor cuenca hidrográfica de todo el país y la única exorreica, es decir conectada al mar, de toda la Región de Antofagasta, el río Loa constituye todo un milagro de vida.

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