Muchas veces los complicados discursos sobre arte provocan que el destinatario final de cualquier obra, es decir el público, se sienta menoscabado y prefiera evitar asistir a exposiciones por no manejar el lenguaje de los “expertos”.
No han sido pocas las oportunidades en que he escuchado decir “es que no tengo idea de arte” cuando se enfrentan a una obra o trabajo que no satisface sus expectativas y ahí viene la pregunta ¿cuándo un trabajo se convierte en obra de arte?
Más allá de toda tendencia, una pieza ya sea escultórica, musical, o audiovisual se eleva a la categoría de arte cuando el receptor así lo decide. Más allá de los convencionalismos, si el público se emociona frente a un lienzo, una melodía o cualquier otra expresión, si se logra tocar el alma del espectador y generar en él una reflexión, entonces la misión está cumplida.
Y una vez que se logra esa sensibilización, es como si los ojos de ese observador lograran ver más allá y se genera en ellos una inquietud por conocer más, por descubrir más. Van adoptando posturas y un criterio personal y ya no tienen miedo de expresar su opinión. Es por ello que al menos para mí, el lenguaje de la trampa al ojo es el que más me acerca al público.
Es cierto que al tener un formato mural, muchas de estas pinturas tienen como principal finalidad embellecer un ambiente, pero a menudo también ofrecer una información o relatar una historia usando como hilo conductor una o más imágenes.
Esta técnica, también llamada Trampe-l'oeil busca un engaño visual jugando con las perspectiva y otros efectos ópticos, integrando al espectador a la obra y sacándolo un momento de su realidad.
Más allá de los formalismos, si se logra conseguir que una sola persona se sienta más cerca del arte a través de estas obras, si se logra emocionar por algún recuerdo o situarse en otra época, entonces se logra la masificación del arte y por lo tanto, el engrandecimiento del alma de una comunidad.