El Buque Escuela Esmeralda fue construido en España y llegó a la Armada chilena de una manera más bien curiosa: durante años la nación europea había comprado a Chile miles de toneladas de salitre para recuperar su devastada agricultura después de la Guerra Civil, pero llegó un momento en que no pudieron pagar su crédito y ofrecieron a cambio la entrega de productos manufacturados, entre ellos, construcciones navales. La propuesta fue aceptada en 1951 y el 12 de mayo de 1953, se efectuó, desde los Astilleros de Cádiz, el lanzamiento del Buque Escuela. La llegada a nuestro país ocurrió el 1 de septiembre de 1954, en medio de un gran recibimiento ciudadano y la presencia del presidente de la época, Carlos Ibáñez del Campo.
Desde ese momento, el buque se transformó en símbolo de instrucción de nuestros marinos. Como Buque Escuela de la Armada, y aunque en la actualidad las embarcaciones modernas utilizan la última tecnología, se ha elegido para enriquecer la formación de oficiales y suboficiales, empapándolos de las tradiciones y experiencias que realmente permiten conocer el mar.
¿Por qué Esmeralda? Lo cierto es que seis importantes buques en la historia de nuestra navegación han llevado este nombre, que recuerda acciones navales gloriosas en nuestra historia naval, como aquella del 21 de mayo de 1879 cuando, bajo el mando de Arturo Prat, la Esmeralda combatió por tres horas a un enemigo claramente superior y cuya hazaña finalizó con el salto al abordaje del capitán, lo que lo catapultó como uno de los grandes héroes de nuestra historia.
Desde hace cincuenta años, la Esmeralda realiza viajes de instrucción, que tienen como objetivo llevar un mensaje de paz y amistad del pueblo chileno. Durante la travesía, los guardiamarinas egresados de la Escuela Naval y los mejores marineros de la Escuela de Grumetes tienen la responsabilidad de representar a nuestro país en un viaje que los tiene ocho meses recorriendo distintos mares. Este año, y bajo el mando del capitán de navío Juan Andrés de la Maza, el zarpe está planificado para el 22 de septiembre desde Valparaíso y el crucero incluye visitas a Ecuador, Panamá, Colombia, México, Estados Unidos, Puerto Rico, Curazao, Brasil, Uruguay y Argentina, para regresar al mismo puerto en abril del 2014.
PASADO Y PRESENTE
Muy pocos tienen la oportunidad de conocer y recorrer esta verdadera ciudad flotante. Para guiar nuestro recorrido, fuimos acompañados por el guardiamarina Miguel Torres, quien nos mostró los detalles de este buque, que posee un largo total —o eslora— de 113 metros, 29 velas y una velocidad máxima de 17,5 nudos.
Resulta impresionante encontrarse con todo tipo de servicios. Hay lavandería, cocina, peluquería, salas multifuncionales que sirven como gimnasios, cines y hasta improvisadas capillas. Miguel nos cuenta que su grupo pertenece al quinto año de la Escuela Naval, por lo que a bordo reciben instrucción y, por supuesto, deben rendir exámenes. No hay mareos que valgan.
“La mayoría de quienes ingresamos a la Armada sentimos gran respeto por el uniforme. Muchas veces, el trabajo que realizamos está muy lejos de la imagen un poco romántica de los marinos de las películas, pero, a cambio, se abre un amplio abanico de oportunidades de carreras profesionales, ingenierías o aviación naval”, nos cuenta Miguel.
Cada rincón de La Esmeralda brilla como si fuera nuevo. Y esto no es casual. A quienes navegan en ella, les han inculcado el valor de la historia y, por lo tanto, preservan los detalles como en una cápsula del tiempo, no solo en lo que se refiere a infraestructura, sino también a tradiciones. “Antiguamente, los marinos navegaban guiándose por las estrellas y por el sol. La idea es mantener esa mística y aunque hoy existe tecnología suficiente como para cruzar muchos océanos, seguimos aprendiendo las técnicas de antaño”.
“Nosotros, por ejemplo, podríamos tener televisión a bordo, y no lo hacemos por opción. Queremos potenciar la convivencia y si hubiera tele eso sería más difícil. Se permite el computador, por un tema de estudios, pero es evidente que te aísla del resto. Nosotros tratamos de dejar esas cosas de lado y formar amistad, tratar de compartir más. Nos esforzamos por ser una familia con trescientos veinte integrantes”, nos cuenta Miguel.
Llegamos a la cocina y es casi increíble que, en un espacio tan reducido, se preparen los alimentos de toda la tripulación. Pienso en la mía y trato de tomar notas sobre optimización de metros cuadrados.
En un pequeño inventario visual, encontramos horno eléctrico, una freidora de dos cámaras y unas tremendas ollas o marmitas que funcionan una con electricidad y dos con vapor. Literalmente, aquí todo el día se cocina, desde el desayuno a la noche.
Tienen un menú mensual que va variando para no aburrir a los comensales, aunque no existen los regodeos ni caprichos culinarios. Lo único inamovible es la empanada de los jueves, herencia de Arturo Prat, pues relata la historia que el heroico 21 de mayo —que era jueves—, esa fue la minuta: empanadas, cazuela y mote con huesillo de postre. Tradiciones por doquier.
Si se presenta mal tiempo, todo sigue funcionando igual y si es necesario se eliminan las sopas y las cosas líquidas, pero el resto es normal. Todo está diseñado para alimentar a los embarcados y, como en toda la institución, quienes están a cargo dicen con orgullo: “estamos preparados para tomar la mejor decisión en los peores momentos y poder salir adelante a pesar de todas las cosas que puedan pasar”.
CÁMARAS DE HISTORIA
Llegamos a la Cámara de Guardiamarina, donde los más jóvenes pasan la mayor parte del tiempo cuando están en alta mar. Nuevamente, los ritos se convierten en protagonistas. Un retrato del oficial Riquelme tiene un lugar de privilegio. “Él era el joven que tocaba el violín en el Combate Naval de Iquique, por eso se le rinde homenaje en todas las cámaras de guardiamarina en todas las naves de la Armada”.
Otra de las costumbres que se evidencian en este lugar, es la campana instalada en medio de los sillones. “El que la toca en alguna reunión invita una ronda de lo que sea para todos. Generalmente, es cuando se debe celebrar alguna buena noticia”.
No llevamos ni media hora y se me ocurre mirar por una escotilla. Nada que hacer, el movimiento del mar me marea. Un poco a tropezones llegamos a la Cámara del Comandante. Un verdadero lujo.
El lugar es un museo. La única modificación que ha tenido desde su construcción es el sistema de aire acondicionado, lo demás se ha mantenido igual. Acá se toman las decisiones sobre el buque y el personal. La esencia de esta cámara es estar solo... “la soledad del mando” nos hace imaginar a Prat pensando en su familia y su gente, justo antes de decidir el abordaje.
Podría quedarme horas mirando los libros, los recuerdos de otras Armadas de países tan lejanos que parece increíble que esta nave haya llegado a sus costas. Los muebles hechos de maderas exquisitas y relucientes. Todo como sacado de un libro.
Sobre la mesa del comedor, que es donde el comandante recibe a sus visitas más ilustres, destaca un mosaico maravilloso con el escudo nacional. Justo al mediodía, esta obra se refleja en un albo mantel, creando un efecto visual que deja encantados a los pocos que tienen la distinción de presenciar este bello espectáculo.
VIDA A BORDO
Aunque dice la canción que en el mar la vida es más sabrosa, lo cierto es que no deja de llamar la atención cómo funciona la rutina de quienes optaron por levar anclas. Nos enteramos de que a bordo también van un sacerdote, un dentista y un médico. Son profesionales que postulan a la Armada, estudian en la Escuela Naval lo básico de la navegación y luego obtienen un grado.
Si existe alguna emergencia médica se le informa al comandante y dependiendo de su gravedad, incluso pueden realizarse intervenciones de baja complejidad en medio del océano. Por otro lado, aunque arman improvisados gimnasios, también hay deportes muy particulares, como competencias internas de resistencia y velocidad.
Miguel nos relata que, en caso de tormenta, hay que aprender a respetar el mar, pero sin tenerle miedo. “Uno, desde que entra a la Escuela Naval, se desliga de la casa, nos independizamos muy jóvenes, pero aún así los padres sufren. Mi mamá llora cada vez que me tengo que ir de su lado y uno trata de reírse para calmarlos un poco. Después de todo es nuestra vocación y tenemos todas las condiciones para estar bien”.
A estas alturas del recorrido se me acaban los sinónimos para describir las emociones al estar a bordo de esta institución nacional. Como que un patriotismo especialmente poderoso se adueña de uno. Después de todo, no siempre se puede estar en La Esmeralda, con sus recovecos llenos de medallas, simbolismos e historia. Por algo en todos los puertos es la preferida.