Emparejan amores imposibles, conceden salud, ubican familiares perdidos, dan éxito en los estudios, conceden trabajo y prosperidad económica. De eso dan cuenta varones y damas, ricos y pobres, citadinos y gente del campo en las inscripciones de agradecimientos que han depositado junto a las “animitas”; testimonios grabados en placas de mármol, bronce o madera, o simplemente escritas a mano en una cartulina. Los conductores les tocan la bocina, los transeúntes se persignan, los turistas las fotografían por pintorescas.
De acuerdo con el investigador, escritor y folclorista chileno Oreste Plath, la animita es una marca o “cenotafio popular” del lugar donde se ha producido una muerte “mala”: repentina, sangrienta o injusta. La creencia indica que cuando una persona muere, su espíritu queda revoloteando en ese lugar. Los restos mortales, en tanto, son trasladados al camposanto. Se honra el alma, la ánima”, agrega el desaparecido autor en su obra L’Animita: hagiografía folclórica, un interesante estudio del fenómeno, que incluye una lista pormenorizada de las más populares, tanto de la capital como de regiones.
No está claro cuándo se inició esta tradición, pero se saben algunas cosas, como que está ligada a nuestros pueblos originarios. O que se encuentra solamente en Chile. Porque hay culto a los que partieron repentina e injustamente en varias latitudes, pero esa casita con techo de dos aguas y reja que guarda velas y fotografías es creación nuestra. No hay que confundirla con otros santos populares, también milagrosos —dicen— inmortalizados en monumentos o sepulturas en los cementerios, como la del presidente José Manuel Balmaceda o la novia Orlita Romero, quien falleció, se dice, momentos antes de su matrimonio y fue inhumada por su madre en urna de cristal con su ajuar nupcial.
Encontramos animitas en bandejones de transitadas avenidas, junto a rieles del ferrocarril, en la orilla de un curso de agua, curva peligrosa de una carretera, rocas de las playas. Son visitadas regularmente, adornadas con cariño, cuidadas por anónimos; se dialoga con ellas con angustia y esperanza y luego se agradece por escrito. Hay que cuidar mucho este último paso, porque testimonios hay sobre los castigos propinados por animitas que han sido olvidadas.
No son santos en vida. Hay malhechores y víctimas inocentes de crímenes, incendios, atropellos o naufragios. Los más venerados, en Santiago, datan de un siglo, como por ejemplo, son “Romualdito” Ibáñez, sureño convaleciente de un problema pulmonar, quien murió apuñalado en un asalto, en calle San Borja (1933); o la niña “Marinita” Silva, degollada por su padrastro en el actual Parque O’Higgins, a sus cortos tres años (1945). También son objeto de peregrinación Emile Dubois, convicto por seis homicidios, aunque siempre juró inocencia, en Valparaíso (1905); y Petronila Neira, la adolescente que apareció flotando en la laguna Redonda de Concepción (1910), deceso causado, al parecer, por motivos pasionales.
Más recientes, encontramos la de Willy, estudiante que se suicidó a los dieciocho años en el cajón del Maipo (1998) o la de Felipe, un joven fallecido en un accidente de tránsito (2005), de quien se dice que cuida la esquina de Moneda con Santa Lucía, en el paso bajo nivel.
Se han edificado otras, quizás más recordadas por su impacto noticioso, como la que señala el sitio eriazo donde se encontraron los restos del adolescente descuartizado en Puente Alto, Hans Pozo (2006), o la del cabo de Carabineros, Cristián Vera, quien cayó víctima de un balazo, cuando repelía una manifestación en Pudahuel (2007).